Quienes quieren una Venezuela democrática deben negociar entre ellos, afirma el presidente del Espacio Anna Frank. La coexistencia es la que nos va a salvar de una gran explosión social, subraya

Dos barcos llegaron a Venezuela en 1939. Se les iba la vida, literalmente, en una respuesta: Sí o no. En otros países les replicaron “no” a esos refugiados que buscaban cobijo contra el nazismo. En Venezuela les dijeron que sí. Lo hizo el presidente Eleazar López Contreras; lo hizo, también, el pueblo venezolano que los recibió y los ayudó. “Los barcos de la esperanza” -de Elizabeth Mundiak y Jonathan Jakubowicz- es el documental que cuenta la historia de las naves Caribia y Köegnistein, y con el cual Espacio Anna Frank recuerda, este 27 de enero, el Día Internacional de Conmemoración Anual en Memoria de las Víctimas del Holocausto.

“No se pueden olvidar hechos tan atroces” como el Holocausto, subraya el presidente de Espacio Anna Frank, el embajador Milos Alcalay, en entrevista con contrapunto.com. “A pesar de que, desde que se creó Naciones Unidas se dijo que nunca más se iban a cometer genocidios, crímenes de lesa humanidad”, afirma, todavía “vemos situaciones muy graves en el mundo”. Por eso “es tan importante recordarlo, no solamente para rechazarlo” sino para promover “espacios de tolerancia, espacios de convivencia, de coexistencia, de valentía moral y de denuncia de los atropellos”.

El 27 de enero se conmemora la liberación del campo de concentración de Auschwitz por parte de las tropas soviéticas. Espacio Anna Frank mantiene la fecha viva con obras de teatro, cine, conciertos. “Por primera vez este año vamos a recordar el gran respaldo que Venezuela, de brazos abiertos a todos aquellos que sufrían las inclemencias de la Europa cruel, dio a todos los perseguidos”, remarca. Con la película “vamos a recordar a esa Venezuela generosa, a esa Venezuela de brazos abiertos” que recibió a quienes escapaban del totalitarismo nazi y del totalitarismo de otros regímenes. Esa es “la Venezuela de la dignidad que les abrió los brazos a los migrantes del mundo”.

Los barcos Caribia y Köegnistein tocaron en varios puertos, como los de Cuba y Curazao, y no los admitieron. Otras naves hicieron lo mismo, y al no encontrar tierra que los acogiera se devolvieron a Alemania y los pasajeros terminaron en un campo de exterminio. No ocurrió así con la gente que buscaba una esperanza en
Caribia y Köegnistein. “¿Es que todos los venezolanos estaban abiertos? Yo diría que en gran medida sí, porque la forma en que los recibieron fue extraordinaria. Pero hay que reconocer que había algunos partidarios de que ‘para qué nnos vamos a meter en problemas, Venezuela tiene que ser neutra, nosotros no tenemos por qué interferir’. Felizmente López Contreras, con esa hidalguía y con ese sentimiento” abrió las puertas, al igual que lo hicieron los ministros.

“Cuando el barco atracó no había iluminación y los venezolanos fueron con sus autos para iluminar la llegada de estos judíos, para ofrecerles eso que es tan característico de los venezolanos que es recibir en situaciones difíciles” a quienes buscan una nueva oportunidad. Les ofrecieron alojamiento, ayuda, alimentos, medicinas. “Muchas familias venezolanas fueron a socorrerlos. Desde los más humildes que apoyaban la presencia de unos europeos perseguidos, hasta familias que ofrecieron su hogar, su tierra”.

-¿Seguimos siendo esa sociedad y ese liderazgo generoso y abierto?

-Creo que Venezuela sigue siendo un país de una generosidad extraordinaria, porque primero fueron los judíos, después fue la pobreza de los italianos o la pobreza después de la guerra civil en España; posteriormente el Medio Oriente, los libaneses, los sirios. Después, del norte de África. Los barcos fueron sustituidos por enormes aviones, no solo de Europa sino de América Latina. ¿Cuántos refugiados no recibió Venezuela de Chile en la época de Pinochet, de Uruguay, de Argentina, del Caribe, de Centroamérica. Hoy la situación es distinta, porque el país de brazos abiertos es hoy el país de las despedidas. Nosotros no éramos un país de emigración, y hoy tenemos varios millones de venezolanos que se van igual que los refugiados y apátridas que sufrieron la persecución y el asesinato y problemas económicos y sociales. Hoy son los hijos y nietos de los refugiados los que van buscando refugio en otros países. Venezuela sigue siendo generosa, pero la situación caótica del país ha hecho esto.

