Ocho días después: Familiares de desaparecidos en La Guaira dicen que solo aceptarán su muerte cuando vean los cuerpos

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A pesar de la tormenta nocturna que alimentó los temores en Caracas, a las 7:05 am de este martes 30 de junio partió la camioneta hacia La Guaira. Janett Noriega y su esposo, Francisco Moreno, se habían organizado con 170 sandwiches (preparados por el Iepan y coordinados por la periodista Yelitza Linares), chupetas y caramelos (comprados de su bolsillo), agua (donada por el centro de acopio de la UCV) y galletas (adquiridas por otras manos amigas) para bajar a la zona de desastre en Caribe. Desde las 6:00 de la tarde del 24 de junio -día y hora de los terremotos que partieron la historia reciente venezolana- buscan a seis familiares que quedaron tapiados en uno de los edificios de Misión Vivienda de playa Los Cocos. Y como saben lo hostil de las condiciones de trabajo de las y los rescatistas, les llevan algo de aliento para que puedan seguir buscando. «Mañana (hoy) tenemos ocho días y no tenemos certeza de nada. No sabemos si están vivos o están muertos», lamenta.

En la salida de Caracas, Janett cuenta lo que sucedió en San Bernardino con los edificios colapsados. Se detiene en una de las edificaciones afectadas por los terremotos, para dejar algo de comida. «Anoche, cuando llovió… Hay que orar», propone uno de los habitantes. «Las columnas están bien, pero la estructura está mal».

Los esposos siguen su camino. «Yo soy el GPS», afirma Janett. «Ay, Galerías Ávila se abombó. No me había percatado», comenta ella al pasar por el centro comercial. En la Candelaria corren los riachuelos que dejaron las precipitaciones registradas horas antes. Las lluvias son un mal recuerdo en La Guaira. Pero Janett y Francisco siguen adelante, y pasan sin contratiempos todos los controles de los funcionarios de seguridad.

Francisco es guaireño, al igual que toda su familia. «Cuando ocurrió la tragedia de Vargas tuvimos a 30 personas resguardadas en 60 metros. Vivíamos en Quinta Crespo. La mitad del grupo estuvo una semana. Pero mi suegro, mi cuñada y mi sobrino se quedaron tres meses, hasta que mi suegro dijo ‘me voy para mi casa’. Yo estaba embarazada de tres meses», rememora.

Antes de Macuto, el carro se detiene: van a saludar a su compadre, Franklin, y a dejarle comida y agua. «Los guaireños somos fuertes», asegura Franklin. «Hemos pasado de todo».

Alcabalas de distintos cuerpos de seguridad se encuentran en todo el trayecto. Antes de Camurí Chico, Francisco advierte: «No has visto nada. Estos son rasguñitos. Más adelante no quedó un edificio en pie; parece que cayó una bomba». Intenta mantener la calma aunque no sabe de su hermana, sobrina, sobrino y tres sobrinos nietos. ¿Desde cuándo no tienes noticias de ellos? «Desde el momento de los terremotos», responde. «Escribí, llamé cualquier cantidad de veces, pero nada». Residían en el piso cuatro de un edificio de 12 pisos.

El poder ayudar a otros aligera el dolor. Janett se baja en un punto de atención en el que el voluntariado se medio recupera para poder seguir. «La gente viene con dolor de cabeza, pero el problema es más grande que eso», indica uno de los voluntarios, con lágrimas en los ojos. Hablan poco; prefieren actuar. Salen cada mañana y regresan de madrugada. «Queremos caramelos. A veces uno está allá y necesita dulce», señala una de las chicas. Edgar, un paramédico, le amarra los zapatos con una recomendación: «Que nunca se te suelte la trenza cuando vas a esto». Edgar intenta bromear: «Allá, en la zona de desastre, te sacan el corazón, te lo botan en la papelera, lo buscas y te lo vuelves a poner», resume.

De nuevo, en el carro. Ahora, para una parada técnica en Palmar Oeste. Una montaña de basura es desmantelada por los obreros de la alcaldía de La Guaira, que también agradecen los panes y los caramelos de Janett.

