La escuela, ubicada en el kilómetro 14 de El Junquito, se vino abajo con los terremotos del 24 de junio. Hoy funciona en una sede temporal. «El ánimo que nos inyectaron los representantes y los alumnos nos obligó a salir adelante», subraya el profesor Homero Rodríguez, dueño de la institución / Texto y fotos: Vanessa Davies y José Gregorio Yépez
Un misil que hubiese apuntado solamente a la Unidad Educativa Colegio Iberoamericano de El Junquito no habría sido tan efectivo como los terremotos del 24 de junio. Todo se vino abajo; sobre todo, con el segundo sismo, el de magnitud 7.5 y cuyo epicentro se localizó a pocos kilómetros de Catia La Mar. «Esto es muy duro: la historia de nuestra institución se marchó en segundos», rememora la profesora Liseth Berríos, «porque teníamos 62 años aquí» en el kilómetro 14. «Los terremotos en esta zona fueron devastadores. Nos cayó a todos de sorpresa. Salimos todos corriendo. Se nos despertaron muchas inquietudes. Cuando me enteré de lo del colegio fue devastador», describe Giovanni Naro, docente de primer año y exalumno de la institución.


Berríos, que vive en la zona, decidió volar hasta la institución el mismo 24 de junio a las 7:30 pm. «Me vine para ver si era cierto, porque no lo creía. Un exestudiante me llamó y me dijo ‘profe, el colegio se cayó’. Le respondí ‘si eres mentiroso’, pero le pedí a mi hermano que me trajera hasta acá. Yo vivo en el kilómetro 13, y a las 7:30 de la noche estaba aquí, observando lo caído dentro de la oscuridad». A la medianoche, ante las preguntas de su familia, empezó a preguntarse: ¿Qué vamos a hacer? ¿Qué voy a hacer con mis estudiantes? Pensé en mis estudiantes, porque sé que para ellos no iba a ser fácil».
No deja de impresionar el temple del profesor Homero Rodríguez, el dueño del plantel, al mostrar lo que él llama «lo feo». Es decir, los salones que se vinieron abajo, las paredes que cedieron, los techos que se desplomaron. Si existiera una materia llamada «escombros», este sería el lugar ideal para las prácticas, porque la estructura colapsó por completo y se perdieron 25 salones, varias oficinas y dos auditorios. El colegio fue fundado por su padre hace 72 años. «Es un compromiso muy grande el que tengo con los vecinos, con los alumnos. Yo no me imaginaba que el colegio lo querían tanto, tanto así. El día del terremoto, cuando pasó lo que pasó, esto se llenó de alumnos; vinieron todos a darnos su apoyo». Al llegar a las ruinas, al profesor le temblaron las piernas. Nadie falleció. «Nos sentimos muy tristes por lo que había pasado, pero el ánimo que nos inyectaron los representantes y los alumnos nos obligó a salir adelante».


Pero Rodríguez y su familia eligieron levantarse y con sus propios pies, porque no tienen el subsidio de los colegios de AVEC ni pertenecen a Andiep. Al mejor estilo del maestro Luis Beltrán Prieto Figueroa, se empinaron sobre las dificultades y avanzaron con sus 20 profesores. «La tragedia nos unió muchísimo como familia. Hasta personas que nos ayudaron desinteresadamente». Como el colegio, en algún momento de sus 72 años de historia, tuvo internado, y ese espacio sobrevivió a los terremotos, decidieron ocuparlo para volver a funcionar. El profesor relata que el 26 de junio, cuando cundía la desolación, una mamá le informó que iba a inscribir a su hija en segundo grado. Él lo tomó a broma. Pero no lo era. «Fue la primera alumna».


El maestro quiere enseñar «lo bonito». Tal vez lo más bonito, aparte de los salones con estudiantes y docentes, es lo que parece invisible: la voluntad de luchar. «Tenemos un colegio provisional que lo hemos hecho con mucho amor, con mucho cariño. Sabemos que lo estamos haciendo bien».
Esta escuela es un baluarte para la comunidad, asegura Rosa Elena Barroeta, maestra de sexto grado. «Este colegio es muy importante; tiene muchos años de fundado. La comunidad recibe el nombre de Iberoamericano por el colegio», comenta Nelly Zerpa docente de biología y química. «Los muchachos que viven por la zona son nuestros estudiantes».
En la entrada de la sede temporal, la mejor bienvenida es una cartelera en la que exhiben los mensajes de apoyo. «Nada es imposible en esta vida». «No es el final, es el inicio de algo mejor». «Nos volveremos a levantar y volveremos más fuertes que nunca».


Ya son 180 estudiantes los que acompañan al colegio en su renacimiento. Un grupo de milicianos está tratando de despejar las ruinas: «Se han portado muy bien, nos han ayudado bastante y todo eso lo agradecemos», destaca Homero Rodríguez. Y solicita a la alcaldía de Caracas el apoyo con maquinaria operativa para poder avanzar más rápido: «Necesitamos remover los escombros, necesitamos la colaboración para comenzar la reconstrucción».


Si los estudios de suelo certifican la buena salud del terreno, la familia Rodríguez espera construir de nuevo. Mientras tanto, la enseñanza continúa en la sede temporal, y en materias como ciencias de la Tierra se habla sobre los sismos del 24 de junio. «Perdimos una sabana y llegamos a un espacio mucho más reducido, pero se siente uno cómodo y es agradable porque es casero», confía Berríos. Aunque sigue extrañando su cancha, aunque se le inundan los ojos al hablar sobre lo que ya no está, su fe en la reconstrucción ya sacó 20 puntos.







