“Estamos en una situación de descontrol de la malaria, que se ha acentuado en los últimos cinco años”, señala el médico, profesor jubilado y exministro de Sanidad. Venezuela es el país del continente que tiene más casos de malaria y el que menos inversión per cápita dedica a su combate: 0,2 dólares

La nación que fue modelo de lucha contra la malaria hoy es ejemplo de todo lo contrario. La Venezuela de Arnoldo Gabaldón y su campaña contra el mosquito anófeles se convirtió en la Venezuela de la malaria desenfrenada. Un país en el que, ante una persona con fiebre, hay que pensar en esta enfermedad, porque la mitad de la población vive en zonas de riesgo, tal como lo señala el doctor José Félix Oletta.

Este domingo es el Día Mundial del Paludismo, y Venezuela asiste, no a una celebración o festejo por sus logros, sino a una conmemoración por sus fallas. Oletta, ministro de Sanidad en la década de 1990 y promotor de la red Defendamos la Epidemiología, estima que el país ha vivido un proceso de deterioro “en los últimos 20 años”.

“Cuando hay 5 casos por cada 1.000 habitantes en una zona de transmisión malárica ya las cosas no marchan bien. Pero cuando pasan de 10 casos por 1.000 habitantes en esa zona, ya la situación está fuera de control. En Venezuela superamos los 30 casos por 1.000 habitantes en las zonas de transmisión malárica. Estamos en una situación de descontrol de la malaria, que se ha acentuado en los últimos cinco años”, señala Oletta en entrevista con contrapunto.com.

La transmisión de malaria se ha extendido a todo el país. “En este momento 50% de la población de Venezuela vive en áreas de transmisión de malaria, más de 14 millones de personas están expuestas. Eso significa un retroceso muy importante. Venezuela había erradicado la malaria en más de 400 mil kilómetros cuadrados, una amplísima superficie en la que por más de 50 años no hubo transmisión de malaria”, explica. En 2017 y 2018 “materialmente todos los estados, con excepción del Distrito Capital, tenían casos autóctonos de malaria, no casos importados. Eso indica que la transmisión fue masiva”. También se disparó la mortalidad, con 400 fallecimientos.

La “semilla malárica” la llevaban las personas que, por el hambre y la crisis, marcharon a las minas de Bolívar y Amazonas en busca de dinero. “Aparte de oro, también traen malaria”.

Ahora “tenemos más de 400 sitios de transmisión de malaria” y 17 estados con transmisión. “Esto es tres veces más de lo que había hace 20 años”. En la periferia de Caracas hay malaria, por ejemplo. También, en zonas turísticas, como las costas de Aragua y Falcón. No se salvan niñas, niños y adolescentes: “Se puede calcular 14% a 17% de casos de malaria en menores de 15 años”.

Hoy día si una persona vive en zonas maláricas y tiene fiebre por más de una semana hay que pensar en la enfermedad, acota. “Debe investigarse malaria si esta fiebre se prolonga más allá de cuatro, seis o siete días; y si es intermitente, con más razón. Cualquier persona que haya entrado a zonas maláricas, que tenga síndrome febril, tiene que ser investigada para malaria”.

En 2019 hubo 887.129 casos estimados, entre casos nuevos y recaídas; 53% de los casos de malaria y 73% de los casos mortales de malaria en el continente se registraron en Venezuela. Es “una preocupación de Naciones Unidas, de la OMS, porque estamos igual que Sudán del Sur y Chad, países que tienen situaciones de malaria extremadamente graves. Somos el ejemplo de los países en retroceso en el control de malaria”, reseña con clara preocupación el doctor José Félix Oletta.

Para 2020 “datos no publicados pero sí oficiales reflejan el impacto de la pandemia de COVID. Cerca de 54% de reducción de casos nuevos” para unos 180 mil casos. “Esto no se debe a medidas de control efectivas; por el contrario, refleja una pérdida importante de la vigilancia epidemiológica y el impacto de la cuarentena en la movilidad de las personas”, que no pudieron trasladarse a las zonas mineras; por otra parte “muchos enfermos no pueden movilizarse a los centros de salud y, por lo tanto, no se les hace el diagnóstico”. Cierre de comunicaciones entre municipios y estados, y escasez de gasolina, han dificultado el desplazamiento de las personas.

No hay información sobre 2021, pero nada indica que las cosas que se hacían mal ahora se estén haciendo bien. “Tenemos evidencia de fallas muy importantes en financiación de programas de malaria. Este es un problema crónico, a veces se hacen pequeñas inversiones, pero Venezuela es el país con la más pobre financiación per cápita para malaria”, aseveró. Según el Fondo Mundial la inversión de 0,2 dólares: “Está a la cola del continente”. Se necesitarían por lo menos 5 o 10 dólares per cápita. No se compran mosquiteros impregnados con insecticidas, falla la capacidad diagnóstica. “Nuestro programa de malaria que fue el ejemplo a seguir durante muchísimos años ahora es el ejemplo de las oportunidades perdidas, de las cosas que se dejaron de hacer”.

Oletta considera que el problema en Venezuela no se resolverá con un programa convencional: “Se necesitan inversiones extraordinarias”. Atacar la malaria es un asunto de soberanía, un problema de salud pública prioritario.