De 65 apartamentos, más de 50 quedaron afectados por los sismos del 24 de junio. Las familias no tienen cómo costear las reparaciones de esta edificación que nació hace 53 años en la avenida Fuerzas Armadas / Texto y fotos: Vanessa Davies y José Gregorio Yépez
Tamaña impresión se llevaron Francis Lugo y su mamá, Iris Morales, el 24 de junio, al ver cómo las paredes de su hogar comenzaban a romperse a las 6:04 de la tarde. Mientras descendía la escalera, Lugo, profesora de la Escuela de Letras de la UCV, pensaba que lo habían perdido todo. Porque ese apartamento, el número 42 del piso cuatro del edificio Don Agustín, en la avenida Fuerzas Armadas, fue comprado en marzo pasado con los ahorros de toda la vida, y la Tierra no lo perdonó.
«Tuvimos que bajar corriendo. Gracias a la ayuda de los bomberos logramos salir ilesos», rememora Lugo. «Esto parecía un remolino. Nosotras no hallábamos qué hacer. Las paredes empezaron a explotar», agrega Morales. Los recuerdos de ese día permanecen en ambas como una pesadilla. Su perrita, Miel, las acompaña en este presente que no parece moverse.


Desde la calle se puede observar cómo quedó la fachada tras los sismos. Lo que refieren Lugo y Antonio Indriago, otro vecino, es que las lluvias recientes han agravado la situación, porque el agua entra por las fisuras.
El edificio tiene etiqueta verde porque no se registraron daños en columnas, vigas o nodos. Y también le pusieron etiqueta amarilla debido a lo que sucedió con la mampostería en los apartamentos. En el apartamento de Francis Lugo hay no menos de cinco paredes afectadas. Una mirada a los otros revela que están igual, o peor. Como en el de Javier Montilla, el 72, donde «todas las paredes tienen algún detalle». Montilla tampoco ha logrado rescatar su vivienda, y sigue a la espera de una respuesta oficial.


La pared externa del apartamento 43 sufrió por los terremotos. «Con las lluvias del pasado sábado esto se resquebrajó más», explica la propietaria del inmueble, la señora Magaly. Ella decidió arreglar lo que pudiera; es la minoría. La mayor parte de las vecinas y los vecinos no tienen cómo costear las reparaciones. En el apartamento 52, William Cárdenas apunta que esto no se recupera pegando bloques sino con trabajo sostenido.
Bases buenas, mampostería golpeada
Fuentes de la junta de condominio explicaron que, de 65 apartamentos, más de 50 quedaron cojeando por los terremotos. La mampostería se deterioró en escaleras y pasillos del piso dos al piso ocho. El salón de fiestas parecía incólume, pero el correr de los días le torció el brazo. «Todas las paredes externas están dañadas. Son 117 paredes», estimó un vocero. Para una estructura en la que al menos 40 apartamentos están en manos de adultos mayores, el reto es mayúsculo.
Han solicitado apoyo a la Presidencia y a la vicepresidencia. No pierden la fe. Confían en que serán escuchados más pronto que tarde, y en que las cuadrillas de la alcaldía de Caracas o de otro organismo asumirán la restauración.
En el apartamento 71 viven Antonio Indriago, biólogo y profesor de la UCV; su padre, Antonio Indriago, y su madre, María Teresa. A este hogar el terremoto llegó en forma de alarma. Antonio hijo, que estaba en su cuarto mirando televisión con María Teresa, la escuchó sin entender qué sucedía, hasta que el movimiento lo tumbó. Su mayor preocupación era su papá por una discapacidad en una de sus piernas, y el temor de que el sitio donde estaba, la sala, atentara contra su vida. Los tres lograron bajar a la calle.
Esa pared de su habitación, que da hacia la avenida, es hoy una pregunta sin respuesta. Ya no duerme en su cama, porque parece que va a salir volando en cualquier momento. «No tenemos cómo pagar la reparación», señala Indriago. El mayor ingreso del hogar es el suyo, tan exiguo como el de cualquier profesor universitario.
Un lugar seguro que ya no lo es
«El día del terremoto fue una sensación muy fuerte», confía Joduany Celaya, habitante del apartamento 65 junto con su mamá, una hermana y un tío con discapacidad. «Sentíamos que el edificio se estremecía y se movía para los lados. Nosotras lo primero que hicimos fue resguardarnos en las columnas», describe. Consiguieron bajar con su tío con ayuda de los vecinos. «Cuando volvimos a subir fue un momento muy desgarrador, porque el lugar seguro de los venezolanos es el hogar, y ver nuestra casa así es sentirnos sin seguridad, sentirnos tristes».
La familia resolvió alojarse en otro lugar. «Nos da miedo quedarnos así», indica Celaya. «Todas las paredes están afectadas. La pared que da con mi cama está muy afectada: de día se ve hacia afuera». Sin embargo, no deja de dar gracias a dios por haber salido con vida.





