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sábado, 03 diciembre, 2022

Encontrar el valor para volver y dejar atrás para vivir: La experiencia de un venezolano que visitó refugiados ucranianos

Texto y fotos: Luis Miguel Cáceres @LMCaceres93

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Esta es la historia silente de un observador noctámbulo: Luis Miguel Cáceres, periodista residenciado en Bruselas que viajó hasta la frontera entre Polonia y Ucrania para conocer la realidad de los ucranianos

Acá llegan personas de todos lados de Ucrania, algunos fueron obligados a huir, otros lo ven como un medio para sobrevivir, pero tú puedes notar la pena en sus ojos.

Mi llegada a Polonia transcurrió normal con los mismos problemas relacionados al idioma del país, había llegado a Cracovia y mi destino era Przemysl, ciudad fronteriza con Ucrania.

Foto: Luis Miguel Cáceres @LMCaceres93

El tren iba tan lleno de gente que tuve que sentarme en el piso. Poco después descubrí que tenía un puesto asignado y que una familia ucraniana lo estaba utilizando para sus hijos. Ninguna de estas personas hablaba inglés y mi nivel de ucraniano no existía. Solo hubo intercambio de miradas y movimientos de cabeza para que entendiesen que podían estar en mi puesto. En ese momento no entendía porqué estaban yendo en la misma dirección que yo, se notaba los nerviosos y emoción, como si fueran a realizar algo arriesgado. La gente caminaba de un lado a otro entre vagones, intentando pasar el aburrimiento y estirar un poco mas las piernas. Entre tantos retrasos y paradas las piernas empiezan a entumecerse. Un viaje de 8 horas parece una eternidad cuando no hay espacio para moverse.

Foto: Luis Miguel Cáceres @LMCaceres93

En Przemysl, el ambiente era extraño, el pueblo tenía una gran movimiento de personas; todo parecía como si no estuviera pasando nada. En el hostal donde me estaba hospedando había un cuarto con un grupo de mujeres ucranianas, se notaba que llevaban ahí desde los primeros días de iniciada la invasión en su país, intenté tener un intercambio de palabras con ellas pero fue casi nulo. Lo poco que pude saber sobre ellas: no estaban pagando nada por el cuarto y viviendo con el dinero que les mandaban sus esposos desde Ucrania. Casi no salían de ahí, solo para fumar y hacer llamadas. Estaban abstraídas del mundo, se la pasaban 24/7 junto al celular. Pocas veces las veía reír o mostrar cara alegre, se sentía su pesar cuando me saludaban, estaban incomodas. Yo las entendía, no es fácil tener que irte de tu país para encontrar seguridad. Como venezolano entiendo perfectamente la sensación de no tener un espacio propio, tener que deambular de un lado a otro buscando tranquilidad y seguridad, no es agradable. Una parte de ti se pierde en la ilusión de emigrar, y es algo que jamás volverás a encontrar de ti. Creces como persona pero entiendes que lo que dejaste atrás nunca volverá a ser igual.

En la estación de trenes de Przemysl los movimientos de personas eran normales recibiendo y despidiendo personas. Los voluntarios, identificados con sus chalecos amarillos, intentaban ayudar a todas las personas que llegaban con maletas y cara de desorientación. Era reconfortante ver a esas personas de todas partes del mundo haciendo todo lo posible para entender y ayudar a los ucranianos y autoridades en la estación. Había algunos que hablan ruso, ucraniano y polaco pero los que solo manejaban el inglés jugaban con las manos para comunicarse, era gracioso y ridículo, pero al final siempre se entendían entre todos.

En mis primeras impresiones de la estación me encontré con un voluntario de Francia llamado Marceau, geólogo de profesión que dejo su trabajo para ir a ayudar refugiados en la frontera entre Polonia y Ucrania. Estuve hablando con él desde mi llegada a la estación. Sin mas un día decidió que tenía que venir a dar su granito de arena a la humanidad, vino de forma independiente sin conocer ninguna organización o tener algún tipo de contacto, solo se presentó en la estación y dijo que quería ayudar. Por un acto desinteresado le dio un giro a su vida. Muchas personas pasan la vida buscando momentos así y Marceau había encontrado el suyo. Él se volvió mi cómplice en Przemysl, él estaba contento de poder ayudar. Me explicó todo el funcionamiento de la red de ayuda para refugiados y desplazados por la guerra, me habló de las organizaciones que apoyaban con comida y asistencia. Me presentó a otros voluntarios que compartían los mismos valores que él. Todos personas cálidas y alegres que solo querían ayudar de forma desinteresada a todos los que pudieran.

El acceso a la prensa era muy limitado, no tenía acceso a ciertos lugares de la estación, no podía ni tomar fotos ni hacer videos de los andenes donde llegan los trenes de Ucrania. En un momento intentaron borrar el material que había registrado con una ucraniana que estaba esperando la llegada de sus amigos, venían de Odessa (Un a de las ciudades mas afectadas por la guerra). Con todo el tumulto de la seguridad cuestionando mis motivos, la chica se desapareció, no pude seguir hablando con ella. Su inglés no era muy bueno pero sabía lo suficiente; intente buscarla de nuevo pero no la volví a ver. Perdí la oportunidad de conocer su realidad y la de sus amigos. Me dio mucha rabia e impotencia. Intenté entender porqué no podía estar ahí, y la gente de seguridad no sabía cómo explicarlo. Su habilidad de hablar inglés mágicamente se vio afectada por mis preguntas.

