El apagón ha provocado una serie de modalidades de pago a las que deben adaptarse los usuarios. Nunca falta la especulación en momentos de crisis. Se paga con efectivo, comida, dólares, euros y si no… “camine mi pana”

En tiempos de apagón, al tratar de tomar el transporte público en Caracas la gente “de a pie” debe sortear -además de las ya conocidas dificultades de la reducción de las rutas, la menor cantidad de unidades y las largas colas-, las nueva condiciones de pago.

Al reducirse el acceso al efectivo por la falta de energía eléctrica y el bajo funcionamiento de la cajeros automáticos, la cantidad de gente caminando evidencia la incapacidad de concretar el pago.

Los “camioneteros” ubicados en Sabana Grande cobran como tarifa plana (en el mejor de los casos) Bs. 200, a una población que carece de efectivo y cuyo presupuesto está minado por la hiperinflación que golpea el bolsillo de todos los habitantes del país.

Por otro lados, los taxistas elevan la cifras de la carreras y se hacen impagables. “¿Cuanto hasta Catia maestro?”, preguntó un necesitado a las 6 de la tarde a un taxista en la zona de Chacaito junto a unos amigos que se negaban a dejarlo solo mientras resolvía.

“Son venticinco bolos” (Bs.25.000), dijo el taxista. “¿Y como te pago?”, preguntó el cliente. “En efectivo llave, porque no hay luz pa’ las transferencias”.

Nuestro necesitado se volteó y le dijo que no disponía de esa cifra.

Contrapunto siguió a este personaje para saber cómo resolvía el problema.

Sus amigos, vecinos de la zona, le propusieron bajarle de un kilo de arroz y una harina de maíz desde sus casas, para tratar de negociar con los taxistas y mototaxistas de la zona, ante la falta de efectivo.

Luego de una cuadra de discusión y ante la insistencia de sus compañeros este hombre , a regañadientes, accedió a recibir la mercancía que le daría la oportunidad de resolver el transporte mientras la noche caía irremediablemente sobre bulevar.

Hicieron la pausa para buscar las provisiones que servirían para el pago del servicio, caminaron hacia Plaza Venezuela, entre los muchos caminadores que buscaban su destino. De vez en cuando se escuchaba el grito “¡Maduro!” y la inmediata respuesta: “¡Coñoetumadre!”, como parte de la banda sonora de este episodio de la vida caraqueña sin servicio eléctrico

Así al llegar al final del bulevar en el extremo oeste, frente en la estación del Metro de Plaza Venezuela, comenzó una nueva negociación. “¿Cuánto es? ¿Cómo te pago?” y las respuestas eran: “Efectivo varón. ¿No tienes dólares?”. “Para allá son por lo menos tres arroces y dos harinas”.

“¡Nooo joda! Voy pa’ Catia no para Barquisimeto”, respondía nuestro necesitado con el acento guaro, marca inconfundible de los nacidos en tierra larense.

Los amigos insistieron en no dejarlo solo, a pesar de que el hombre se empeñaba en irse a pie hasta Catia. “Caminemos hasta la fuente” propuso uno de los amigos y siguieron hasta la próxima esquina.

Allí encontraron a un mototaxista solitario que conversaba con otra persona.

“Epa necesito ir hasta Catia y lo que tengo es un paquete arroz y un harina. Llévame por favor”, dijo el necesitado.

El mototaxista frunció el ceño. Y uno de los amigos sacó un billete de un dólar y le dijo “este es el billete de la suerte para que completes la carrera”. Parecieron palabras mágicas. Al mototaxista, un moreno gordito le cambió la cara y preguntó: “¿Dónde esta mi arroz y mi harina?”.

Acto seguido nuestro necesitado de transporte, beso y les dio la mano a sus acompañantes, puso un pié en el estribo de la moto, se ajustó el morral y se sentó como parrillero, en la vehículo que ya tenía encendido el motor para irse a la faena.

Al amarrarse el casco con su barbiquejo, levantó la mano para despedirse mientras estos lo vieron alejarse hacia el horizonte, en donde apenas se veía el resplandor del sol y la noche se anunciaba más oscura como consecuencia del apagón.