Le dicen La Negra, se llama Eillen Solano y sale a paso firme del túnel abierto por familiares entre las ruinas del edificio 26 de la Oficina Presidencial de Planes y Proyectos Especiales (Opppe) en playa Los Cocos. Su cabello lo arregló con trenzas; no hay tiempo para muchas monerías. Ha pasado media hora después de la medianoche y Eillen se retira de esta zona cero para los ingenieros que es mucho más zona cero para su familia después de las 6:04 pm del 24 de junio.
La Negra ya logró sacar de los escombros a su hija, Mariángel. Lo cuenta con serenidad y con los ojos rotos. Pero Jhoniel no aparece. Ella es hija y esposa de albañil, y sabe cómo usar las herramientas de construcción que también son de destrucción. De día, la maquinaria de distintas instituciones del Estado rompe losas y arranca restos de estructuras, mientras soldados y trabajadores de organismos como Protección Civil rematan la faena con el despeje de la zona. De noche, son familiares y amigos de Jhoniel y de las personas que siguen desaparecidas los que toman la batuta. Tienen hasta el amanecer para romper, escarbar, sacar y avanzar a fin de poder dar con su paradero antes de que empiece otra vez la rutina. Hasta la madrugada de este domingo no lo habían logrado.
¿Cuántos días tiene trabajando? «Desde que se cayó todo», responde, Eillen con la voz delgada; es decir, desde el 24 de junio. «Mi esposo con mi familia trabaja en las noches, y yo trabajo en el día con las máquinas. Ellos trabajan en la noche, dejan los escombros y lo que liberan, y en la mañana la maquinaria lo limpia». Todas las personas que están allí se esfuerzan tanto o más que la maquinaria. Hay que ver lo difícil de dar palazos durante horas con los músculos y la voluntad.
Jhoniel estaba en la cancha deportiva el 24 de junio, cancha que fue aplastada por uno de los edificios que cayó cuando la tierra se soliviantó. No se supo más.
«Estamos dentro de la cancha. Hemos liberado dos pedazos y nos queda el centro», refiere su mamá. En este territorio los códigos son retroexcavadoras, rotomartillo, esmeril. «Conseguimos a un niño, pero tenía un videojuego en las manos, y una señora. Se ve que, cuando el edificio cayó, salieron de sus apartamentos». Las historias en las Opppe son memorables, pero por la tristeza que las acompaña.
-¿Qué le daría tranquilidad?
-Conseguirlo. Dondequiera que esté, conseguirlo. Voy a estar aquí hasta que lo consiga. Después, me quedaré apoyando a Álvaro Méndez (un residente de las derrumbadas Opppe que perdió a toda su familia en los terremotos) si todavía no ha conseguido a su familia. Somos vecinos. Somos familia.
Jhoniel tenía 11 años y es difícil hablar de él en pasado o en presente. Ya Mariángel está en su pasado. «Se murió mi hija, que tenía 12 años, pero ya la conseguí. Estaba en el piso 3», puntualiza Eillen.
Para estar allí noche tras noche hace falta apoyo. En este momento «necesitamos hidratación, jugo, hielo, aguas. Lo demás, gracias a dios, estamos en la lucha. Somos ocho familiares y hay 10 bomberos que nos están colaborando».


En las redes sociales hay un video que muestra a Jhoniel cuando, poco antes de las 6:00 pm del 24 de junio, baja por las escaleras de la torre G de la Opppe 26 rumbo a la cancha deportiva.
Los allegados de Jhoniel no se han detenido. Sostenidos por una planta eléctrica y algo de música, trabajan sin cesar a las 3:00 o 4:00 de la mañana. Algunos lloran; otros le dan utilidad a su rabia y la ponen al servicio de la búsqueda. Una muchacha en shorts y franela se empeña de tal manera que parece superar a los hombres. Dice que no quiere hablar, pero que se puede hacer un video que muestre su coraje. «Ya nos falta poco. En 15 días terminamos de peinar la cancha», comenta un familiar. ¿Y si al niño no lo encuentran allí? «Buscaremos en otro lado», responde. No se van a dar por vencidos hasta dar respuesta a la pregunta: ¿Dónde está Jhoniel?