Alcalay trae a colación que ha habido “algunas amenazas de muy importantes funcionarios de la Asamblea Nacional, que amenazan con declarar apátrida a todo aquel que no está en Venezuela”. Por alguna razón varios países han extendido la validez de los pasaportes venezolanos. ¿Cómo se arreglarían las fallas en los pasaportes? “Con un decreto presidencial que diga que los pasaportes que vencen en 2021 vencerán en 2026”, expone. “Eso les daría a 6 millones de venezolanos la posibilidad de tener un documento”.

-¿Por qué no se hace?

-Hay varios factores. Uno de ellos es ver al emigrante como una gran mentira cuando es una gran verdad. Tratar de esconder las cifras de un drama que es un drama para el refugiado y para los países que lo reciben. Lo que tendría que hacer el Estado es darles el derecho constitucional de su legítima identidad. No es declarado apátrida como tal, pero si no tienes documentos que prueben que eres una persona documentada te conviertes en un indocumentado: el pasaporte se venció en 2005 y con él no puedes viajar, tienes que irte “por los caminos verdes” y eso es muy grave. Al no reconocer la realidad te conviertes en una especie de apátrida.

La valentía moral, en el presente venezolano, “es la transparencia; es decir las cosas ‘al pan, pan, y al vino, vino. No tener miedo a la represión”, el trabajo de una ONG que se expone a ser cerrada, las denuncias de violaciones de derechos humanos. La coexistencia “no es otra cosa sino la libertad, que cada uno de los venezolanos pueda expresarse, y eso requiere de valentía moral; que no haya un mecanismo para consultar a las bases para establecer una Venezuela que garantice las posibilidades de sobrevivencia”. Eso implica “una toma de conciencia para que no se repitan los atropellos”.

A escala internacional, valentía moral es que países que están quieren ayudar a los venezolanos a regresar a la democracia y la libertad, a que no haya elecciones amañadas, “puedan continuar haciéndolo”. Independientemente de las consecuencias han tomado decisiones “con base en principios éticos, morales y reglas del derecho internacional”.

-¿Valentía moral sería tratar de llegar a una solución negociada con quienes en este momento ejercen el poder de manera autoritaria?

-Sin lugar a dudas. Ese sería el tema fundamental, siempre y cuando haya voluntad de dialogar. El diálogo no puede ser un monólogo. Por eso todos los países del mundo repiten un elemento fundamental en el derecho internacional: la búsqueda de solución pacífica. No hay ningún estado que vaya a decir “aquí no hay solución pacífica, aquí hay que invadir al país vecino porque no te reconoce todos derechos”. Al contrario, se dice “usted tiene que dialogar”. Pero para poder dialogar se han buscado mecanismos de negociación; no ha sido fácil. Eso no significa que no haya que buscar. Uno de los temas fundamentales es que aquellos que quieren una Venezuela democrática tienen también que ponerse a negociar entre ellos. Debemos tener una posición única, unida, para poder negociar con la otra parte qué vamos a exigir; no puede tener cada uno su propia agenda. Tiene que haber una estrategia común, y por eso, antes de negociar con el gobierno, hay que negociar entre los actores políticos fundamentales.

En segundo lugar “buscar el apoyo internacional” para garantizar el cumplimiento de los compromisos adquiridos. “No puedes decir que vamos a ir a elecciones presidenciales y después dices ‘no, la soberanía me obliga a mí a continuar y a decretar lo que yo quiera'”. Se debe dialogar, reitera, pero “tiene que ser un diálogo verdadero de parte y parte”.

-¿Por parte del oficialismo cuál sería el gesto de valentía moral?

-Sería entender que ya este proceso ha acabado. Después de 20 años de proceso en el que se había ofrecido darles mejor calidad de vida a los venezolanos, darles salud a los venezolanos, darles un ingreso fabuloso a los venezolanos nada de eso se ha logrado. La valentía moral es reconocerlo, porque uno escucha el diagnóstico de la realidad y piensa que “esto es Alicia en el país de las Maravillas”; aquí no hay problema de enfermedades, de hospitales, de democracia. La valentía moral es hacer un diagnóstico realista de lo que pasa. Tampoco una caricatura del otro extremo; hay que reconocer las cosas positivas. Si tú no reconoces cuál es la realidad venezolana nunca vas a poder corregirla.