«En Los Chaguaramos hemos sufrido dos terremotos y dos inundaciones en solo dos meses»

El río Valle ocupó más de un metro en las viviendas de Anabel Aranda y Rafael Csernath López, en la calle Aranda de Los Chaguaramos. Las familias aseguran que nunca habían vivido un desbordamiento como el del pasado sábado 22, achacan la situación a las obras que se hicieron hace varios años y solicitan que se estudie el curso de agua / Texto y fotos: Vanessa Davies y José Gregorio Yépez

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«El agua casi me llega al cuello», comenta, asombrada, Anabel Pérez. Las paredes de su casa, la quinta Norte, muestran lo alto que llegó el río Valle al desbordarse el sábado 22 de agosto. En la vivienda familiar, ubicada en la calle Aranda de Los Chaguaramos, la nevera flotó y otros objetos se desplazaron. «El agua subió tanto que me tumbó hasta los cuadros», describe.

Este lunes 24 de agosto, Anabel seguía revisando los objetos embarrados y encontrando sorpresas: por ejemplo, la pérdida de la ropa que utiliza para las actividades de acompañamiento de mujeres embarazadas que desarrolla con su centro de atención, SpacioVital. O un mueble antiguo que no pudo escapar. «Todo flotó y se cayó». Libros, antigüedades, sillas, todo naufragó. «Tuvimos que botar un colchón». La corriente llegó hasta el sexto escalón.

A un local de distancia, Rafael Csernath López enseña los restos del televisor: una pantalla de barro. En su residencia, la quinta Coroma, el agua del río Valle también ingresó «como Pedro por su casa» el sábado 22 de agosto. La habitación de su mamá, una persona adulta mayor, quedó cubierta.

«En Los Chaguaramos hemos sufrido dos terremotos y dos inundaciones en solo dos meses», refiere Anabel. Y pueden ir más atrás en la lista de eventos con los bombardeos del 3 de enero, cuando militares estadounidenses se llevaron al mandatario Nicolás Maduro y a la diputada Cilia Flores. Los dos terremotos del 24 de junio los marcaron, y si faltaba algo, ocurrió un primer anegamiento el 15 de agosto, y el segundo, el 22 de agosto.

«Por mala ingeniería»

El río fluye a menos de una cuadra de la casa, estima. Y hace historia: «A la autopista le hicieron cambios estructurales desde Tazón» y «no tomaron en cuenta los problemas fluviales». Ya en 2018 «se inundó, pero nunca como lo de este sábado 22». Anabel explica que ya habían comentado en los espacios de consejos comunales que el nivel del río estaba elevándose. «El sábado 15 se desborda y llegamos a la altura de un metro. Lo que entró en ese momento fue agua de río y lluvia, con basura y escombros, y tardamos unos siete u ocho días limpiando».

Rafael sostiene que esto ocurre «por mala ingeniería, porque pusieron columnas en el medio del cauce, y quiéralo o no, se forma un tapón que represa el agua. Cuando eres niño y juegas con la lluvia, pones obstáculos para crear menor flujo de agua, y al quitarlos, cede. Pero en este caso no hay quien lo quite. Y aparte de eso, previamente ya tenías sedimentos en los laterales, falta de mantenimiento, lo que también suma para los desastres». Menciona que realmente hubo mucha lluvia ese día, «pero tenemos casi 80 años y podemos narrar lo que sucede, porque antes no existía el embaulado; si vas a poner un obstáculo, amplía. A partir de esas obras hemos sufrido con mayor fuerza, ha sido más agresiva para nosotros esta situación».

En cuestión de segundos

El sábado 22 Anabel no pudo salir de Plaza Venezuela. «En cuestión de segundos se inundó, y no solo la calle Aranda. También colapsó la autopista, las estaciones de Metro. Lo que podía evitarse con mantenimiento, con los llamados de alarma, no se hizo; no nos hicieron caso. Somos afectados por segunda vez, y más personas». Solo en su casa viven cinco personas, hoy obligadas a despejar el barro; y en su centro -donde se atiende a mujeres embarazadas y a lactantes, además de ofrecer clases de yoga y educación menstrual para adolescentes- trabajan otras cinco. «Normalmente tenemos de cuatro a cinco embarazadas que asisten a nuestros talleres. En las clases de yoga tenemos a unas seis personas».

A Rafael le dio tiempo de subir las escaleras y salvar algunos objetos. «Pero fue violento y no pude recoger mucho». Perdieron fotos. Se abombaron los muebles. «Tenemos electricidad y agua, y llevé corrientazos, por supuesto». En su hogar también flotaron los muebles. «La nevera no la he prendido; quedó boca arriba».

Anabel subraya que, de tratarse del fenómeno de El Niño, en su casa habría ingresado agua de lluvia. Y no fue así.

Estudiar el cauce

Una brigada de la Alcaldía de Caracas ayudó a limpiar la calle hace una semana y este lunes continuaba sus labores después de lo sucedido el pasado sábado. «Estoy desesperada por la magnitud. Estamos rescatando lo que sea rescatable» pero «no podemos exponer a embarazadas ni a los bebés. Mi fuente de trabajo principal no la tengo», precisa Anabel. Ha contado, como lo destaca, «con una gran red de amigos», pero también ha sufrido a la gente que solo va a tomarse fotos. «Aquí tenemos cuatro generaciones: mis abuelos, mis padres, yo y mis hijos».

«Este es el segundo sábado y el segundo desbordamiento. En 78 años que tenemos aquí el agua a veces se salía, pero nunca a los niveles actuales», asegura Rafael. «Y no es que se salió un río; es cloaca», enfatiza. «El agua se introdujo por las ventanas; llegó casi al nivel del hombro. Aquí vivo con mi mamá, que tiene 87 años y está recién operada».

Mientras su familia y amigos mantienen las labores de limpieza, Anabel apunta al futuro. «Solicito que ingenieros y arquitectos asuman el estudio del cauce del río, para que no se vuelva a desbordar. Que haya un compromiso constante antes de las lluvias. Este es un problema de saneamiento del río», resume. Dos semanas seguidas con agua sucia en su hogar es demasiado para su familia.

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