La democracia colombiana dio un importante paso al conocerse la histórica reunión entre el Presidente electo, Gustavo Petro, y el líder opositor, Álvaro Uribe Vélez. Hoy puede decirse que Colombia entra en una era de cambio por medio del consenso y el acuerdo, a pesar del miedo y la expectativa del radicalismo y extremismo entre ambos bandos de la política nacional.

La primera jugada estratégica de Petro fue magistral. Efectivamente, para lograr todos los cambios que predicó durante su campaña política, necesita ponerse de acuerdo con la élite que se encuentra de salida en el poder. La dinámica colombiana exige que cualquier “Acuerdo Nacional” deba pasar por Álvaro Uribe, quien ha ganado directa o indirectamente la mayoría de elecciones de Colombia en los últimos 20 años. Sobre todo, por temas tan sensibles como la reforma agraria, en el que se tocan los grandes intereses del sector privado colombiano.

Uribe fue claro en reiterar que no se trata de una alianza. “Haremos oposición en los temas en los que no estemos de acuerdo”, dijo al término de esa importante reunión. Sin embargo, tambien enfatizó que la idea de participar en este acuerdo es “cuidar de manera argumental y respetuosa el diálogo directamente con el presidente”, un honorable acto de conciencia democrática que la ciudadanía colombiana amerita más que nunca.

Del otro lado de la mesa, Petro sumó otra importante figura política al Acuerdo Nacional. Su reunión con Rodolfo Hernández demostró la disposición de ambos políticos de “unir fuerzas para impulsar a quienes han sufrido el abandono del Estado”. Una “política anticorrupción” matizada, si podría decirse, hablando en los términos del propio Ingeniero. Concordar un punto de encuentro entre las narrativas de los excandidatos es otro gran paso para cumplir con la promesa de campaña de Petro.

Más de 20 años han pasado sin que Colombia presencie un gobierno de izquierdas. No es oportuno hablar aún de una transición. Sin embargo, sí sucederán cambios importantes en la dinámica del poder. Y dentro de la lógica democrática no existe mejor fórmula que el reconocimiento al otro y el diálogo para ejecutar cualquier reforma sin afectar la gobernabilidad.

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