Ante la imposibilidad de poder seguir trabajando libremente en la estación de trenes, decidí desplazarme al paso fronterizo de Medyka. Junto a la estación de trenes habían varias paradas de autobuses que daban servicio de transporte a esa zona; para los ucranianos el pasaje era gratis pero para los demás costaba 150 zlotys (equivalentes a $0,30). Era impresionante ver a los ucranianos con sus maletas haciendo la cola para ingresar a los buses, parecía surreal de solo verlo. Muchas de estas personas habían huido de Ucrania a principio de la invasión o se encontraban fuera. Ahora volvían juntos a sus hijos y varios pares de maletas.

El viaje desde Przemysl a Medyka solo era de 30 minutos pero se podía volver un poco mas largo por la cantidad de carros y camiones que hacen cola para entrar a Ucrania. La cola empezaba a unos pocos kilómetros fuera de Przemysl y continuaba hasta la aduana Ucraniana. Un voluntario que se encontraba en el bus me dijo que estas colas duraban días y a veces se volvían mucho mas largas por la cantidad de cargamentos de comida, armas y artículos de primera necesidad que ingresaban a Ucrania. Es una imagen bastante impresionante si se piensa todo lo que están viviendo actualmente los ucranianos, y que a pesar de eso siguen volviendo a su hogar aunque este destruido.

Frontera

La situación era diferente a lo que yo esperaba, la gente tenia una vibra diferente, es difícil de describir pero se puede sentir en el aire. Los voluntarios están entregados a la causa. Es fácil comprenderlos cuando algunos me comentaban que querían sentirse útiles. Algunos me dijeron que les encantaría visitar Ucrania cuando la guerra se acabe, muchos admiran a la gente que huyen de Ucrania, otros sentían lástima y rabia que los ucranianos estuvieran sufriendo. Estando ahí, conocí voluntarios que pasaban la noche en las tiendas de ayuda para recibir a las personas que llegaban de Ucrania. Intenté mirarlo con mis propios ojos pero los organizadores de los refugios eran muy celosos con los permisos para la prensa, me tuve que limitar escuchar las historias de los voluntarios.

Putin intentó quitarle a los ucraniano su sentido de país pero no lo logró, mientras escribo este texto hay gente armando sus maletas para regresar a sus casas. Y al mismo tiempo hay gente saliendo de Ucrania. Es muy contradictoria la situación y al mismo tiempo bizarra. De cierta forma intente ponerme en el lugar de estas personas y no es sencillo estar lejos de casa en un lugar que no conoces a nadie, donde no tienes lugar propio y tienes que saltar de refugio en refugio para poder descansar. Y al final nunca hay descanso, el estrés y el estado de alerta constante te quitan el sueño. Lo viví, no es nada agradable pero quería entender la situación de esas personas. Solo estuve una semana viviendo así y nunca deje de trabajar. Intenté volverme parte de ellos, hasta un cierto punto me mezclé pero al momento de expresarme la gente sabía que no era de los suyos. Fue intenso, solo imaginar que los ucranianos han vivido eso por meses. Es desesperante hasta un cierto punto. Yo sabía que se acabaría cuando regresara a Bruselas pero para los ucranianos no hay nada certero. Es por eso que hay gente devolviéndose a pesar de la guerra. No hay nada como estar en el lugar que te vio crecer y donde has estado toda tu vida; a pesar del peligro que representa estar ahí.

Familias con maletas más grandes que ellas mismas, se desplazan al paso fronterizo. Muchos solo quieren volver a casa, otros solo quieren ver a su familia que quedó y de alguna forma han sobrevivido. Hay ciertos lugares de Ucrania que la guerra no ha tocado. Los esfuerzos del ejército de Ucrania han sido admirables.

¿Por que te estás devolviendo?, era mi pregunta a quienes retornaban al territorio ucraniano y simplemente respondían «Ucrania es casa».

El mundo mira a los ucranianos con asombro y admiración, han pasado por tanto y aun así están dispuestos a ser con sus vidas. El objetivo de mi visita a Medyka y Przemysl era presenciar parte del éxodo, pero me quedé atónito cuando presencié a un grupo de mujeres acompañadas de sus hijas/os regresando a su país. Me impresionó. Gente viene y va. Así se mantiene la balanza pero a mi parecer es más la gente que está volviendo. Estas familias que vuelven no vuelven felices, se nota en sus caras el cansancio y la impotencia. No son amigables, es entendible su actitud.

Por otra parte el trabajo de los voluntarios es admirable. Muchos dejaron la tranquilidad de sus casa para apoyar un bien mayor. Uno de los voluntarios con el que tuve la oportunidad de hablar, comentó que ayudarse entre sí, creaba un entendimiento superior entre la humanidad. Creo en sus palabras y al mismo tiempo sé que la humanidad no esta lista para entenderse entre si en la búsqueda de la paz. Da miedo pensar que la historia se repite todo el tiempo, y nadie hace caso o los que caso son muy pocos para que se escuche su voz.

Luis Miguel Cáceres @LMCaceres93

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