Contrapunto conmemora los 40 años del fallecimiento del máximo goleador de la historia del Inter

Sigue siendo el más grande futbolista italiano de todos los tiempos. Uno de los más grandes en absoluto, segundo ni siquiera al “divino” Pelè, o al inmenso Alfredo Di Stefano, superior a Johan Cruijff. Quien no vio jugar a Giuseppe Meazza, se perdió un trozo importante de la historia de este sublime deporte.

Nació sólo para jugar fútbol, el lejano 23 de agosto 1910, en el barrio milanés de Porta Vittoria. Su vida no fue color de rosas: hijo de una frutera y de un soldado fallecido en la Primera Guerra Mundial, era de esos muchachos que tenía un flirteo continuo con la vida nocturna y enemigo declarado de las sábanas, al menos en términos de descanso. Esto no le impidió alcanzar todos los prestigiosos logros que cosechó.

Giuseppe Meazza a la edad de 17 años, con la casaca del Inter

Conquistó todo lo que un jugador pudiese aspirar. Entusiasmó las masas en todas las partes del mundo, humilló los defensas más importantes del aquel entonces y bailó todos los grandes porteros de esa época dorada del fútbol, menos uno, su bestia negra, el fantasma de esas pocas noches de sueño: Ricardo Zamora, el arquero español al cual “Peppin” (diminutivo de Giuseppe en dialecto milanés) anotó tan sólo un gol en un amistoso, jamás en un partido oficial.

A los otros, todos, los aniquiló, con sus balones picados, o con sus misiles “tierra-aire” disparados mientras corría, o con sus perentorios y letales cabezazos. Un campeón irrepetible. No había existido nadie como él y no habrá tampoco.

Giuseppe Meazza era incluso un hombre que gozaba de una buena estrella. De hecho, su entrada al mundo del fútbol es puramente casual. Fue descubierto por un observador del Inter, Fulvio Bernardini, mientras pateaba un balón de tela en una calle de los suburbios milaneses. El joven italiano había sido descartado por el Milan, en primera instancia, por su físico frágil.

A los 17 años debutó con el Inter y fue cuando le adjudicaron el sobrenombre de “Balilla”. Cuando el entrenador de aquel entonces, Arpád Weisz, anunció la formación en el vestuario, un anciano jugador, Leopoldo Conti, exclamó: “Ahora hacemos jugar también los Balilla?”. La “Operazione Nazionale Balilla” (en español Operación Nacional Balilla) fue una organización juvenil del Reino de Italia, instituida en 1926 durante el gobierno Fascista de Benito Mussolini, que reclutaba los niños entre 8 y 14 años. De esta manera, para el gracioso “Poldo”, la asociación fue natural.

Sin embargo, ese mismo día Meazza demostraría su valor, anotando tres goles ante la US Milanese, comenzado así su ascenso. Se convirtió en el centrodelantero de la Ambrosiana-Inter (nombre adoptado por el club de Milano durante el ventenio fascista) y con 19 años se convirtió en el máximo artillero de la Serie A 1929-30, con 31 tantos, y en campeón de ese torneo. En la temporada 35-36, repitió la hazaña, con 25 tantos y en el 37-38, nuevamente, ganando su segundo Scudetto con su equipo.

A los veinte años, ya era jugador de la selección. Debutó en Roma, ante Suiza anotando sus dos primeros goles como “azzurro”. Meazza anotaría 33 tantos en 53 partidos con la selección y será dos veces campeón del mundo, en Italia ’34 y Francia ’38. Era un 9 verdadero, pero podía jugar también como interno, dejando espacios a Angiolino Schiavio y Silvio Piola (jugadores de la época) aunque, Meazza podía jugar por todos lados; su clase le permitía todo, incluso anotar un penal mientras se le caían los shorts porque se la había roto el elástico.

Héroe de batallas históricas

Fue Peppin, el que por primera vez en la historia logra vencer a Hungría, en Budapest, con tres goles de cinco que se anotaron en ese partido. El mismo Meazza fue quien hizo temblar a la soberbia Inglaterra, en la legendaria batalla de Highbury, cuando los tres leones vencían 3-0 a los italianos. El genio milanés logró humillar dos veces a los ingleses, acariciando varias veces el empate; sin embargo, ese partido finalizó 3 a 2 a favor de los de su majestad.

Siempre era él, el gran protagonista del Mundial del 34, el que anotó los dos tantos en el partido de ida y vuelta ante España (el primer partido terminó 1 a 1, gracias a las increíbles paradas de Ricardo Zamora, quien no jugó la vuelta tras haberse lesionado) y miles de logros que quedaron enmarcados e hicieron la historia del deporte rey.

Fuera del campo, Meazza era un amante de la “buena vida”. Gran jugador de azar, seductor de mujeres, bailarín de tango, cabello adornado con brillantina, gardenia blanca en el bolsillito de impecables flux azules; ídolo de la Milano aristocrática, capaz de acostarse al amanecer del domingo, de dormir un par de horas y anotar dos o tres goles ese mismo día.

Vittorio Pozzo, entrenador azzurro y un rígido moralista (al pleno estilo piemontese- de la región del Piemonte) le perdonaba mucho, muchísimo, porque sabía que de jugadores como Meazza, nacen uno cada cien años y el tenía la fortuna de dirigirlo en su selección.

Peppin se retiraría del fútbol el 1 de julio 1947, con 37 años, cosechando en su carrera 565 partidos jugados, con 349 goles, de los cuales 242 con el Inter.

Finalmente, el 21 de agosto 1979, en Lissone, un pequeño pueblo del norte de Italia, Giuseppe Meazza cerró sus ojos por última vez, tras la lucha contra un cáncer de páncreas, agravado por problemas cardiocirculatorios.

Póstumo, el 3 de marzo 1980, la alcaldía de Milano decidió homenajearlo, cambiando el nombre al estadio San Siro y convirtiéndolo en “Stadio Giuseppe Meazza”, un reconocimiento a quien, en ese templo del fútbol, enamoró el mundo.