Ronielt Fajardo perdió su pierna derecha por los terremotos y no deja se sonreír: «Volví a nacer el 24 de junio»

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«Debo seguir echándole bola a la vida para que la gente vea que uno sí puede», afirma. Tiene 34 años, trabaja con su moto y está a la espera de una prótesis / Texto y fotos: Vanessa Davies y José Gregorio Yépez

La mañana del 7 de octubre su papá estaba arreglando un carro en el sector Tamarindo de Tanaguarena. Él no quiso recordar lo sucedido el 24 de junio, porque -como lo explicó- se ponía nostálgico. Pero dijo: «Pueden hablar con mi hijo; él es amputado». Y su hijo, Ronielt Fajardo, salió de la casa prestada con un par de muletas y una sonrisa.

«Volví a nacer el 24 de junio», afirmó sin dudarlo este guaireño nacido en Macuto. «Cumplo años el 28 de julio. Pero volví a nacer el 24 de junio. Gracias a Dios, quedé con vida».

Para él, no tener la pierna derecha no es menos, sino más. Primero, quedó con vida tras los terremotos del 24 de junio. Segundo, cuando se dio cuenta de que orinaba rojo, asumió que el problema era justo su pierna, y autorizó la amputación. Cualquiera pensaría que, para un muchacho de 34 años que trabaja con su moto, tomar esa decisión no sería fácil. Pero él no lo dudó.

«Quedé atrapado en los escombros aquí al ladito», relató. «Al ladito» fue un edificio, el Caraballeda 2, pero hoy es una ruina total. «Vivía en un piso cinco; tenía más o menos dos años allá. Quise saltar por el balcón y la onda expansiva me volvió para adentro otra vez. Vi cómo fallecía mi hermano al lado mío. Duré prácticamente un día en los escombros».

Recordar esas horas en la oscuridad no es fácil. «Pensaba que no me iban a sacar, que ya había perdido la vida porque estaba tapiado. Me tuve que descubrir allá adentro. Era incómodo respirar pues tenía la planta arriba, pegada en la nariz; era demasiado incómodo. No tenía agua, ni comida; nada de eso. No tenía ganas de tomar agua ni de comer: lo que quería era que me sacaran de ahí».

¿Cómo hizo para que lo oyeran? «Escuché a mi mamá aquí, le escuché los gritos y empecé a pegar gritos también. Duré todo el día ahí. Hasta que llegó un piedrero y se metió y me pudo sacar. Yo tenía el pie atrapado, la pierna atrapada por una columna. Cuando salí, me fui de una vez para el Seguro Social. Pero estuve mucho tiempo allí, y a raíz de eso, perdí la pierna. Yo llegué al Seguro a las 11:00 de la mañana y me mandaron para el Pérez Carreño a las 7:00 de la noche del 25 de junio».

Vuelve la memoria de ese día. «Me dieron ganas de orinar cuando iba a una ambulancia y oriné negro; ya tenía las toxinas, ya estaban subiendo a los riñones y mi mamá me dijo ‘¿viste? Ya te tienen que amputar. Una vez que llegué, hablé con el doctor, y el doctor buscó el consentimiento. Le dije todo lo que tenía, que tenía síndrome de aplastamiento, que había orinado negro. Y él me respondió ‘si, te tienen que amputar’. Y ahí mismo entramos al quirófano».

Sin que nadie le aclarara qué sucedía, Ronielt comprendió que tenía síndrome de aplastamiento. «Estaba muy aplastado. La pierna derecha estaba aplastada por una columna; duró mucho tiempo aplastada y se rompieron todos los tejidos. No me dolía. No sentía nada. Estaba completa, pero no la sentía».

La historia de su amputación no fue sencilla. «A mí me amputaron tres veces. En la primera, se perdió la historia médica, y sin historia médica no te ponen el medicamento. Estuve un día así. Una licenciada se tomó el riesgo de ponerme los medicamentos, y gracias a ella no me morí, porque si no, me hubiese muerto el mismo día por la infección. Tenía mucha infección. Entonces me volvieron a picar un poquito más arriba, aquí, en la rodilla. Pero como la rodilla produce líquido y eso no deja que se cure, me amputaron hasta donde lo tengo ahorita».

Ronielt pasó mes y medio hospitalizado en el Pérez Carreño. «Salí y me vine para acá, y aquí duré dos semanas encerrado. Quería ver para allá abajo, pero no me llevaba. Hasta que agarré mi moto, empecé a dar vueltas. Lo que vi me pareció una locura. Murió mucha gente que conocía. Demasiada gente conocida de acá de la zona, y de abajo también. Yo tenía una línea de mototaxi más allá abajo, conocía a todo el mundo. Perdí muchos amigos».

Le han ofrecido apoyo para la prótesis, «pero no me la han dado todavía». Confía en que Juan Pablo Dos Santos lo escuche y lo apoye. Claro, debe cumplir con el protocolo de rehabilitaciones en el Hospital Ortopédico Infantil de Caracas, y no es tan sencillo para él, que vive en Tanaguarena.

«Me hacen mucha, mucha falta la prótesis para volver a caminar. Cuando la tenga, quiero seguir trabajando. Más que nunca, seguir trabajando. Tengo niños: cuatro hijos y una novia que tiene un hijo. Son cinco hijos. Hay que seguir trabajando, hay que seguir para adelante, la vida continúa. Que me apoyen en lo que quieran, lo que puedan, de corazón. Yo lo agradeceré».

-¿Qué le ha hecho pensar el haber quedado vivo?

-Que hay un propósito, que tengo que buscarlo; que hay una cosa que tengo que descubrir.

-¿Cuál es ese propósito?

-Debo seguir echándole bola a la vida para que la gente vea que uno sí puede. Seguir adelante. Ahora ando haciendo delivery. Adapté la moto para poder hacerlo. Tengo dos semanas que empecé a trabajar. Quien quiera comunicarse conmigo para pedir el servicio de delivery me puede llamar al 0424-100-37-43.

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