A las 6:04 pm se recordó a tantas personas que murieron en las Opppe de playa Los Cocos. Las máquinas continúan trabajando/ Texto y fotos: Vanessa Davies y José Gregorio Yépez
Los edificios colapsados siempre dejan algo a su paso, y ese «algo» que quedó en las edificaciones de la Oficina Presidencial de Planes y Proyectos Especiales (Opppe) en playa Los Cocos se convirtió este jueves, al cumplirse los tres meses de los terremotos del 24 de junio, en un altar improvisado. En un murito que dejó una de las estructuras en su caída, familiares y amigos de las víctimas de los sismos colocaron flores, encendieron velas, lloraron a mares y recordaron a quienes ya no están.


Unos ya lograron encontrar a sus allegados. Otros, continúan en la categoría de desaparecidos, porque sus cuerpos no están en ningún lugar. Este jueves en la noche, una muchacha puso flores y velas, con el rostro apretado. Contó que todavía no encuentra a su mamá, aun cuando supone que una cabellera hallada en el apartamento familiar, aplastada por una secadora, era la de la mujer que le dio la vida.


Campanas a las 6:04
La expectación crecía a medida que se acercaba la hora de los terremotos. Mujeres con franelas blancas, hombres con globos, grupos que repartían café y arepas se fueron congregando cerca del campamento organizado por el topo Jonathan Patti, a un costado de la Opppe 26. Un muchacho instaló una corneta, y poco antes de las 6:00 pm, las máquinas pararon sus labores y los trabajadores de ministerios, bomberos, soldados y funcionarios de Protección Civil se apostaron cerca del lugar donde se recordaría a las víctimas.
El diácono Manuel se puso el traje correspondiente. A las 6:04, la hora de los sismos, por la corneta se escucharon las campanas. Era la hora exacta en la que La Guaira y sus habitantes comenzaban un nuevo calvario. El diácono recordó el pasaje de la resurrección de Lázaro en la Biblia; rezó el padrenuestro, el avemaría, el credo; preparó agua bendita y la dispersó -ayudado por un ramito de flores- sobre todos los que allí se encontraban.


Manuel pidió que la gente se abrazara, habló del perdón y suplicó por el descanso eterno de quienes fallecieron. Cuando las familias soltaron los globos blancos, afirmó que los globos no volaban porque eran las almas de las víctimas que querían permanecer al lado de sus seres queridos.
Entonces, Patti invitó a improvisar un altar con velas y flores, ante el cual fluyeron los rezos y las lágrimas. Hubo abrazos, confidencias, memorias. Y las máquinas regresaron al trabajo.
Ya en el punto en el que sigue la búsqueda en la Opppe 26, una mujer lloraba abrazada a la enfermera voluntaria África Montilla. «No pude sacar mi chiquita», explicó. La maquinaria ya se había «comido» su apartamento, y no encontraron rastro alguno. Su llanto era de tristeza, de frustración, de pesar.


En otro punto de esta geografía de la tristeza, el topo Leo Bruzual y los topos de Máquina de Hierro se prepararon para una nueva oración con muchas velas. Están dispuestos a seguir trabajando en más edificios para ayudar a las familias que siguen la búsqueda, pero este jueves en la noche era para honrar y no dejar en el olvido tantas vidas tronchadas.
Y, como La Guaira es un crisol de emociones, a menos de una cuadra se hizo cola para comer una arepa caliente y preparado al momento: era el Arepazo de Equipo Vanessa, de los activistas Vanessa Rodríguez, Jesús Narea y Lisseth Manamá. Un canto a la vida a 100 metros de un cementerio.