Otra parte de la familia de Francisco se prepara para ir al sitio del desastre. Son su hermana, Dayana; su esposo, Chuo; dos sobrinos y la pareja de uno de ellos. La lluvia de la noche anterior fue horrible, describe Dayana, sobreviviente de la tragedia que ensombreció al estado Vargas (hoy, La Guaira) en 1999. Robert Fortunato, un vecino de la zona, pide algo de agua, y le entregan dos botellas. «He vivido tres terremotos: el de 1967, uno que me tocó en Perú y este del 24 de junio», detalla Robert.

«A ver si hoy tenemos respuesta», anticipa Dayana. Ya no saben qué decirle a su mamá, que espera noticias sobre la familia que el terremoto separó. Una vez en el carro, preparados todos para un día de incertidumbre, brotan los relatos; como el de una mujer a quien le ofrecieron picar el cuerpo de su hija fallecida -para poder sacarlo- y respondió que no, y le informaron que cuando llegaran las máquinas podía ser peor.

El día a día no es amable en la Misión Vivienda de Los Cocos. En los alrededores de los edificios colapsados hay familias que se protegen del sol y de la lluvia con algún toldito, y que aguardan por algún dato sobre una hermana, un sobrino, una tía que desaparecieron bajo cabillas, ladrillos, anime y objetos domésticos. Soldados, bomberos, paramédicos, protección civil, trabajadores de ministerios, voluntarios y muchos más se encuentran en una misma voluntad: la de detectar a personas con vida. Mucho esfuerzo con los picos y las palas, muchas manos generosas, pero parece una energía que se dispersa de manera desordenada.

Para Janett es inconcebible que no haya máquinas que agilicen el despeje sin poner en riesgo a posibles sobrevivientes. Para Janett es una locura que en las estructuras de la edificación haya trozos de anime. Para Janett es la sociedad organizada la que ha dado la cara y no el Estado. Lo ve en su propia familia, donde siete personas estaban, este martes, tratando de encontrar a seis. «Los familiares están tratando de ubicar los cuerpos, y luego llaman a los rescatistas», sostiene.

A las 10:33 se oye el grito que es una orden para quienes se afanan sobre las losas. Se implementa el protocolo de silencio: una mano, para solicitar silencio; dos manos, para demandar que nadie se mueva. Son brigadas internacionales que intentan hallar a alguien con vida debajo de las montañas de material de construcción y entre un revoltillo de tanques de agua, neveras, peluches, carteras y colchones. «Ten cuidado donde pisas, porque hay muchos clavos», aconseja una rescatista. A los 12 minutos los brigadistas vuelven a pedir «silencio». «Coño, ¿puedes dejar los escombros para después?», exige un rescatista venezolano a otro que no paraba de recoger despojos de la edificación. Esta vez no hubo fiesta. A la media hora se reanudaron las labores.

«Los expertos dicen ‘no detectamos vida’ y siguen de largo pero yo digo que tampoco detectaron muertos»

Donde se mire, hay rescatistas venezolanos y brigadistas internacionales. Se escuchan distintos acentos, porque se habla en inglés, en turco, en distintas modalidades del castellano. Un sonido, algo que revele que una persona se mantiene con vida, genera una actividad febril. También, decepciones. "Cada vez que gritábamos nos jalaban el cable", juró una paramédica. Los bomberos corrieron, los rescatistas se encaramaron y, con determinación, echaron abajo lo que parecía una losa. Pero nada reveló que hubiese sobrevivientes.

Diego López busca a varios seres queridos en el piso cinco de la torre B de la Misión Vivienda. "Allí estaban Katiuska Sojo y Luis Marín, mi primo y mi tía. La última comunicación fue unos minutos antes de los terremotos", estima. Diego reitera que muchas personas sobrevivieron y fueron trasladadas a Caracas. Este martes, se preparaba, con otros familiares, para "tratar de abrir un espacio entre los pisos y, poco a poco, ir llegando al apartamento".

Dos perros de Turquía, Paha y Herif, intentaban protegerse del calor. Los brigadistas que trabajan con ellos los tratan como a uno más del equipo. Y lo son, realmente. Ellos se rompen las patas y se arriesgan a morir al entrar en estructuras colapsadas. Son tan rescatistas como quienes los manejan.

Ya de regreso a Palmar Oeste, Janett muestra las imágenes de la familia que sigue sepultada. "Cuando los encuentre sé que será duro", admite. "Pero sigo esperando que aparezcan". Su buen espíritu sigue incólume.

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