Los diputados electos en el proceso del 6 de diciembre pasado asumirán a “troche y moche” sus funciones en el Palacio Legislativo. Los electos en 2015 insisten en que siguen activos pero a control remoto. El conflicto no ha cambiado, se ve estacionado e incluso dando pasos hacia atrás, pero hoy son nuevos los escenarios

El 5 de enero marca el inicio de otro round de la pelea marcada por la polarización de los actores que intervienen el tablero político venezolano, en donde se observa un retroceso en el camino hacia la indispensable e ineludible negociación política que debe conseguir una salida civilizada al conflicto que afecta a toda la población.

Los dos eventos políticos de fin de año no sirvieron para señalar con certidumbre un rumbo que ayude a construir un escenario de armonización y cohabitación política.

Esto, evidentemente impacta las variables económica y social, que es donde están ubicados los principales problemas de los que la población se queja.

Inflación, bajos salarios, sistema educativo en emergencia, sistema de salud de terapia intensiva, escasez de gasolina, falta de medicinas, transporte insuficiente y graves evidencias de violaciones de derechos humanos, tienen en el conflicto político su gran piedra tranca.

La clase política venezolana está de espaldas a estos problemas. Ni el Gobierno de Maduro, ni las oposiciones han logrado un articular un discurso y propuestas creíbles para la solución de los problemas.

Esta desconexión se evidencia  en ese 40 % de la población, que ni siquiera miró los eventos políticos de fin de año (elecciones y consulta) y se dedicó a “resolver el diciembre que les tocó vivir”.

Las fuerzas

La instalación de la Asamblea Nacional electa en los comicios del 6 de diciembre, se propone ser el hito que marque el definitivo debilitamiento y la anulación de un sector opositor que ha logrado el apoyo de los gobiernos de países con alto grado de influencia en el escenario geopolítico.     

No es mentira que, Juan Guaidó fue reconocido por seis de los siete países que forman el Grupo de los 7, en donde se encuentran las naciones más poderosas económicamente de lo que se llama el mundo occidental.

Si eso es una realidad del tamaño de un templo, no es menos cierto que la pegada del liderazgo de Guaidó se ha desgastado sostenidamente desde su regreso de la gira que lo llevó a Davos y su participación en el foro económico más importante que tiene el planeta.

En esa misma gira pasó por la Casa Blanca, con honores de jefe de Estado.

Las cartas del oficialismo

El Gobierno de Nicolás Maduro ha jugado, a su manera, la carta que usó Chávez en 2002,  ante los sucesos de la Plaza Altamira y los militares insubordinados: “Déjenlos que se cocinen en su propia salsa”.

Así pues, se ha planteado generar desgaste al liderazgo de Guaidó sin apresarlo, pero cercando su actividad, limitándola a las redes sociales y espacios reducidos del territorio nacional, dejándolo con poca capacidad de maniobra.

El tema pandemia ha favorecido a la desmovilización de ese sector que creyó en la consigna del “cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres”, que cada suena más ajena a quienes pusieron toda su fe en ella.

El oficialismo se ha dado su institucionalidad y con poco más del 17 % de los electores consiguió controlar un parlamento que lo coloca en una posición de fuerza al interior del país.

¿Por qué decimos que es más fuerte?

Si bien no será reconocida por los principales actores internacionales de la geopolítica de occidente, frente a su némesis que es la AN de 2015, es más sólida.

La “AN de Guaidó” ha perdido cohesión al punto que anunció su funcionamiento con una Comisión Delegada y un estatuto de transición que no fue avalado por todas las organizaciones del llamado Grupo de los Cuatro (G4), entiéndase Primero Justicia, Voluntad Popular, Un Nuevo Tiempo y Acción Democrática.

A estas alturas para la comunidad internacional será difícil canalizar una presión eficiente contra Maduro, si no existe una opción con la suficiente ascendencia sobre la población y el suficiente peso político capaz de hacer el trabajo local

Incluso, habría que preguntarse si el G4 sigue siendo de “4” o incluso si sigue siendo “Grupo”.

Es la debilidad de las oposiciones que existen en Venezuela y su atomización lo que le da fortaleza al oficialismo.

Esto coloca la resolución del conflicto por la vía negociada más lejos de lo que estuvo en 2020. Al poder se le obliga a negociar con la fortaleza interna y el respaldo internacional.

Las fuerzas opositoras no tienen esa fuerza local, porque están desconectadas de las masas descontentas con el Gobierno de Maduro y las que tienen respaldo internacional lo están perdiendo y se empiezan a diluir.

La estrategia de oficialismo es imponerse de manera avasallante e irrefutable.

Desde la fuerza impone sus reglas de juego y trata ganar tiempo y desplazar hacia el futuro los escenarios de negociación en los cuales puedan estar en una posición de superioridad a la hora de sentarse en la mesa, cosa que ocurrirá tarde o temprano. Este año o dentro de 10 años.

El Gobierno de Maduro tiene una AN instalada y puede pedir su reconocimiento internacional para avanzar hacia cualquier posibilidad de adelantar o propiciar comicios presidenciales, si la realidad económica y social así se lo impone.

Tiene las herramientas para sentirse cómodo a lo interno y seguir con su manera de controlar el juego.

Este 5 de enero, la estrategia oficial apunta a seguir debilitando a la oposición liderada por el G4 que logró el respaldo internacional y así paulatinamente sacarla de juego obligando a los actores a salir al exilio o retándolos a estar presos sin posibilidades de hacer trabajo de masas con sus organizaciones diezmadas y en medio de un escenario de cuarentena.

De esta manera se plantea desestructurar a su enemigo y cuidar que los actores alternativos sean lo suficientemente débiles y atomizados para seguir siendo el dueño del balón en la cancha y controlar los tiempos del juego.

Por otra parte, se dibuja un año complicado para las organizaciones como sindicatos y ONG que trabajan por las reivindicaciones sociales y laborales, ya que son las instancias en donde se estaría forjando el liderazgo emergente.

La mala noticia es que entre pandemia y miopía política de todo el 2020, tenemos que el 2021 comienza en “el más atrás”. Con caminos desandados para resolución satisfactoria del conflicto político que impide la construcción de mejores condiciones económicas y sociales para la población.

El Gobierno se jugará la carta de la Ley Antibloqueo para conseguir aliados. Pero ese tema es harina del mismo cargamento pero empacada en otro saco.

Por lo pronto, los polos en pugna se tornan agresivos en su discurso y uno ofrece cárcel y el otro ofrece calle, hasta ahora los dos se han quedado en el aguaje de una pelea de boxeo donde os golpes se los llevan los espectadores.

Por ahora no tenemos bolas de cristal para el ver el futuro y ponemos nuestros pies planos sobre la tierra para hacer seguimiento a la coyuntura. El juego sigue.