La asistencia a los comicios del próximo domingo es una variable determinante en la evaluación de este proceso más allá de que la legislación venezolana no exige un nivel mínimo de participación.

Estamos en la recta final de la campaña electoral y quienes han llamado a la participación echan mano a todos los recursos para tratar de estimular la participación en este evento.

En Venezuela, si votan 10 personas y cuatro sufragan por una opción electoral y los otros seis votos se reparten equitativamente en tres opciones diferentes, quien concentró la mayor parte de la votación ganará irrefutablemente -en este ejemplo- con el 40% de la participación, porque la legislación venezolana no establece una participación mínima.

En sentido estricto de la Ley, una baja participación en los comicios no incidiría en su legitimidad, pero la realidad política de cara al reconocimiento interno y externo, el peso de opinión pública exige que  la participación sea relevante para que exista una herramienta que esgrimir ante los cuestionadores nacionales e internacionales del proceso.

Todos la mueven

Las organizaciones políticas hacen propaganda desde cualquier trinchera.

Unos  poseen una disponibilidad obscena de recursos que no se sabe de dónde salen, otros “juntando medio con un real” para tratar de hacer visible su propuesta para tratar de ganar un espacio en el tablero político desde sus regiones y su liderazgo local.

Por otra parte, el aparato comunicacional del Estado está metido “de pata y cabeza” para que el universo de la audiencia a la que llegan se estimule para ir a votar.

Las elecciones más recientes que organizó el Consejo Nacional Electoral tuvieron una participación del 46,07% y dieron como ganador a Nicolás Maduro Moros, con el 67% de los votos, según el boletín oficial.

Las elecciones parlamentarias del 2015 tuvieron una participación del 71% del padrón electoral y la Mesa de la Unidad Democrática obtuvo el 65% de los votos, según las cifras que publicó el CNE.

Legitimidad de origen

El tema de la participación en las elecciones del próximo 6 de diciembre, toma relevancia porque será la muestra de cómo el pueblo venezolano percibe a los actores que participan en ella, de allí que desde el Gobierno de Nicolás Maduro se hacen los esfuerzos máximos para propiciar la participación.

El viernes 28 de noviembre, en un acto de campaña prometió un “premio directo a las comunidades que muestran la mayor participación”.  

“Atención UBCH, atención Unidades de Batalla Bolívar-Chávez, vamos a estar pendientes del porcentaje de participación en cada centro electoral y aquellas 100 primeras UBCH que tengan el mayor porcentaje de participación de su comunidad le vamos a dar un premio especial a la comunidad, al pueblo”, dijo Maduro.

Este martes 1 primero de diciembre, Maduro amenazó con renunciar si la oposición sacaba más votos que el oficialismo.

Es evidente que, al oficialismo le preocupa el nivel de participación tanto como el resultado que consiga.

Las proyecciones indican que, mientras más electores vayan a sufragar el descontento que reflejan las encuestas alrededor de la gestión gubernamental se manifestará castigando a los candidatos del Gobierno.

La baja participación le garantizaría el control de la AN, pero la legitimidad de origen estaría en entredicho, más allá de los aspectos a legales del caso.

El Gobierno de Maduro necesita este elemento para derrotar políticamente a la oposición, que se ha agrupado en el llamado G4 bajo el liderazgo de Juan Guaidó y minar así el respaldo internacional del que goza.

Voceros de los partidos de oposición que participan han afirmado públicamente que, para que las elecciones tengan un peso político importante deben superar el 50% de participación.

Candidatos como Timoteo Zambrano, de Cambiemos, o Leandro Domínguez de Primero Venezuela, sostienen esa tesis, aunque aclaran que una baja participación no le quitaría legitimidad al proceso.

Los partidos que adversan al Gobierno de Maduro y que propusieron candidatos también necesitan ese volumen de participación para quitarle el protagonismo a Guaidó y disminuir su poder de influencia sobre su público objetivo.

Complicado el juego

El escenario es complicado, porque la campaña para movilizar a la gente en medio de la pandemia es por decir lo menos sui generis.

Además ,agarra al interior del país y a Caracas misma con una crisis brutal de gasolina y si bien seguramente al oficialismo no le faltará combustible, hay que revisar el  ánimo de la gente para votar.

La cantidad de votos de Maduro en 2018 no alcanzó la cifra de inscritos en el Psuv, que ha sido divulgada por la dirección del partido de Gobierno y eso es el reflejo de un descontento.

Esta semana veremos un despliegue más agresivo de la campaña que ahora abarca los medios digitales y vemos como propaganda de los candidatos sale a golpear los ojos de quienes entran a ver videos en Youtube y siempre surge la pregunta… ¿De dónde salen esos fondos?

Al final de la jornada del 6 de diciembre, más allá de los resultados concretos de cada estado o circunscripción electoral estará la cifra de participación y más allá de esa cifra que oficialmente divulgue el CNE estará la percepción de la población sobre la asistencia al evento.

Habrá que mirar nuevamente la fragmentación de las ciudades por las áreas de alta y baja participación. Seguro veremos unas zonas de clase media con menos votación que las zonas populares, donde la presión de la maquinaria oficialista es más eficiente

Pero el termómetro será nuevamente la calle, más allá de la cifra que divulgue el CNE.

La cifra de participación del 75% de las elecciones parlamentarias 2015 resulta cuesta arriba, lejana, improbable, por no decir imposible en medio de la polarización existente entre participar o abstenerse en un escenario de pandemia.

Por otro lado, una asistencia por debajo del 50% podría ser considerada una derrota política para quienes llamaron a estos comicios opositores y oficialistas.

Hay que esperar esta semana, en medio de una apabullante lluvia de propaganda y los más insólitos anuncios para promover la participación.

Por ahora, no tenemos bolas de cristal para el ver futuro. Solo tenemos los pies planos sobre tierra para seguir de cerca los eventos políticos, económicos y sociales del país.