“La vida no va a empezar cuando pase la COVID-19, la vida transcurre mientras estamos viviendo la pandemia”, sentencia la psicóloga y docente Meury Rivero. Considera, como señales de alarma, “el creer permanentemente que tienes la COVID-19, lo que a todos nos pasa” pero que cada quien regula, e igualmente colocar todas las expectativas en la aparición de la vacuna y poca energía en reorganizar la propia vida. “Estoy viviendo en un futuro que ni siquiera conozco, y se me está pasando el presente que sí es lo que puedo controlar”

Meury Rivero recita de memoria todos los argumentos esgrimidos por quienes no querían aceptar que el coronavirus era un tsunami que pasaba por la vida y no dejaba nada en pie: “Esto se va a acabar pronto, a nosotros no nos va a pasar, el clima tropical nos va a ayudar, Venezuela es tierra de gracia y aquí no va a llegar”.

Psicóloga y docente, Rivero vio cómo las creencias, muros que parecían sólidos, caían al suelo y había que rediseñar el mundo. “Los seres humanos somos seres de hábitos, de costumbres”, recuerda. “Nos gusta tener un relativo control de la rutina o cotidianidad, y por eso tuvimos un momento de resistencia, de ‘no me voy a encerrar’. Entonces aparecieron esas fantasías, que si era mentira, que si no existía”.

Piensa que, en un primer momento, nos resistimos a tener que modificar los hábitos. Una cosa era ver las noticias del coronavirus en España, y otra, constatar que llegó al país. “Cuando dijeron que estaba acá empezó la resistencia: Eso no es posible, eso a mí no me pasa”.

La gente vivió el duelo, y antes, la incertidumbre, el no saber hacia dónde se iba. “Empezó el ajuste en todo. Pasamos unos dos meses” en “una especie de retiro obligado”. Fue “un momento de shock”. Después pasamos al tiempo de la asimilación.

Del “quédate en casa” al “sal”

Primero te dijeron “quédate en casa” y ahora te dicen “sal”. Lo que ocurre es “que te resistes”, explica, y lo compara con el regreso de las vacaciones. “Es difícil volver”.

Porque además no es un regreso a lo anterior: “Voy a volver a mi trabajo pero no voy a volver a mi trabajo tal como lo conozco. Voy a volver a mi trabajo dejando el asiento del medio; quizá tenemos que dividirnos en grupos y una semana va un grupo y otra semana va el otro y no coincido con el compañero con el que más identifico o más converso; debo utilizar en mi trabajo una mascarilla, no puedo abrazar a mis compañeros de trabajo. Así no me da nota volver”.


“Tengo una frase que puede ser un poco dura: La vida no va a empezar cuando pase la COVID-19, la vida está transcurriendo mientras estamos viviendo la pandemia de COVID-19”.

Ocurre otro fenómeno, el que se presenta “cuando tienes un pajarito enjaulado, le abres la jaulita y el pajarito no sale. Así estamos nosotros ahora”. Es la ansiedad del afuera. “¿Qué pasa con el afuera? No sabemos qué esperar de él, porque no vamos  a volver al mismo lugar del que nos fuimos. Es el mismo estructuralmente hablando, pero no funcionalmente hablando”.

Ahora “le temo al afuera porque es desconocido, mejor me quedo en mi jaulita que ya la conocí y en la cual ya tengo control”, describe. Hay personas que han llegado al punto, incluso, de poner en riesgo su puesto de trabajo.

Los individuos ansiosos le tienen terror a lo que les pueda pasar y  por eso se niegan a retornar a la oficina. Posiblemente no salieron durante toda la cuarentena, alguien les lleva comida, han salido dos veces en siete meses. “Ellos pueden tener una mayor reacción ansiosa ante la posibilidad de tener que salir”.

Hay otro grupo que, con el home office, “se multiplicó en diferentes trabajos para poder sobrevivir, y esa variable está interviniendo” en su negativa a volver. “La gente empezó a ‘matar tigres’. El motorizado de la oficina estaba todo el día en la oficina, y ahora descubrió el delivery. También la recepcionista” y otros trabajadores. “Los maestros que tienen moto están haciendo delivery”.

