A José Luis Requena lo encontramos en la puerta de su casa en Caribe, ese 30 de junio que ya parece lejano.
Muchas cosas han pasado desde ese día hasta hoy, pero a dos meses de los terremotos vale la pena recordar como fue que los habitantes de La Guaira vivieron ese momento.
Sin camisa, nos dejó atravesar su casa para llegar hasta la avenida. Una máquina frente a su hogar movía escombros. Estaba alerta. esos primeros momentos días tras los terremotos dispararon las alarmas para la defensa de los bienes. El momento era muy movido. La incertidumbre, la duda, se instalaban y no se sabían manejar. A estas alturas esas mismas sensaciones persisten pero los guiaremos se han hecho veteranos en manejarlas, sin acostumbrarse a ellas, y siguen enfrentándolas sin bajar los brazos.
Requena es todo un defensor de su casa, de su hogar. Con astucia, puños, dientes, uñas y corazón, cerró filas y se atrincheró en su espacio para defender el esfuerzo de buena parte de su vida: su casa, que seguía en pie y él junto a ella.
– ¿Cómo vivió el terremoto? ¿Qué hizo?
– Horrible, estaba con mi perra. Solo con mi perra y en ese momento, empezamos a batallar contra toda la casa. Después nos fuimos, cruzamos la Marina y nos fuimos, nos lanzamos al mar. Después cuando estábamos en el mar se derrumbó todo el edificio, que estaba cerca de la orilla y tuvimos que agarrarnos de una lancha por lo menos tres horas.
– ¿Cómo salió?
– Esperamos que bajara el humo y el polvo. Todo era una nube y hasta que no bajó, no nos salimos del agua.
– ¿Y así regresa para acá para su casa?
– Para mi casa y allí fue que empecé a ayudar a las personas que necesitaban ayuda.
– ¿Cómo está ahora aquí? ¿Se quiere ir de aquí o no?
– No, pero sigo colaborando porque si me voy se pierde lo que queda.
Volteó y miró hacia las máquinas que trabajaban sobre la montaña de escombros y se quejaba: “Ellos quieren ayudar a su gente, pero en esas cosas destruyen. Están destruyendo. Por lo menos, fíjate los cables. Todas esas cosas son de plantas eléctricas que nosotros mismos las necesitamos para dormir, para comer, para el agua, para bañarnos. Entonces, por ganarse el dinero los de la grúa pueden romper todos esos cables y los perjudicados somos nosotros”.
En La Guaira al 30 de junio el caos era mayúsculo. Las certezas no entraban en la ecuación y la población alertaba sobre los brotes de la delincuencia.
“De noche hay muchos robos”, nos contaba José Luis Requena. “Nosotros nos estamos ayudando entre varios para defendernos por todos medios”.
– ¿La grúa es privada?
– La grúa es privada y lamentándolo mucho también cobran.
– ¿Qué daño sufrió su casa?
– La estructura se rompió, se quebró la casa por la mitad, pero está habitable, está habitable. Lo queremos es superar esta esta crisis.





