El movimiento Unión y Progreso tiene claro que la unidad de todos los venezolanos es el elemento principal, clave y crucial para superar la crisis que mantiene estancado al país, pero, es primordial que la clase política entienda que hay que hacerle la guerra a la pobreza, esa que sumerge, castiga y suplicia a millones de venezolanos.

“Si existe una prioridad dentro de la grave y profunda crisis que desde hace ya muchos años padecemos los venezolanos es la pobreza. Es imposible que sin solucionar este problema los venezolanos podamos alcanzar la legítima aspiración de vivir en paz, con unión y progreso, justicia, seguridad, respeto y oportunidades para todos”, suscribe el planteamiento de el dirigente nacional de UP Rafael Simón Jiménez.

A su juicio, es este tema tan importante el que debe impulsar un debate para analizar, reflexionar y diagnosticar un proyecto de desarrollo económico y social que permita en el mediano plazo, “lograr la inclusión, la igualdad de derechos y oportunidades para todos. La cohesión que nos marque el camino de la recuperación democrática”.

Justificó que será imposible alcanzar estabilidad, gobernabilidad, implantación y consolidación de la democracia, mientras exista tanta desigualdad y polarización social y tan alto nivel de vida deteriorada.

El historiador y ex rector del CNE, refirió a que entre 1984 y 1998, Venezuela “ensayó” distintos modelos económicos, que lo único que generaron fue mayor malestar social: controles, regulaciones e intervencionismo de Jaime Lusinchi, deuda externa, recesión, estancamiento, desempleo, deterioro del mercado laboral, fracturas sociales y mucho más. Además, con la llegada del chavismo todo empeoró. “Los últimos 23 años, Venezuela ha incrementado sus niveles de pobreza, los ha triplicado: ha aumentado de un perfil que alcanzaba a menos del 25% de los hogares en 1978, a representar para el año 2001, más del 60%; y los niveles de pobreza crítica pasaron de menos del 10% a más del 30%”.

“La pobreza creció desproporcionadamente, pero además aparecieron fenómenos nunca antes vistos en Venezuela y que conforman los cuadros dramáticos de la llamada pobreza extrema o atroz: los menesterosos, las miles de personas que duermen en la calle, los niños limosneros, la gente dedicada a las más inverosímiles actividades: maromeros, limpiadores de vidrios, recogedores de basura y desperdicios. La violencia cada vez más aberrante y cotidiana, el resentimiento y el odio social, el incremento incontenible de la criminalidad, y cuadros infrahumanos como la prostitución infantil, el embarazo precoz, el tráfico de personas, situaciones todas intolerables en un sistema democrático y, más aún, en un país petrolero, que ha despilfarrado y malbaratado una riqueza incuantificable en mas de 70 años de producción de hidrocarburos”, lamentó.

¿Qué hay que hacer?

Para Unión y Progreso, al igual que para todo venezolano, superar la pobreza debe ser un objetivo y una prioridad. Y más, cuando el país se encamina a una transición política que debe reconstruir la democracia con sólidas bases de gobernabilidad, legitimidad y permanencia.

“Lo primero es tener claro que no caben fórmulas mágicas ni milagrosas. Sus objetivos tienen que ser el resultado de diseños de políticas públicas certeras y eficientes que implementadas con sostenibilidad en el tiempo permitan progresivamente alcanzar resultados tangibles”, subrayó. “Pese a las políticas erradas e insuficientes de 13 largos años de Hugo Chávez y 8 años de Maduro, es posible que con una nueva visión, en un nuevo contexto y con la concertación de un proyecto que se ubique bajo la rectoría del Estado y la sociedad, poder alcanzar la meta de reducir la pobreza existente en Venezuela”.

“Esta meta que parece demasiado ambiciosa, puede ser posible si potenciamos todos los recursos disponibles y, sobre todo, si reformulamos nuestro modelo económico y productivo, del rentismo, el estatismo, el intervencionismo y el capitalismo de estado, hacia una economía social de mercado que funcione bajo el enunciado, popularizado en la Alemania de postguerra, de tanto mercado como sea posible, tanto estado como sea necesario y que asegure como lo proclama la Cepal: un crecimiento con equidad”.

En este sentido, dos planteamientos surgen como elementos básicos de la estrategia: la educación masiva, de calidad, gratuita, en sintonía con el desarrollo nacional, fundamentada en valores y orientada al trabajo. El segundo elemento es la generación de millones de empleos, bien remunerados, estables y con seguridad social, que cambie sustancialmente las graves distorsiones y deformaciones de nuestro mercado laboral y que abata el desempleo, el subempleo, la precariedad e informalidad que hoy ocupan a casi un 75% de la masa laboral venezolana.

“Es definir una nueva estrategia de desarrollo que nos conduzca progresivamente de una economía rentista, dependiente del petróleo y con predominio del Estado, a una economía diversificada, sustentable, productiva, competitiva y moderna, en un entorno de reglas claras, donde el Estado defina marcos legales y regulatorios, pero el sector privado nacional y extranjero, tengan plenas garantías y seguridades para su desenvolvimiento y expansión en un entorno donde el estado de derecho funcione y cumpla el enunciado constitucional de la igualdad de todos ante la ley”.

En palabras de Rafael Simón Jiménez, el nuevo modelo económico venezolano tiene que ser de economía abierta, que permita la acción y el desenvolvimiento de todos los agentes económicos, pero donde el Estado cumpla un rol normativo y regulador, que sin intervencionismos discrecionales, abusos, ni arbitrariedades, se garanticen los derechos de empresarios, trabajadores, usuarios, consumidores, ahorristas, donde no haya monopolio, oligopolios, caracterizaciones, dumping y demás prácticas ilegales e inmorales que afectan a la ciudadanía.