La mayor muestra de amor de Alejandro hacia su hija, desaparecida desde el 24 de junio, es montar guardia en la entrada del edificio donde ella se encontraba, el Conjunto Residencial Caribe. Decidido a seguir peleando por su muchacha, borró la señal que indicaba «demolición» para la edificación. Esto es a punta de obreros, de rescatistas voluntarios, afirma. Los brigadistas extranjeros insisten en que, si no hay señales, no deben entrar a las estructuras, a fin de poder avanzar hacia otro sitio. «¿Cómo sé yo? Para nosotros, nuestros familiares están vivos», replica.
La familia no se mueve de allí. Al lado del carro comen, beben agua, esperan buenas noticias que no llegan. Obreros, voluntarios, bomberos, funcionarios de distintos organismos entraban y salían del edificio.


Para Alejandro, su hija sigue viva. «Los expertos dicen ‘no detectamos vida’ y siguen de largo, pero yo digo que tampoco detectaron muertos», refuta. «Nos piden certeza. No la tenemos». Los rescatistas seguían sacando escombros para poder penetrar en los sitios donde podría haber más personas. «Puede que esté atrapadita, plegadita. Ya le pusieron al edificio la señal para demoler y la borramos. Hasta que no vea el cuerpo, mi hija está viva. El cuerpo es lo que me va a decir que está muerta».


Del mismo edificio esperaban poder extraer, este martes 30 de junio, cuatro cadáveres; uno de ellos era el de la hermana de un trabajador de un ente público. La esperanza de hallarla con vida se desvaneció al pasar los primeros tres días, y la lucha contra los escombros que emprendieron varios voluntarios -más de 24 horas sin parar- dio resultados.
Todavía batallan contra el tiempo. La esperanza de volver a darles un abrazo a sus seres queridos es más fuerte que lo que la ciencia puede decir.





