Los caminantes y la fauna son atropellados y desplazados por los ciclistas. Se abren picas, se genera ruido y se daña el paisaje. La bicicleta de montaña es “un deporte que requiere de una pista especializada, no un espacio natural montañoso y menos un Parque Nacional”, advierte el geógrafo Jorge Padrón

Que se normalice el uso de bicicletas en el Parque Nacional El Ávila (o Parque Nacional Waraira Repano) espanta a los ambientalistas venezolanos. La posibilidad de un cambio en el Plan de Ordenamiento y Reglamento de Uso (PORU) a fin de autorizar las bicicletas montañeras ha generado debates y pronunciamientos.

“No se debe cambiar la normativa del PN El Ávila o Waraira Repano para permitir el uso de bicicletas montañeras. Tampoco en la Zona Protectora de Caracas ni en otras áreas naturales protegidas o no (incluyendo el Parque La Fila, en el municipio Baruta, la Zona Protectora del Cerro El Volcán, o las áreas montañosas de El Hatillo). Todas esas zonas naturales son importantes como reservorios ambientales y el daño que les ocasiona el uso de las bicicletas es alto y progresivo”, alerta el geógrafo Jorge Padrón, coordinador de la Asociación Civil Ecológica y Social Chunikai y responsable del capítulo Derecho al Ambiente Sano del Informe anual de Provea.

El uso de bicicletas, “sea con fines recreacionales, y más aún con fines deportivos y de competencia, es absolutamente incompatible con el sentido, razón de ser y concepto de un parque nacional. Esto no quiere decir que el ciclismo de montaña, y todas sus modalidades, “no sean buenas”, sino que simplemente no tienen lugar ni cabida dentro de un parque nacional, pero sí pueden tener cabida en otro tipo de áreas”, subrayó en un informe un grupo de miembros venezolanos de la Comisión Mundial de Áreas Protegidas (CMAP) de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.

El PORU de El Ávila–Waraira Repano “señala explícitamente que el ciclismo perturba los procesos que el parque protege. NO es un capricho, hay razones biológicas comprobadas para tomar esa decisión”, subraya un reporte de la Fundación Aguaclara.

Las bicicletas causan erosión “cuyo proceso es creciente (canales en los senderos, surcos, cárcavas, deforestación de las áreas adyacentes). Alejamiento de la fauna silvestre y riesgo de atropellamiento a los que transitan a pie por los senderos, que ponen en riesgo la salud cuando los ciclistas bajan a significativas velocidades en esos espacios naturales restringidos”, sentencia Padrón.

“El ciclista no va al parque nacional a tener una experiencia con la naturaleza. El ciclista de montaña, la gran mayoría, va a tener un reto físico que podría satisfacer en cualquier otro lugar y no dentro de un parque nacional”, destaca Edgar Yerena, profesor e investigador de la Universidad Simón Bolívar.

De la A a la Z, estas son las razones para no permitir que las bicicletas montañeras recorran el parque.

Alejamiento de la fauna. “Muchos elementos de la fauna son muy sensibles a la vibración del paso de las bicicletas, al ruido que generan y al efecto visual intrusivo de un objeto moviéndose a relativamente alta velocidad”, detalla el informe.

“Los senderos peatonales convertidos en senderos de ciclismo terminan convirtiéndose en picas de ciclismo y en “sistemas de picas” (circuitos) de ciclistas, lo cual genera espacios de perturbación física en términos de suelo compactado, vegetación perturbada, atropellos a animales y ruido, que pueden ser verdaderos “cortafauna” (en analogía a los cortafuegos) que impiden el paso o el movimiento de fauna silvestre particularmente sensibles, como pueden ser ciertos tipos de pequeños mamíferos, reptiles y aves poco voladoras dependientes del suelo”.

Atajos. “Los senderos peatonales o de caminantes tienden a hacerse insuficientes, aburridos y poco interesantes para los ciclistas, quienes naturalmente tienden a cortar camino, evitando los caminos largos, con pocas pendientes y con numerosas curvas regresivas, los cuales sí son necesarios para los peatones; en este sentido los atajos hechos por ciclistas son una constante creciente en los senderos de montaña peatonales que son usados por ciclistas. Estos atajos producen nuevas afectaciones y multiplican su impacto”, alertan los expertos.

