Dos años perdidos al PSG que depreciaron y despopularizaron al brasileño

El 5 de agosto 2017 Neymar Jr era presentado al Parc des Princes con bombos y platillos, frente a una inmensa multitud hincha del equipo francés. Entró al campo casi asustado por la bienvenida. Quizás la presentación más pretenciosa de la historia del fútbol. El presidente del PSG Al Khelaifi (con una sonrisa bastante petulante) no logra comenzar su discurso, debido al incesante cantar de los fanáticos coreando el nombre de su nuevo jugador. Brevemente alcanzaba a decir que es el momento para el PSG de ganar títulos, Neymar, por su parte, afirmaba que escribiría la historia del club, “mi reto más grande.”

Neymar tenía 25 años en aquel momento y el era el jugador más pagado de la historia. El mundo a sus pies. Su traspaso del Barcelona había costado 222 millones de euros, dando inicio a la hiperinflación de las fichas de los mejores jugadores del mundo. En tan sólo dos días en París se habían vendido 10 mil camisetas.

Ni siquiera con los 222 millones era posible medir la enormidad del traspaso del brasileño, que parecía uno de esos movimientos históricos que cambian el escenario geopolítico para siempre. Sin embargo, a pesar de que el fútbol cambió, para Neymar las cosas simplemente precipitaron.

Dos años después el 10 parisino parecía listo para invertir su ruta, regresando a Catalunya, por otra cifra monstruosa que, mientras tanto, comenzamos a considerar “normal”. Su traspaso falló. Incluso cuando estaba dispuesto a recortarse el salario. Su reto más grande, el que citó frente a un estadio que lo veneraba, fracasó. Neymar había sido llamado a liderar el PSG hacía la élite del fútbol mundial, cuya única manera de entrar es consiguiendo la Champions League. Tenía que salir de la sombra de Lionel Messi, caminar con sus propias piernas, convertir el PSG en “su” equipo como el Real Madrid era el equipo de Cristiano Ronaldo y el Barcelona era el equipo de Messi.

El PSG no pasó por dos veces de octavos en Champions, Neymar jugó un único partido en la fase de eliminación directa. Ha ganado dos veces la Ligue1, que cada día carece más de relevancia. En cierto sentido el PSG se convirtió sí en el equipo de Neymar, pero en el peor de los sentidos posibles. Un equipo sin alma, netamente individualista, expresión de once seres privilegiados que juegan fútbol viendo sus reflejos en un espejo, sin sentir la menor necesidad de ayudarse, un vestuario que es un campo de guerra, donde hay que continuamente evitar flechazos de quienes ahí hacen vida. Un equipo que se convirtió en la expresión de la secularización del fútbol contemporáneo, que en la narración de la historia de este deporte calzó en el rol de “villano”, con su máximo símbolo, Neymar da Silva Santos Júnior.

El brasileño había llegado tercero al Balón de Oro 2015 y 2017. El año pasado no pasó de un generoso doceavo puesto (por la primera vez fuera del top-10) mientras que este año incluirlo en el discurso sería una ofensa al fútbol. Tenían que ser dos años decisivos de la carrera de Neymar, fueron dos años perdidos. Dos años perdidos por el, que se convirtió en la persona a la cual apuntarle el dedo cuando hay necesidad de explicar los problemas del fútbol.

Neymar se ausentó por lesión en los momentos claves con el PSG (temporadas que pueden evaluarse con tan sólo dos o tres partidos) y se presentó al Mundial ruso (en el supuesto “mejor momento” de su carrera) en condiciones físicas paupérrimas. Es posible incluso decir que tras ese mundial la imagen de Neymar sufrió un golpe devastador.

Era su momento de brillar, más allá de su talento, por que Tite le había construido un equipo a su al rededor. Neymar sin embargo decidió mostrar su peor versión, paradójicamente la que mejor conocemos, usando su talento para destruir más que crear. Se aisló sobre una banda, buscando continuamente un duelo con sus adversarios, tratando siempre petulantemente de humillarlos.

Neymar convirtió el fútbol en un deporte individual, donde faltas, simulaciones y teatros histéricos se convirtieron en parte viva de su “jogo bonito”. Cerró aquel Mundial con 84 balones perdidos, 22 más que cualquier otro jugador. Hay una foto particularmente significativa de ese mundial:

Neymar se encuentran agachado, en posición fetal, mientras abraza el balón sobre su abdomen, como un niño caprichoso. Behrami, un futbolista con tendencia a las faltas, a su lado, de pie, con una sonrisa burlona observándolo y señalándolo, como si quisiera decir: “¡Mírenlo! ¿Que hace?”

En un fútbol que busca siempre inclinarse hacía el moralismo, que perdona pocas cosas, Neymar se ha convertido en el anti-Cristo. A los ojos del público no tuvo siquiera el buen gusto de desperdiciar su talento en maniera espectacular (sacrificándolo sobre una pila de excesos) o de dejárselo arrebatar por las lesiones; simplemente, a Neymar nunca le importó mucho el fútbol en su dimensión competitiva.

En estos últimos meses varios episodios alimentaron la imagen de Neymar como jugador malcriado, insoportable e ingobernable. El Neymar que no se presente a los entrenamientos y que llora en rueda de prensa al lado de Tite que lo defiende, el Neymar que le tira un bofetón a un hincha del PSG, el Neymar suspendido de la Champions tras los insultos en Instagram al arbitro del partido Manchester United-PSG, el Neymar que fue alejado por Mbappé de la foto de grupo tras la victoria en la Supercopa de Francia.

A todo esto, se le suma la grave investigación por abuso sexual, enterrada por falta de pruebas. Finalmente, se perdió la Copa América por una lesión, competición que ganó Brasil y que según muchos se logró gracias a la ausencia del jugador. El Barcelona, hasta los momentos, ha sido el único equipo capaz de contener el ego de Neymar.

Más allá de toda el mal que lo rodea, de la negatividad y de su instinto autodestructor que convierte su fútbol de luz a oscuridad en un chasqueo de dedos, Neymar sigue siendo un enorme talento y con 27 años podría tener aún algo guardado que mostrar, si es que tiene ganas.