En su Día, Aurora, Mariana y Java, promesas del circo, el ballet y la música académica, relataron a Contrapunto cómo han sido sus vidas como artistas y cómo el arte ha encaminado sus vidas

El artista estadounidense Chuck Klosterman afirmó que “el arte y el amor son lo mismo, es el proceso de verse en cosas que no son ustedes”. De ese proceso de convertirse en espejo surge la toma consciente de valores y fortalezas personales.

En Venezuela son muchos los niños que hoy se forman es diversos estilos de arte y expresiones culturales.

Para celebrar el Día del Niño, Contrapunto te muestra con orgullo, el ejemplo de Aurora, Mariana y Java, tres pequeñas talento que han enfrentado las dificultades que se esconden tras las luces y la tarima, y se han empeñado y esforzado por seguir una pasión que ha marcado el camino de sus vidas: el arte.

La niñez desde el circo

Aurora Sosa empezó a hacer circo a los cuatro años de edad. Su mamá, Gaudis, fue la de la idea, como generalmente pasa con los más pequeños. Sin embargo, la magia, el colorido y la actividad física que rodea y envuelve la escena circense la atraparon.

Hoy tiene nueve años y aunque hace de todo,(contorsionismo, hula y pulsadas), eligió a la tela acrobática y a la gimnasia como su favorita y como medio de expresión.

“Me gustan las telas, porque siento que estoy volando, y la gimnasia. No sé, creo que porque me gusta presumir (mi habilidad)”, relató la pequeña a Contrapunto.

Aurora se conectó con su arte desde el primer momento. Quizá por ello, combinar la práctica con sus responsabilidades escolares no ha representado una dificultad.

“Para mí el circo es como un lenguaje más o menos como la música. Es un lenguaje corporal”, contó e hizo un llamado a los todos los niños a atreverse a incursionar en esta práctica, que aseguró es mucho más divertida “que estar en la casa viendo televisión”. También “porque es divertido y puedes ser más fuerte”.

Con solo nueve años de edad Aurora ya tiene, gracias al circo, varias metas cumplidas y en miras. Ella, junto a su mamá y su hermana practican de modo independiente y se encuentran impulsando un Grupo Artístico de Artes Escénicas Familiar.

Con disciplina es que se logran las metas

Con apenas 1 año y medio de nacida, Mariana Gómez asistió -aún en brazos-a un espectáculo que presentaba la pieza de ballet, de Vicente Nebrada, El Casacanueces. El imponente cuento de hadas danzado tomó su atención por completo y a partir de ese momento comenzó a imitar aquello cada vez que había música.

Sus padres notaron que había en ella un gran interés, así que al año siguiente la llevaron nuevamente a ver El Cascanueces. Efectivamente, aquello aumentaría en la niña el interés.

A sus cuatro años, ingresó a la Escuela de Ballet Keila Ermecheo y luego de dos años y medio entró al Ballet de las Américas donde aún practica.

Mientras cursó la primaria no hubo ninguna dificultad, pero al llegar al bachillerato otros retos y deberes se anexaron a ese crecimiento, responsabilidad que ella asumió y seguirá asumiendo por el gusto y la disciplina que sembró en ella la práctica de ese baile que, para ella, es sinónimo de “felicidad”.

“El ballet y la danza en general es algo que me hace sentir muy feliz. Y es felicidad porque las emociones que se sienten antes de entrar y al entrar al escenario me producen mucha felicidad, son sensaciones que desde pequeña me gustan mucho y me hacen sentir muy bien”, expresó esta niña, que a los 13 años entiende, gracias a su arte, valores fundamentales de convivencia.

“El ballet también nos ayuda a ser buenos ciudadanos porque si tú eres solista de cualquier tipo de obra de ballet, tú dependes de otras personas para hacer lo que estás haciendo. El público, los vestuaristas, iluminista, el coreógrafo; esto nos enseña el valor del trabajo en equipo”, explicó.

La constancia y esfuerzo que implica el subir a un escenario la han hecho crecer, y el crecimiento, que ha visto reflejado en su trabajo, le ha dado una satisfacción indescriptible.

“Verme desarrollarme es también algo que se siente muy bien. En Peter Pan, la obra que hicimos este año en mi Academia, yo, la última vez fui un Flamingo y esta vez fui una pirata. Eso me hizo recordar que yo quería ser pirata y verme como pirata fue muy, muy, muy, lindo lo que sentí en ese momento”, recordó.

La música: el orígen de todo

La música, en el campo académico, es un arte que requiere entrega y vocación. No cualquiera puede ser un buen músico y no todos los instrumentos se dan necesariamente con todo el mundo. Combinar el estudio académico de música con los deberes escolares no es tarea fácil, eso lo sabe Java Rosales, oboísta del Núcleo Paraíso (Incret) del Sistema Nacional de Orquestas.

“La música para mí representa el origen de todo porque todo lo que conocemos como materia está constituido de átomos y sabemos que reaccionan a todo tipo de ondas vibratorias, lo que nos dice, que nuestro alrededor, hasta nosotros mismos, podemos reaccionar dependiendo de que música estamos escuchando”, expresó.

Hoy tiene 15 años, su camino en la música comenzó a los 11, pero su madre, la recuerda cantando desde que era una bebé de coche que aún no pronunciaba palabra.

Al echar un vistazo hacia la niñez que ha transitado en el mundo de la música, admite no haber imaginado los retos que enfrentaría en estos cinco años.

Su primer encuentro con el Oboe fue determinante. La belleza, delicadeza y exuberancia de su sonido la atraparon en un solo que interpretó una profesora al presentarles el instrumento.

Una vez escuche a un profesor de oboe de Charallave decir, que cada instrumento tiene una personalidad y dicha personalidad tiene que encajar contigo, sino simplemente no te gusta el instrumento o lo dejas para irte con otro. Ahora entiendo y compruebo que eso es así”, recuerda de aquel día en el que comenzaba la clase con otro cuatro compañeros que hoy ya no tocan el oboe.

A lo largo de estos años el rendimiento de Java se ha visto comprometido tanto en sus clases escolares como en la música pero eso no la hace rendirse e incluso llama a otros a que hagan la prueba, a que se arriesguen, asuman el reto y se entreguen porque el esfuerzo rinde grandes frutos en satisfacción.

“Es una disciplina que te enseña puntualidad, responsabilidad, coordinación y orden, te enseña a ver la vida desde varios punto de vista, y aprendes sobre los distintos géneros musicales y el arte en su totalidad”, aseguró.

Java disfruta la sensación de nervios que acude a ella cada vez que sale a escena, “ese poquito de nervio me mantiene atenta y cuando en el concierto todo sale perfecto, me doy cuenta que valió la pena tanto esfuerzo”.