El diputado ante la Asamblea Nacional (AN), Alexis Algarra, sostiene que frente a las negociaciones que comenzarán el 01 de agosto «debemos darle la oportunidad al diálogo tantas veces como sea necesario». Asimismo agregó que confía «en los hechos verificables. Esa es la vara con la que voy a medir este proceso».
-¿Cuáles son sus expectativas frente al diálogo que comenzará el 01 de agosto?
-Mis expectativas son realistas y exigentes. No parto de entusiasmos prematuros ni de rechazos automáticos. Cualquier proceso de diálogo en Venezuela debe medirse por su contenido real y por los resultados que produzca. Si este mecanismo que arranca el primero de agosto se limita a generar una imagen de normalidad o a administrar el poder existente con un lenguaje nuevo, entonces tendrá poco valor para el país. Si, por el contrario, logra avanzar en garantías concretas de participación política, en el fortalecimiento real de las instituciones y en condiciones mínimas de equidad para la competencia democrática, entonces podría convertirse en un espacio útil. Yo no confío en los anuncios. Confío en los hechos verificables.
-¿Las nuevas condiciones del país pueden hacerlo distinto a los otros diálogos?
-Las condiciones del país han cambiado, eso es innegable. Hay una reconfiguración del poder, hay una mayor presión internacional y hay un cansancio profundo de la sociedad con los ciclos de frustración. Eso genera una ventana distinta a la de diálogos anteriores. Sin embargo, el cambio de contexto no garantiza por sí solo un resultado diferente. Hemos visto procesos que nacieron con grandes expectativas y terminaron siendo mecanismos de estabilización sin transformación real. La diferencia no la hará el momento histórico por sí solo. La hará la voluntad real de ceder poder, de aceptar reglas claras y de permitir que las instituciones funcionen con independencia. Si eso no ocurre, estaremos ante una nueva versión de lo mismo, aunque se presente con otro nombre.
-¿Participarán? ¿Fueron invitados?
-Hasta este momento no hemos sido invitados formalmente. Mi posición personal es clara: estoy dispuesto a aportar en cualquier espacio que tenga garantías reales, agenda transparente y vocación de producir resultados concretos para el país. No estoy dispuesto a participar en procesos que solo sirvan para legitimar una estabilización sin cambios de fondo. No se trata de estar dentro o fuera por principio. Se trata de que el proceso valga la pena.
-¿Quiénes deben estar presentes en este diálogo? ¿Son todos los que están y están todos los que son?
-Esta es una de las preguntas más delicadas y más importantes. Un proceso que pretenda tener legitimidad democrática no puede limitarse a un acuerdo entre un sector del oficialismo y un sector específico de la oposición. La pluralidad de la sociedad venezolana es más amplia que eso. Deben estar representadas las distintas expresiones políticas que tienen peso real en el país, incluyendo aquellas que no forman parte de las estructuras tradicionales ni de las élites que han negociado en el pasado. También deben tener voz los sectores productivos, académicos y de la sociedad civil que han sostenido al país en los momentos más difíciles. Si la mesa se reduce a los mismos actores de siempre, con las mismas lógicas de siempre, el riesgo de que el país sienta que se está negociando a sus espaldas es muy alto. La representatividad no es un detalle. Es una condición de legitimidad y eficacia.
-La agenda no puede ser vaga ni meramente declarativa… ¿Debe contener puntos concretos, verificables y con sentido de urgencia real?
-En primer lugar, el restablecimiento de garantías efectivas para la participación política y el ejercicio de los derechos civiles. En segundo lugar, la reconstrucción de la independencia de los poderes públicos, especialmente del sistema de justicia y del poder electoral. En tercer lugar, condiciones claras y verificables para un proceso electoral competitivo, con reglas conocidas y aceptadas por todos. Y en cuarto lugar, mecanismos de transparencia y rendición de cuentas sobre las decisiones que se tomen en el marco de este proceso.
«Pero hay algo que no puede quedar fuera: la agenda también tiene que responder a lo que está viviendo el venezolano de a pie. Mientras se discuten los grandes temas institucionales, la economía familiar está destrozada, el poder adquisitivo se ha evaporado y los servicios públicos están en un estado crítico. La gente no come institucionalidad. Come lo que puede conseguir con un ingreso que cada vez alcanza para menos», alerta Algarra.
Propone que en paralelo a los temas políticos de fondo, debe incorporarse «de manera expresa y prioritaria, respuestas concretas a la emergencia económica y social que atraviesa el país: recuperación del salario real, atención a los servicios públicos esenciales y medidas que alivian de forma verificable el bolsillo de las familias».
«Sin estos elementos, cualquier agenda se queda en el terreno de las buenas intenciones. Venezuela no necesita más declaraciones de principios. Necesita hitos concretos, plazos y mecanismos de verificación. Y necesita, sobre todo, que el proceso político no ignore el sufrimiento diario de la gente que está aguantando el país», señala el diputado.
-Todavía no se sabe con precisión qué está realmente sobre la mesa y qué está fuera de discusión.
-Esa opacidad es peligrosa. Un proceso de esta naturaleza no puede construirse sobre silencios calculados ni sobre expectativas administradas. El país merece saber, sin ambigüedades, cuáles son los límites reales de esta negociación. Le falta también representatividad. No se puede pretender resolver la crisis política venezolana con una mesa reducida a unos pocos actores, por más legítimos que algunos se consideren. La sociedad es más amplia, más diversa y más golpeada de lo que esa mesa refleja hoy.
«Le sobra solemnidad vacía. Le sobra discurso de unidad y nueva etapa mientras no existan compromisos públicos, verificables y con plazos claros. Venezuela ya está cansada de procesos que se anuncian con gran pompa y terminan evaporándose en gestos simbólicos. Lo que este diálogo necesita no es más que narrativa. Necesita sustancia. Necesita que alguien diga con claridad qué se está dispuesto a ceder, qué se está dispuesto a garantizar y qué se está dispuesto a cambiar de verdad», sentencia el parlamentario.
Finalmente señala que «si al final solo se redistribuyen espacios de poder entre los mismos de siempre, no estaremos ante un proceso de democratización. Estaremos ante otra operación de maquillaje. Y el país ya no tiene estómago para eso».