Atropellamiento. La seguridad física no está garantizada, concluye Padrón, porque los ciclistas van a gran velocidad y pueden llevarse por delante a los caminantes. “Esto, sin contar con el atropello de artrópodos, serpientes y algunos mamíferos lentos, especialmente nocturnos y crepusculares, que son sorprendidos por las bicicletas a paso rápido”, expone el informe.

Capas de cebolla. “Al igual que los rustiqueros en el Llano (Parque Nacional Aguaro Guariquito) o en la Gran Sabana (Parque Nacional Canaima), los ciclistas también tienden a generar picas paralelas a la ruta principal, a fin de evitar las cárcavas que el mismo ciclismo ha generado; es decir, la propia actividad de la bicicleta genera erosión en forma de surcos profundos y cárcavas, las cuales, después de cierto tiempo, son también un obstáculo para el propio ciclista, el cual tiende a evitar la cárcava abriendo una nueva pista de rodaje paralela a la erosionada”. Este patrón “se repite sucesivamente, en lo que se conoce como “efecto capa de cebolla”, lo cual al final se traduce en una afectación cada vez más creciente e incontrolable”.

Caminantes. “Dondequiera que pretenden coexistir peatones y ciclistas hay conflictos que con frecuencia llegan inclusive a la agresión física; los ciclistas son usualmente intolerantes con el peatón debido a la molestia que significa encontrarse a un objeto lento moviéndose por su vía de circulación, y en contraposición, para el peatón, el ciclista, así se mueva en velocidad moderada, es un factor de perturbación que es percibido como agresivo en muchos casos”, explica el informe.

Deforestación y erosión. Se pierde la vegetación por la actividad de las bicicletas. “La fricción de los cauchos de las bicicletas tritura y pulveriza el material mineral del suelo, y aplica presión continua sobre una estrecha franja del sendero, generando socavamiento”, acotan. “Todo este material es acarreado luego por las lluvias, acelerando la erosión y generando inevitablemente la profundización de los surcos, que luego producen cárcavas”.

Horario. Los expertos apuntan que es una aspiración muy común entre ciclistas “el realizar su deporte en horas nocturnas; esto tiene como consecuencia una potenciación de todos los demás impactos, y demuestra que el ciclismo no es una actividad que busque una experiencia de conexión con la naturaleza”.

Paisaje. “La percepción estética, visual o escénica de un sendero frecuentado por ciclistas es radicalmente distinta al de un sendero por donde no circulan bicicletas: en éstas últimas el camino es menos ancho, la vegetación penetra en el camino, existe poca erosión y se puede apreciar mejor la fauna; en las picas de ciclismo el paisaje está deteriorado y erosionado. Además, en los sitios de agrupamiento de los ciclistas, que usualmente es una actividad gregaria, hay una mayor incidencia de basura y desechos”.

Picas. La naturaleza de las bicicletas “hace que lo que para un peatón sea un tiempo largo, sea muy corto para un ciclista, por lo que en casi todos los casos los ciclistas se sienten insatisfechos con los senderos peatonales y al cabo de poco tiempo presionan por abrir más picas y más kilómetros de picas por donde circular, e incluso, con el patrocinio de comerciantes del deporte, las abren sin solicitar autorización y en forma clandestina”.

Pistas. La bicicleta de montaña es “un deporte que requiere de una pista especializada, no un espacio natural montañoso y menos un Parque Nacional. Es como la motocross que requiere de su pista especial, donde no genere impacto ambiental y no ponga en riesgo la vida de los visitantes de las áreas naturales, como el Waraira Repano”, puntualiza Padrón.

Ruidos. “Por la propia naturaleza de la locomoción en bicicletas, y por razones de seguridad, los ciclistas deben elevar la voz para comunicarse entre sí, y generalmente deben gritar en advertencia cuando atisban a peatones; eso sin considerar el ruido de la máquina en sí, de sus mecanismos y de su fricción contra el suelo”, enfatizan.

Senderos. “El ancho mínimo de un sendero por el que debe circular un ciclista, medido por el ancho de la superficie de circulación, es mayor en al menos el doble o más al de un peatón. Si a esto añadimos que los ciclistas usualmente compiten entre sí y tratan de adelantarse unos a otros, tenemos que el ancho del sendero tiende a expandirse. Las cárcavas además dificultan el andar peatonal, por lo que se incentiva el ensanchamiento de los caminos”, describen los especialistas en el informe.