El 12 de abril de 2002 se dijo “que había 30 diputados nuestros que fueron tocados por la oposición”, asegura la hoy ministra del Servicio Penitenciario. Ella fue una de las dirigentes del chavismo que despidió a Hugo Chávez con el Himno Nacional cuando dos de sus generales se lo llevaron detenido el 11-A

A Iris Varela casi se le salen las lágrimas cuando relata el momento en que se llevaron a Hugo Chávez -desde su despacho en el Palacio de Miraflores al Fuerte Tiuna- aquella noche del 11 de abril de 2002.

Varela, quien para ese momento era diputada del Movimiento Quinta República (MVR), ingresó al Palacio de Miraflores a eso de las 10:00 pm del jueves 11 de abril con la excusa de resguardar a uno de los presuntos francotiradores que la multitud había capturado en las inmediaciones de Puente Llaguno.

Allí permaneció sentada en la fuente que adorna el patio central de Miraflores hasta que se llevaron a Chávez. Minutos antes de ese momento, vio cuando entraron a buscarlo los generales Eliécer Hurtado Sucre y Manuel Rosendo. “Sé que cuando pasaron frente a mí, les grité traidores”, recordó Varela en entrevista exclusiva para Contrapunto.

—¿Dónde estaba usted el jueves 11 de abril de 2002?

—Ese día en la mañana yo estaba recibiendo a una delegación mexicana. Estábamos en el Palacio Federal Legislativo analizando desde una comisión que estudiaba los impactos negativos del Área de Libre Comercio entre México, Estados Unidos y Canadá. Yo era presidenta de la comisión y la vicepresidenta era Benita Araujo, una diputada de Acción Democrática, buena amiga. Allí fui informada de que la oposición anunciaba que iban a Miraflores. Terminé la reunión, salí del Hemiciclo y en la esquina de la iglesia de San Francisco pasó un tipo y me echó una insultada terrible.

—¿Qué le dijo?

—Ese tipo iba vestido de negro, cabeza rapada, corpulento. Me dijo “colombiana, hasta aquí llegaste”. Me agarró desprevenida. Cuando reacciono, le digo: “Ven y me lo dices aquí”. A la distancia comprendí que esa era una de esas personas con mucha violencia. Me fui caminando hacia Puente Llaguno; caminando con Luis Tascón. Antes había unas compatriotas con un lápiz labial rojo y me pintaron dos rayas en las mejillas. Era un símbolo de lucha, de resistencia. Llegamos directo a la tarima.

—¿Qué hicieron todo ese tiempo en esa tarima?

—Arengábamos; se presentaban grupos musicales. Estábamos muy desinformados. Yo le confieso que no tenía conciencia de que estaban dando un golpe de Estado. Como a las 10 de la noche me llama Cilia Flores y me dice que hay un golpe de Estado. Me dice: “Chama, ¿dónde estás?”. Yo le digo: “Aquí, en la tarima”. Me dijo: “Mira, hablamos con el Presidente y dijo que te bajaras de allí, que nos cuidemos porque hay un golpe de Estado y nos van a matar. El Regional 5 se le alzó al Presidente”. Cuando ella me dijo eso yo como que me desinflé y me senté al borde de la tarima. Y la gente llegaba y me decía “compatriota, nos están matando, ayúdennos porque la Guardia Nacional no nos está protegiendo”.

—¿En qué momento logra entrar al Palacio de Miraflores?

—Yo logré entrar con uno de los asesinos que después fueron liberados cuando cayó el Gobierno. Lo trajeron a la tarima. Lo metimos al Palacio para que le brindaran atención en el puesto médico. La gente lo iba a linchar. Yo les dije: “No, compatriotas, no le hagan nada; es mejor que nos diga qué fue lo que pasó”. Lo acusaban de que él le disparó a una niña. Le quitaron una identificación; tenía un carnet de Polichacao y una tarjeta de la compañía de los Pérez Recao que les brinda seguridad a las embajadas en Latinoamérica. Desde la tarima y de Miraflores se oían los disparos. Había 14 tipos detenidos: Nueve salvadoreños, dos colombianos…

—¿Dentro del Palacio lograron ver al Presidente?

—Yo entro al Palacio y con el primero que hablo es con Tomás Moncanú, un glorioso militar, estudioso de la guerra de cuarta generación; él tenía la identificación de todos los tipos. Él contó que eran los francotiradores. Estaban boca abajo. Allí nos enteramos de que querían bombardear el Palacio. Entonces dijimos: “Bueno, aquí moriremos”. Allí estaba Tascón, Ameliach, García Jarpa, los ministros de Chávez, Freddy Bernal, Aristóbulo, Elías Jaua.

