La alta comisionada para los Derechos Humanos de la ONU tiene que lidiar con la ausencia de un árbitro reconocido por todos los sectores en pugna, y con instituciones que se repiten y que tienen tanta credibilidad en un sector como rechazo en otro

La política es pragmática, pero por más que lo sea hay cosas que no dejan de ser paradójicas. Sin haber venido a Venezuela, ya la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet, se ha enfrentado a la realidad de las instituciones repetidas en Venezuela.

Ya se anunció la visita de Bachelet para el miércoles 19 de junio, invitada por el mandatario Nicolás Maduro. Aceptar esta convocatoria no quiere decir que se acepta a Maduro como presidente legítimo, afirma Carlos Patiño, integrante del equipo del Programa Venezolano de Educación-Acción en Derechos Humanos (Provea).

Ya el país tiene dos jefes de Estado: Maduro, aceptado como tal por potencias como Rusia y China y avalado por el poco más de 10% que se define como chavista; y Juan Guaidó, presidente de la Asamblea Nacional (AN), reconocido como presidente interino de Venezuela por más de 50 países. Se espera Bachelet se reúna con ambos.

¿Como la España de 1936?

El país ya tiene dos TSJ, dos Legislativos, dos Ejecutivos y, como lo dijo en algún momento el secretario general del Movimiento Al Socialismo (MAS), Felipe Mujica, sólo faltan dos fuerzas armadas.

En política “es lógica la existencia de distintos proyectos y visiones sobre el rumbo que debe seguir la sociedad”, resalta el analista y dirigente político Bruno Gallo, integrante del comité ejecutivo de Avanzada Progresista, en entrevista con Contrapunto. La confrontación de esos proyectos, como es de esperarse, “intenta siempre la conquista de la mayoría”.

Pero, advierte Gallo, cuando “un régimen autoritario bloquea a toda costa la consulta popular, entonces las derivaciones de esa confrontación pueden ser desde violentas a militantemente, pacíficas pero aguerridas; desde muy realistas y tendentes a construir un contrapoder, hasta muy fantasiosas y dedicadas a sacar un conejo de la chistera”.

En la actualidad, juzga, “nos encontramos en una encrucijada en la que el Gobierno destruye lo que sobrevive de institucionalidad democrática, imbuido como está en la misión teleológica de la construcción de la ‘dictadura del proletariado’ y con un claro componente adicional de incapacidad y corrupción”. Y, por otro lado, hay un sector de la oposición “guiado por la célebre frase de Eudomar Santos, ‘como vaya viniendo vamos viendo’, que corre el riesgo de creer que el precario control que tiene de ciertas instituciones de verdad es suficiente para derrotar a ese monstruo de mil cabezas que destruye la institucionalidad”.

Lo que sucede en Venezuela es muy delicado, insiste Gallo, “pues puede llevarnos a una larga lucha de desgaste en la que perdemos todos, e incluso, a una guerra civil como la española entre 1936 y 1939”.

Un estado de violencia

Para el diputado Eustoquio Contreras ya es un ejercicio de violencia lo que sucede en Venezuela, y está claro que la crisis institucional impide una salida “por la vía del estado de derecho”.

Contreras, dirigente socialista, considera que la vía pacífica y la vía violenta avanzan paralelamente. Hay “un estado de anarquía dado por la ausencia de instituciones creíbles”, y la mejor prueba es que hay “dos poderes legislativos, dos presidentes, dos fiscales generales, dos TSJ”. Se carece de un órgano que “sea capaz de dictar una norma obedecible, creíble” y vinculante, y eso es, advierte el parlamentario, “un estado de violencia”.