Aislamiento emocional

Desmotivación, tristeza y ansiedad son las emociones predominantes en los venezolanos según la psicóloga Yorelis Acosta, refiere Rivero. “Estos elementos se detonan con la aparición de una pandemia que me muestra mayor descontrol sobre un contexto sobre un contexto en el cual sentía descontrol, porque no hay estabilidad por lo económico, lo alimenticio y ahora la salud”.

Cuando una persona siente que prefiere perder el trabajo, incluso, antes de pisar el umbral de su casa, debe buscar ayuda. También “cuando al salir de mi casa empiezo a sentir presión en el pecho; cuando tengo síntomas que se parecen a los de un infarto, pero se me pasan; cuando tengo tensión muscular; cuando todas mis verbalizaciones y comunicaciones con los otros son sobre la COVID-19 y su impacto”.

Hay más: “Cuando paso todo el día buscando en Google la variación en la curva de la COVID-19, cuando tengo demasiadas expectativas para cuando esto pase, el retomar la vida cuando esto pase”.

-Tengo una frase que puede ser un poco dura: La vida no va a empezar cuando pase la COVID-19, la vida está transcurriendo mientras estamos viviendo la pandemia de COVID-19”.

-¿Qué pasa con quienes metieron la vida en un congelador a la espera de una vacuna o una solución mágica?

-Deben asistir a los especialistas. La Federación de Psicólogos de Venezuela tiene una línea gratuita, Psicólogos sin Fronteras también. Deben buscar ayuda en estas plataformas, y quienes tengan recursos, deben acudir a su especialista. Más, aquellas personas que tienen historial de depresión, ansiedad, trastornos del pánico y fobias. Quienes han tenido estos cuadros en el pasado son candidatas a retomar su terapia en este momento, y las que no tienen eso en su historia pero se dan cuenta de que cada vez están más encerradas y aisladas, son candidatas a asistir a terapia.


“Debo, de una u otra forma, acompasarme con la realidad, más que resistirme, porque en la resistencia lo que gano es desgaste y no hay beneficio propio para mí como persona”

¿Cuáles son las señales de alarma?

-“El creer permanentemente que tienes la COVID-19, lo que a todos nos pasa” pero que cada quien regula. Y si no lo puede regular, es hora de buscar apoyo.

-La desesperación por buscar información sobre la pandemia.

-Colocar todas las expectativas en la aparición de la vacuna y poca energía en reorganizar la propia vida. “Estoy viviendo en un futuro que ni siquiera conozco, y se me está pasando el presente que sí es lo que puedo controlar”.

-El aislamiento total antes que tener contacto emocional (saludar a un vecino de balcón a balcón, una llamada telefónica). “Cuando el aislamiento deja de ser físico para ser emocional, en ese momento debo buscar ayuda”.

-Pesadillas recurrentes.

-Trastornos del sueño. Cuesta conciliar el sueño, despertarse varias veces durante la noche, soñar con la COVID-19.

-Trastornos de alimentación, que pueden ser “pico, pico, pico” o “no voy a comer nada”.

-Dejar de lado la higiene: “No me baño, no me peino, porque estoy en cuarentena y no hace falta”. Pero “una cosa es que estés en ropa cómoda en tu casa, y otra cosa es que ni te vayas a bañar”.


“Cuando el aislamiento deja de ser físico para ser emocional, en ese momento debo buscar ayuda”

Acompasarse con la realidad

En su consulta ha visto personas con trastornos de ansiedad, depresión y desmotivación porque “el mundo se acabó”. No solo en adultos; también en niños y adolescentes. Hay, por otra parte, un aumento en el consumo de sustancias “como vías de escape”, como tabaquismo y bebidas alcohólicas.

“Hay cosas que escapan de nuestro control”, explica. “Podemos controlar a qué hora nos levantamos o barremos, pero hay factores externos y debemos hacer conciencia de eso. La pandemia no la manejo yo. Por tanto, no tengo un dato objetivo de cuándo esto va a parar”.

Propone que cada quien revise su diálogo interno, “qué es lo que estoy haciendo conmigo”, si dejó todo suspendido por siete meses, si no acepta que las cosas variaron. “Debo, de una u otra forma, acompasarme con la realidad, más que resistirme, porque en la resistencia lo que gano es desgaste y no hay beneficio propio para mí como persona”.