A las 2:00 de la mañana, cuando las máquinas de instituciones públicas que remueven los escombros en los edificios de la Oficina Presidencial de Planes y Proyectos Especiales (conocidos popularmente como las Opppe) tienen ya varias horas de receso, apenas empieza el trabajo de los familiares y amigos de Jhoniel. El 24 de junio a las 6:04 pm, el niño -como lo recogen las cámaras de seguridad que lo muestran bajando la escalera- ya estaba fuera de su casa. Una edificación cayó sobre la cancha donde niños y adolescentes jugaban. No se supo más de ellos. Tampoco, de Jhoniel.

Pero su padre no se da por vencido. En la madrugada de este domingo 6 de septiembre, continuó sacando escombros con palas y en una serena desesperación. Amigos y voluntarios lo acompañaron con taladros y otras herramientas: pequeñas esfuerzos contra una mole destruida. Las horas avanzan y hay que aprovecharlas, porque con la luz del día regresará la maquinaria y cambian los túneles que las familias abren rudimentariamente.
Sentadas sobre un pedazo de concreto, África Montilla y Kimberly Iriarte están atentas a las emergencias que puedan presentarse en una zona de desastre. Cualquiera se puede resbalar y caer, doblarse el tobillo, partirse la cabeza, lesionarse un ojo o herirse las manos. África es enfermera voluntaria y su ronda concluye al amanecer. Kimberly está allí por solidaridad y porque su esposo está ayudando al papá de Jhoniel. El polvillo de los edificios destazados flota entre ambas. El tablero de la cancha de baloncesto cuenta a gritos -como lo confirmaron los drones de Taylort Villarreal- que hay personas por sacar.

Cuerpo en la Opppe 27
Noches y días se confunden en las Opppe en una sola rueda que no para de girar. Decenas de personas continúan buscando un documento, una pista del sitio donde ese ser amado se desvaneció mientras la Tierra enloquecía. En la 27, es el Metro de Caracas el que lleva la voz cantante con el respaldo de Tinta Violeta para tratar de orientar a quienes todavía vagan en la incertidumbre. En la 26, son bomberos, funcionarios de Protección Civil y otros organismos los que van desmontando la montaña.
A las 6:00 de la tarde de este sábado 5 de septiembre, algunos equipos comenzaron a prepararse para un breve descanso. En la Opppe 27 la faena continuó un poco más, y la maquinaria paró cuando ya la noche se cerraba. Una grúa telescópica del Ministerio de Obras Públicas, una de las más de 10 máquinas que muerden, escarban y retiran, levantó un pedazo de losa y lo dejó caer con tan delicadeza que parecía un pañuelo. Una muchacha orientaba los movimientos para que, si se encontraba un cadáver, el trato fuese respetuoso, como de hecho, ocurrió (y un rescatista impidió que el morbo lo grabara). José Félix Varela, director de Radio Voces 101.5, explica que esa muchacha ya logró sacar a su mamá de esas ruinas, pero se quedó para ayudar a otros a lograrlo.
En los alrededores de las ruinas se levantan los campamentos que improvisaron los familiares con sofás, sillas y otros objetos que extrajeron de lo que alguna vez fue un conjunto de edificios. También, los de los rescatistas que desde hace más de dos meses solo respiran para ayudar a los demás. Es el caso de Jonathan Patti, dirigente político que dejó todo atrás (todo, de verdad) para permanecer en este lugar inhóspito con el acompañamiento de Aloha González. Ambos llegaron a la zona cero para sacar el cuerpo de la madre de Aloha de una de las Opppe, y para extraer a otros familiares del edificio Tahití. Era tan grande el apremio de la gente, que decidieron quedarse para consolar a otros. También lo hizo Gabriel, que tras una pesadilla de más de 70 días encontró a su mamá y a otros familiares enterrados en la Opppe 26, y hoy forma parte del equipo que Patti lidera.
A Patti lo formaron topos mexicanos que le dijeron que las moscas son una buena guía para hallar los cadáveres y le enseñaron otros trucos aprendidos en experiencias amargas del pasado. Cuánto él dijo que quería hacer un curso con ellos, le respondieron que el mejor curso era estar en el terreno, como él decidió hacerlo. Allí sigue, decidido a proseguir por tiempo indefinido. Pero sin guardar silencio, por cierto. Fue Patti uno de los primeros en denunciar a los bachaqueros, o personas que se sientan en los alrededores del desastre para recibir alimentos aun cuando no son afectados por los terremotos. Como él mismo lo aclara, muchas familias tienen necesidades, pero no es honesto hacerse pasar por víctimas del 24 de junio.
Noche de historias
Minutos antes de las 6:00 pm del sábado 5 de septiembre, comunidades cristianas y algunos grupos católicos empiezan el reparto de arepas y sopa. “Nosotros somos un solo equipo: servidores de Nuestra Señora de la Candelaria” de Caraballeda, celebran Zoraida Fernández y Alexis Martínez. “Somos voluntarios”. Esta comida, reiteran, hace mucha falta. En la zona cero hay personas dedicadas a ayudar a personas: no tienen sueldo, o si lo reciben, es exiguo.
Cada quien suma lo que puede. La familia Pérez, de la Iglesia Bautista La Antorcha, preparó una sopita y la repartió entre las figuras que estaban cubiertas de polvo de la cabeza a los pies. “Ellos trabajan mucho y necesitan alimentarse bien; que estén bien nutridos para poder seguir”, destaca Yoly González.
Las sombras caen y es la hora de las historias, del pequeño espacio íntimo en el que se comparten aflicciones y esperanzas. “He visto a una señora besando un cadáver; a un niño al que lo encontraron abrazado a su peluche; a otro niño, con el Play Station en la mano”, relata un trabajador de una institución mientras masca chimó. La noche es calurosa, y aunque hay agua para beber gracias a la organización Samaritan Purse, todo el mundo pide un hielito para refrescarse.

