Hace apenas dos años cumplimos doscientos de haber visto la luz como una sola Patria ambos pueblos hermanos. Desafortunadamente no hubo celebración en nuestras naciones, surgidas de las luchas, de los sacrificios de Antonio Nariño, de Simón Bolívar, Antonio Ricaurte y de Atanasio Girardot. Las rencillas que entristecieron la muerte de Bolívar en San Pedro Alejandrino, en Santa Marta, siguen como una sombra sobre los ciudadanos de ambos lados del río Arauca y de la montaña de los motilones.

La visión unitaria de Bolívar, partió con las enseñanzas de Samuel Robinson, de lo obvio: la geografía, la lengua, la cultura, la historia. La lección permanente nos la dan los llanos y los llaneros. La visión y práctica común de los Barí en la Sierra de Perijá. Pero la impactante, que diariamente dan los wayúu en el norte de lo que pretende ser una línea divisoria sobre espacios que comparten familias y clanes, de ambos lados de manera indetenible, incontrolable por la fuerza distinta a la suya propia de ambos lados del límite.

Recién el presidente de Nueva Granada decía mantener “cerrada la frontera” mientras agredía y señalaba el gobierno de Venezuela. Sin embargo, siguen  pasando por miles, los ciudadanos y ciudadanas en ambas direcciones sin que el gobierno de Bogotá pueda evitarlo. Hablaba un funcionario colombiano de millón y medio. Imposible de contrastar con la realidad de cinco millones de sus connacionales de este lado en los años recientes.

Todo esto sin contar las familias que por eventualidades internas han tenido que emigrar por las circunstancias internas de sus regiones, para salvar su vida y sus bienes de las dificultades de cada espacio.

Después de los eventos de la primera mitad del siglo XIX, con la muerte del Libertador y La Cosiata, la Guerra Federal, en su desarrollo violentísimo y en sus resultados, es posiblemente el inicio de las oleadas de migración entre ambas regiones.

Cómo son tan jóvenes, tan recientes nuestras historias, que de primera mano recordamos de la abuela Carmelina, oídas de su madre de niña, en las travesías desde Portuguesa, donde tenían sus propiedades, hasta el Arauca neogranadino, para salvarse de las disputas internas después de la Guerra Federal. Las mismas historias de vida, ahora de la propia madre, contando la odisea de su padre Felipe Sebastián, huyendo a Pamplona para escapar de la ira del presidente del Táchira,  por una arbitrariedad de Eustoquio Gómez.

Aún sigue esa situación de regreso, intercambio entre ambos lados de la línea de demarcación desde el Hito 1 en Castillete hasta el sur amazónico. Imposible de cumplir el cierre que ordena Iván Duque.

Solo posible, cercano y necesario el mensaje que por vía de su Ministro de Interiores envía el Presidente Maduro para abrir un canal de comunicación que facilite, en el respeto, la construcción de la unidad a que llamó Simón Bolívar, muriendo en Santa Marta.

Quienes llaman a la separación y que nos veamos como distintos, los pueblos de la misma bandera, del mismo mestizaje, de la misma lucha, solamente debíamos oír el himno de Nueva Granada que es el himno de Colombia en su contenido. “…En Bárbula no saben, las almas ni los ojos, si admiración o espanto sentir o padecer…:”

De seguro nuestros hijos de neogranadinos venezolanos, como colombianos nos quiso Bolívar,  juntos construirán y serán ejemplo de paz de igualdad, de progreso.