Al finalizar el horario especial de trabajo se evidenció el déficit de unidades transporte superficial en Caracas. Ante la ausencia del Metro, el regreso a casa se vuelve una tarea épica

A las dos de la tarde del primero de abril terminó la jornada laboral, ya que debido a la inestabilidad del sistema eléctrico se decretó un horario especial.

En la redoma de Petare, al este de Caracas, los vendedores ambulantes recogían su mercancía. Alrededor de las 2:00 pm, muchas personas estaban haciendo largas colas para conseguir cómo regresar a sus casa. 

En la estación del Metro varios autobuses rojos y verdes de la empresa estatal de transporte cubrían la ruta de la Línea Uno del servicio subterráneo. Pero en dirección Mariche era totalmente distinta la historia. 

Los usuarios se cubrían con camisas, suéteres o cualquier prenda para aplacar la inclemencia del sol. El poco transporte disponible en dirección a Mariche, sólo llegaba hasta el barrio La Dolorita por un costo de Bs 500. En ese lugar, se tenía que pagar otro monto para llegar al sector de Filas de Mariche. 

Los pasajeros afirmaban que era un abuso. Algunos inclusive aseguraron que de llegar a La Dolorita, seguirían a pie hasta sus casas. 

La multitud aumentó en La California fuera de las estaciones del Metro de Caracas. Todos gritaban cuando veían un transporte. Parados y con los billetes en la mano esperaban su turno para poner el pie dentro de la camioneta. 

En el recorrido de Contrapunto avanzando hacia el oeste llegamos a Parque Miranda, donde había un calma relativa. Las colas para tomar “la caminoneta” y llegar a Guarenas y Guatire estaban organizadas y tranquilas. Sin embargo, el costo del pasaje era una preocupación entre los usuarios. 

Entre 500 y 1.000 bolívares se ubicaba la tarifa que, como una caja de regalo, sorprendía a las personas al momento de pagar. 

25 minutos después del fin de la jornada

En la Plaza Francia de Altamira, nos encontramos con pocas unidades de transporte y muchas personas haciendo cola. Un señor contó que tenía 20 minutos en la parada, mientras esperaba veía cómo los autobuses llenos pasaban si detenerse. 

La espera hizo que Luis Peña no aguantara más y, como actúa desde hace cinco días, prefirió caminar desde su trabajo en Los Palos Grandes hasta su casa en el sector Puente de Hierro en el centro de la capital. 

Los cruces de la calles se llenaban con cada luz verde que anunciaba el paso. Los carros tocaban corneta. La gente se enfurecía cuando un vehículo se pasaba el semáforo en rojo. 

Al llegar a Chacao, la calle parecía un mar de hormigas. La gente en ocaciones optó por correr para alcanzar los autobuses. De pronto entre carros, motos, personas y el humo que contamina la ciudad, una mujer corrió detrás de un “carrito” que tenía como destino la urbanización de San Martín. “¡Párate, por favor!”. “¡Detente, no la ves corriendo!”, se escuchaba en medio de la multitud.

Ya eran casi las tres de las tarde. Una cuadra de cola con múltiples destinos se formaba en la esquina de la Torre Europa, ubicada en Chacaíto.

Los destinos que se ofertaban en las unidades de transporte iban desde San Martín, Catia, 23 de enero, y el centro de Caracas. Esa era la cara de este sector de la ciudad para la tarde de este lunes.

¿Qué llevaban en sus manos y hombros? El respectivo bolso tricolor. Carteras. Bolsas de plástico. Pero ahora hay un nuevo paquete en la ruta: Botellones, botellitas, vidones o cualquier cosa que sirva para almacenar agua.

“Yo trabajo aquí en Chacao. No tengo agua desde hace 10 días, así que traigo las botellas y las llevo a mi casa”, comentó Miguel, un vecino de Catia. En su hogar viven cuatro personas. 

Un señora que iba a El Silencio tenía a sus pies dos botellas de cinco litros, este lunes era la primera vez que llevaba agua desde su sitio de trabajo hasta su hogar. 

La confusión entre tantas colas se hizo presente. Mientras más cerca de la estación Chacaíto cobraban Bs 300, al alejarse, el pasaje costaba 500. Al final de la cuadra costaba 1.000. 

Esto causaba que los transportistas no se tomaran la molestia de pararse para subir a un “por puesto” donde el precio era más económico. “Son unos abusadores”, dijo una señora.

Para colmo, en medio de este escenario, un Metrobús verde estaba accidentado en la esquina de la calle El Valle que sube hacia la urbanización Country Club de Caracas. En la ventana de atrás, se veía escrito con marcador blanco: Venezuela quiere paz. 

Con discusiones, insultos y gente que se adelantaba en la cola terminaba la jornada laboral del primer día del mes de abril en Caracas.