El baloncesto latinoamericano está de luto tras confirmarse el fallecimiento de José “Piculín” Ortiz este martes en San Juan, Puerto Rico. El legendario pívot, de 62 años, se encontraba recluido en el Hospital Ashford, donde murió acompañado de su esposa e hija tras batallar contra un cáncer colorrectal diagnosticado a finales de 2023.
La Federación de Baloncesto de Puerto Rico, entidad encargada de informar el deceso, destacó la magnitud de su figura a través de un comunicado oficial. “Hoy Puerto Rico pierde más que un atleta. Pierde una leyenda”, manifestó la organización, añadiendo: “Gracias por tantas alegrías, por representar nuestra bandera con orgullo y por llevar el nombre de la isla a lo más alto”.
Una trayectoria de alcance global
Ortiz, un pívot de 2,08 metros, cimentó su reputación internacional desde su etapa universitaria en Oregon State, donde fue nombrado Jugador del Año de la Conferencia Pac-10 en la temporada 1986-87. Tras ser seleccionado en el puesto 15 del draft de la NBA de 1987 por el Jazz de Utah, tuvo un paso por el CAI Zaragoza en España antes de integrarse formalmente a la liga estadounidense en 1988, donde disputó partes de dos temporadas con el equipo de Utah.
Su carrera profesional lo llevó a ser una figura central en el baloncesto europeo con equipos de élite como el Real Madrid y el Barcelona. Asimismo, dejó huella en Suramérica al jugar en la liga venezolana en 1997, antes de regresar a su natal Puerto Rico para culminar una carrera que se extendió hasta su retiro en 2006.
Hito olímpico e inmortalidad deportiva
A nivel de selecciones, “Piculín” Ortiz es recordado por su longevidad y éxito competitivo, habiendo participado en cuatro mundiales y cuatro Juegos Olímpicos. Uno de sus logros más emblemáticos ocurrió en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004, donde fue pieza fundamental para que Puerto Rico le propinara a Estados Unidos su primera derrota olímpica desde que el equipo norteamericano comenzó a competir con jugadores profesionales.
Debido a sus méritos deportivos, fue exaltado al Salón de la Fama de la FIBA en 2019.
Tras colgar las botas, la vida de Ortiz atravesó periodos complejos marcados por problemas legales. En 2011, el exjugador fue arrestado por posesión de drogas tras el hallazgo de plantas de marihuana en una propiedad alquilada. Aunque inicialmente fue remitido a una clínica de rehabilitación, un posterior resultado positivo por cocaína derivó en una condena de seis meses de prisión. Pese a estos incidentes, su legado deportivo se mantuvo como un referente histórico para el deporte caribeño hasta el día de su partida.





