Cuando otros duermen o padecen el insomnio de la angustia, una heroína con nombre de continente, África Montilla, sale con su maletín a hacer la ronda en lo que los terremotos del 24 de junio dibujaron como una zona de guerra: las ruinas de los edificios de la Misión Vivienda levantados por la Oficina Presidencial de Planes y Proyectos Especiales (Opppe) entre Caribe y Tanaguarena, en lo que se conoce popularmente como playa Los Cocos. La Guaira es una herida abierta que ella quiere ayudar a sanar.
Montilla es enfermera voluntaria; no tiene pérdidas que lamentar. Es decir, decidió cargar esta cruz porque considera que no puede dar la espalda al sufrimiento de la gente. «Ella es una enfermera voluntaria que hace recorridos», contó uno de los rescatistas en una de las largas madrugadas en las Opppe, cuando parece que el tiempo se suspende. Va a la hora donde más se la necesita y al lugar que otros decidieron dejar en el olvido.


El traje blanco quedó para la foto de su reciente graduación. En este territorio de polvo y cabillas, ella se calza un uniforme morado y camina hasta donde los familiares de víctimas de los sismos siguen buscando a sus seres queridos. Montilla ha acompañado a los seres queridos de Jhoniel, el niño de 11 años a quien su mamá y su papá tratan de localizar hasta el amanecer. También ha apoyado a otras familias que no cejan en su empeño. Primero fue la lucha por hallarlos con vida, hasta que esa ventana se cerró; hoy es la batalla para encontrar los cadáveres.
Está dedicada las 24 horas del día, los siete días de la semana, al campamento 4:13, que se mantiene diagonal a la Opppe 27, cerca de una estación de servicio y un restaurante que abrió sus puertas hace poco. El nombre 4:13 hace referencia a un versículo de la Biblia que asegura «todo lo puedo en Cristo que me fortalece».
Ha atendido de todo: personas con diarrea, como la que experimentó un voluntario procedente de Colombia. Visitantes con contusiones, como la periodista que se resbaló de madrugada y se golpeó la cabeza contra una losa. Ojos irritados por el polvillo que se levanta cada vez que se sacan escombros con palas. Gargantas que ya no dan para más, porque los restos de las edificaciones vuelan en el aire.


Esta enfermera que pasó casi tres meses durmiendo sobre una colchonetica (le acaban de regalar un colchón) pese a una lesión en la espalda se ha encargado de documentar en redes sociales esas largas noches de trabajo en las que el premio es encontrar el cuerpo de un ser amado. «Estoy acá por la voluntad de dios, al servicio de dios y a las personas que están acá», reitera en uno de sus mensajes. También recibe donativos para entregarlos a quienes los requieren, porque las necesidades en La Guaira no hacen más que aumentar.
Mantuvo a su hijo de 12 años en otro lugar, hasta que el muchacho insistió en estar con su mamá en las malas de siempre (las buenas no son el fuerte de Montilla, una mujer muy humilde que en condiciones normales vende tortas para completar un ingreso). Para él, observar a su mamá haciendo un lavado ocular entre los escombros es motivo de orgullo, y seguramente la mejor enseñanza que podrá recibir.







