Al mediodía de este sábado 27 de junio, tres días después de los dos terremotos que asolaron la zona central de Venezuela, en la emergencia de adultos del Hospital Vargas de Caracas había rostros ansiosos y sobrecogidos por el llanto; personas sentadas con paquetes, gente que llegaba a ver las listas de pacientes atendidos y seguía su recorrido. Pero también, muestras de solidaridad como la de los voluntarios de Barquisimeto que viajaron cinco horas para entregar donaciones; las de la muchacha que llegó cargada de sandwiches que se distribuyeron hospital adentro y hospital afuera; la del grupo de periodistas -Chefi Borzacchini y Marbella Molina a la cabeza- que llevaron sopas; la de los chicos que repartieron arepas.
La tragedia y la empatía se hicieron presentes. La hermana de Oriana Castro y tía de Orianyelis ni siquiera se quitó el casco: buscó el nombre en las listas pegadas en la entrada del centro asistencial, no lo encontró, y siguió su camino. «La he buscado por todos los hospitales, y nada», explicó con pesar. Oriana y Orianyelis estaban en Caraballeda, y se perdió la comunicación con ellas después de los eventos.
Campamento al lado de la historia
En los alrededores del Cuartel San Carlos y del Panteón Nacional acampan más de 100 personas. La mayoría de ellas no se atreven a regresar a sus hogares, porque las edificaciones quedaron sentidas como consecuencias de los movimientos telúricos. Carlos Walter Díaz y su familia decidieron dejar su casa porque temen que les caiga encima. También lo hicieron Jesús Luzardo y su familia, que decidieron mudarse de Vargas-La Guaira para encontrar más tranquilidad y se encontraron con otra sorpresa de la naturaleza: la de no poder habitar su apartamento después del 24 de junio.


También en este campamento improvisado pasa la empatía de mano en mano: hay quienes regalan jugos, café, arepas, sopas y agua. Entre quienes pasan la noche a la intemperie, o debajo de una carpa, hay un denominador común: la decisión de tomar esta segunda oportunidad que les dio la vida.





