Los factores de la polarización mueven sus piezas. El Gobierno de Maduro busca ayuda externa para cuestionar las sanciones, mientras los opositores se mantienen en medio de una crisis que les impide generar la unidad

El escenario político a lo interno del país se mueve, pero no se sale del tablero. Son pocos los que piensan fuera de la caja y en el mediano plazo el largo plazo. La enfermedad del cortoplacismo se ha vuelto crónica.

La política venezolana se ha hecho predecible desde hace mucho tiempo.

Un lado

El Gobierno de Maduro pareciera no tener necesidad de reinventarse a lo interno, porque mientras las estrategias de sus adversarios locales sean las mismas, responde con su fórmula exitosa.

En el béisbol hay una máxima que reza: “Si el equipo está ganando no se cambia el line-up”. Se pueden hacen ajustes y se deja descansar a un pelotero, pero no se cambia la forma de jugar para mantener el teamwork y la estrategia exitosa. Eso hace el Gobierno de Maduro.

Ubica sus debilidades, trata de solventarlas. Amalgama a su base dura con el enemigo externo como argumento. Se ajusta y desde el Gobierno se le da mayor participación al partido para hacerlo protagonista.

En el plano externo juega “caribe”. Se sabe cuestionado. El tema de derechos humanos lo complica frente al mundo, frente a sus aliados internacionales. Los informes de Bachelet y la Misión de Verificación de Hechos pesan y por eso busca apoyos de sus aliados. Se mueve para dar respuestas a la presión.

No es casual la visita de Alena Douham, quien como funcionaria de Naciones Unidas dice al mundo que las sanciones afectan a Venezuela y a los derechos humanos. Los señalamientos son cuestionados por unos, aceptados por otros, pero lo cierto es que Maduro consigue con qué contra argumentar los cuestionamientos internacionales y encuentra de dónde asirse.

Y justamente, la Unión Europea decide sancionar a otros 19 personajes de la política venezolana, cuando Maduro habla frente al Consejo de Derechos Humanos en Ginebra.

Las nuevas sanciones provocan la exigencia de la salida de la representante de la UE y se le impone un plazo de 72 horas para abandonar el país.

Con esta acción, el Gobierno reafirma su discurso del enemigo externo. Cada jugada es coordinada, medida, no hay puntada sin dedal. Con eso Maduro y su equipo hace cintura en el ring del boxeo internacional, en donde realmente la tiene muy fea.

A lo interno, impone su fuerza. Inhabilita políticamente a los diputados electos en 2015, “porque no presentaron su Declaración Jurada de Patrimonio”.

Controla, acorrala y persigue sin remilgos ni pudor. Con y sin razones. El precio político a pagar ya no es tan caro. Ha pagado mucho. Si las encuestas no le favorecen, poco importa. El adversario no es capaz de capitalizar el descontento.

El otro lado

La oposición venezolana luego de la victoria de 2015 no ha podido cohesionarse, ni lograr definir objetivos claros en su actuar.

Cada debate, en lugar de hacerla avanzar, pareciera fragmentarla más.

Para muestra, el tema de la participación electoral en el cual cada vez es mayor el peso de quienes se ganan a la idea de ir a los comicios, no si antes exigir condiciones, pero con la visión clara de que es una herramienta para acumular fuerzas.

Este debate pareciera conducir a una mayor fragmentación opositora, en donde quienes llaman a no participar serían los grandes perdedores.

Los liderazgos regionales y locales están ávidos de ocupar los espacios que vienen ganando a punta de trabajo con la gente, acompañándolos en sus denuncias y exigencias.

Los liderazgos en el interior del país sufren con mayor severidad el peso de un Estado todopoderoso. La depresión económica hace cada día más dependiente de la ayuda oficial a todos los sectores.

A pesar de ese inmenso obstáculo, en cada región hay un líder que critica y cuestiona las deficiencias de la actual gestión y se ha ganado un lugar que quiere capitalizar y proyectar su carrera política.

¿La línea de quién?

Desde Caracas, los principales partidos de oposición han mantenido la línea de la no participación: “No vamos a elecciones regionales porque el problema está en Miraflores”.

En la provincia, Miraflores suena muy lejos tanto a los dirigentes como a la gente que requiere una respuesta pronta a problemas de agua, electricidad y de comida.

La mayoría del pueblo pobre no puede esperar el cambio político, porque sus hijos se mueren de hambre, se los mata el hampa o se le van del país. Un enfermo de la tensión no puede esperar a que Maduro renuncie para controlar su presión arterial.

Habrá que preguntarse cosas como: ¿Quién le dirá a un líder regional que dobla en intención de voto al potencial candidato del Gobierno que no se lance a buscar una gobernación o una alcaldía?

¿Quién va a convencer a Henri Falcón que no se lance en Lara, si la salida de la gobernadora hacia el gabinete ejecutivo se da, entre otras cosas, porque su imagen ante los larenses estaba tan desgastada que prefieren cambiar el rostro por el costo electoral que pueden pagar?

Según las encuestas, pareciera que cualquier candidato unitario en las regiones puede vencer o por lo menos dar una buena pelea al nombre que sea asociado con la gestión del Ejecutivo y propuesto a un cargo de elección popular.

La sensación de unidad -más que los planteamientos propios de una transformación en el país- ha disparado la participación del voto opositor. El ejemplo está cerca: 2015. La tarjeta única hizo poderosa la idea de vencer al oficialismo. La propuesta política de fondo fue un accesorio no importaba.

Los candidatos opositores que vayan a las próximas elecciones, en el caso de perder por falta de participación, culparán a quienes llamaron a abstenerse y no fomentaron la unidad. Esto traerá una mayor fragmentación del universo de fuerzas que adversan a Maduro.

La atomización seguirá su curso y así habrá fiesta en la dirección nacional del partido de Gobierno que copará nuevos espacios.

En las regiones será difícil que se imponga la línea del partido que contradiga las necesidades locales. Eso es lo que se percibe.

La estrategia del Gobierno apunta a tener la mayor cantidad de espacios ocupados para así poder hablar desde el control a la hora que la situación económica lo obligue, porque la presión política interna no lo logra y la internacional por si sola no puede.

Por eso habla con los empresarios que necesitan soluciones para no perder sus empresas,porque no tienen la capacidad de irse o no han logrado internacionalizarse lo suficiente como arriesgar su capital local.

El enemigo externo amalgama a quienes apoyan al Gobierno de Maduro.

La unidad ha estimulado a los opositores a votar pero hoy… ¿Quién se tomará la tarea estimular la unidad opositora? ¿Quién o quiénes serían capaces de lograrlo?

No tenemos bolas de cristal para ver el futuro, solo tenemos pies planos para pisar tierra y mirar los acontecimientos con criterio periodístico.

El juego sigue.