Para comprar hielo hay varias opciones cuando la noche es como un cerrojo: un local en la estación de servicio de Caraballeda, una sede de Lenotre que recientemente abrió sus puertas para llevar un pedacito de tranquilidad y frescura justo frente a la desolación. En ese trayecto aparece José Gregorio, trabajador playero que no para de hablar de los vecinos que murieron y da detalles sobre la catástrofe en Tanaguarena, sobre los que no pudieron salvarse. Se cruza con un soldado que confiesa que no sabe qué día es, ni si es de día o si es de noche. Los sismos son una máquina de moler seres humanos.
De vuelta en las Opppe, de vuelta a un polvo que insiste en pegarse del cabello, de la ropa. De regreso a nuevas anécdotas, como la de un ciudadano de nacionalidad árabe que falleció en la Opppe 27, y su esposa llevó bragas y botas para quienes trataron de sacar a su marido. O la de Leticia Alfonso, que dejó todo atrás para meterse entre los escombros a ayudar a su pareja a recuperar a su hija, todavía con la impresión de que la muchacha murió días después de los terremotos. A Leticia la conocen como “la llanerita”, la mujer que acompañó a World Central Kitchen a proporcionar alimentos y hoy sostiene que La Guaira requiere mucha solidaridad; también advierte que las donaciones han mermado.
Una oración para hallarlos
Yasmily Palmar y José Rubián, integrantes de la Asociación Indígena Jieyuu, de Colombia, caminaban por todo el desastre acompañados por Juan Castro y otros representantes de la Fundación Oncológica Tadeo 777. Así los encontró Danny González, de la comunidad cristiana Tabernáculo de San Julián, que caminaba con su grupo para ofrecer un vaso de avena que suavizara el entorno. González cantó y oró con tanto sentimiento (“a veces no entendemos las inquietudes de nuestro corazón”), que todos terminaron el encuentro entre llanto y abrazos. “Señor, que las familias que aún están en búsqueda de sus seres humanos puedan conseguir esa paz, hallarlos y darles una sepultura digna, señor”, clamó Danny entre las tinieblas. Hasta rezó por los periodistas que intentan mantener una ventana abierta para que nadie se olvide de La Guaira.
Las realidades son múltiples. Cristian, otro de los rescatistas que, como Patti, son una referencia en la zona por su heroicidad, conversa sobre la situación del edificio Caribe, un poco más allá de las Opppe. Por redes sociales se ha jurado de todo: que si faltan bombas de achique, que si se necesita más apoyo, que si el agua no permite avanzar. Cristian aseguró que varias organizaciones de rescatistas resolvieron crear un frente común para actuar en el Caribe, donde el nivel freático complica las cosas. “Cuando movamos las primeras dos losas, comenzarán a aparecer los cuerpos”, auguró. No esperan buenas noticias. Solo en una taquita-bodegón se presume que hay decenas de víctimas.
Las horas pasan. Escuchar es la norma, porque el periodismo acompaña con las palabras. Leticia ofrece un sofá o una colchoneta para reposar. Los muchachos del Metro de Caracas también invitan a un sitio donde guarecerse. A la medianoche, los pasos conducen a las carpas que Patti mantiene.
A esa hora apremia el hambre entre quienes siguen la faena, y no todo el mundo pudo llevarse una comida a la boca sencillamente porque no hay. Los alimentos no abundan. La Guaira pasó de moda, pero las necesidades siguen, y agravadas por la continuidad.
Llega una camioneta de la que bajan tres muchachos a quienes Patti describe como “el comando nocturno” porque lleva hielo y bebidas hidratantes. Los abrazos y los cuentos revelan que la hermandad es mucho más que una palabra. Unidos por la muerte, para hallar a quienes partieron por los terremotos. Unidos por la vida, porque la fuerza de la voluntad los sostiene. Carlos, uno de los integrantes del «comando nocturno», es ingeniero; todavía no comprende cómo colapsaron los edificios de esa manera. Decide recorrer el sendero polvoriento hacia el sitio donde buscan a Jonaikel. Escucha a África y a Kimberly; al observar las lágrimas de la enfermera voluntaria, solo abre las palmas de las manos y comparte una oración.
A las 5:00 am llega la hora de medio dormir hasta que amanezca y las busetas reanuden la ruta hacia Caracas. Son solo un par de horas para poder continuar con este camino empedrado que unos transitan por obligación y otros por elección.