—¿Cuál fue el momento más delicado de esas horas en Palacio?

—Estábamos con las comunicaciones cortadas. Yo me siento en un pasillo alrededor de la fuente y veo que pasan Eliécer Hurtado y Rosendo. Allí estaba comprendiendo más lo que estaba pasando. Yo le grité que él estaba detrás de eso, pero no me hizo caso y se metieron al despacho presidencial. Entonces abren las puertas del despacho y se van llevando a Chávez detenido. Eso fue muy impactante. Los militares de la Guardia de Honor le pedían la bendición al comandante. Yo me le metí por un ladito y él se sorprendió de verme, porque pensaba que nos habíamos ido. Me puso la mano por aquí (se toca el lado derecho de la cara). Y le decíamos: “Presidente, aquí estamos”. Y empezamos a cantar el Himno Nacional; allí aprovechan esos granujas para llevárselo. Todos quedamos como en el aire.

—¿Y qué hicieron después de que a Chávez se lo llevaron?

—Después Ameliach nos ofrece un vehículo. Una camioneta. Allí íbamos Tascón, Desirée (Santos), Nohelí Pocaterra. Cuando salíamos por donde está un liceo (el Fermín Toro), la gente no nos dejaba salir. Nos hizo bajar del carro y buscaban como debajo de la alfombra para ver si era que nosotros llevábamos a Chávez allí escondido. Nosotros les dijimos que había un golpe de Estado y que al comandante se lo habían llevado. Y hasta que no se cercioraron de que el comandante no iba allí, no nos dejaron ir. Esa camioneta nos dejó en la esquina de Pajaritos.

—Y cuando los dejaron en Pajaritos, ¿qué hizo usted?

—No me pude ir para mi casa porque me andaban buscando para matarme. Un vecino me llamó y me dijo: “No venga, porque aquí la están buscando para matarla”. Yo se lo dije a Desirée y ella me dijo “comadre, véngase conmigo”. Me fui con ella y al otro día (viernes) nos fuimos para el Palacio Federal Legislativo. Esa noche no dormimos. Empezamos a llamar a los diputados y no nos podíamos comunicar con nadie.

—¿Cómo amanecieron el viernes 12 de abril?

—En la mañana escuchábamos la radio con un odio al Libertador. Una cosa triste. “A Bolívar hay que dejarlo descansar, que se quede allá en el Panteón”. Eso nunca yo lo he asimilado. Le abrían los micrófonos a niños para insultar al presidente Chávez. Yo empiezo a llamar y me comunico con Ronald Blanco La Cruz; era gobernador de Táchira. Yo le pregunto si se ha comunicado con otros gobernadores. Cuando yo le hablo de Rojas Suárez (Bolívar), me dijo que Rojas Suárez traicionó. Y así hubo otros. A Ronald lo sacaron a golpes. Nos estaban buscando hasta con helicópteros. Pero decidimos las dos (Desirée y yo) irnos al Palacio Legislativo.

—¿Qué pasó en el Palacio Legislativo?

—Allá nos metimos en la oficina de Willian Lara. Allí en el Palacio estaban Henry Ramos y otros adecos. En la oficina de Willian estábamos Pedro Carreño, Rodolfo Gutiérrez, Víctor Hugo Morales, Haydée Machín, García Jarpa, Ángel Rodríguez. Allí se comentó que había 30 diputados nuestros que fueron tocados por la oposición. Que había 30 traidores. Allí escuchamos la lectura del decreto de Carmona y también oímos cuando habló el fiscal Isaías Rodríguez diciendo que eso era un golpe de Estado. Vimos cuando lo sacaron del aire.

—Después de oír el decreto Carmona, ¿qué hicieron?

—Pedro Carreño me dijo que me llevaría a un sitio, porque yo era un blanco. También nos dijo que el Gobierno se instalaría en Maracay. Entonces un grupo se fue para Maracay; entre esos estaba yo. Pero no pudimos llegar. Nos atajaron en la autopista a la altura de la alcabala 3. Al ver que era yo, me bajaron del carro y allí estuve hasta que Chávez regresó.

—¿Qué hicieron allí en la alcabala 3?

—Allí estaba un gentío que nos fue llevando hasta que yo terminé montada en el techo de la alcabala. Yo miré a un soldado que venía con algo en el pecho, se acercó y me entregó un sobre. “Esto se lo mandan de allá, pero lo lee cuando yo me haya ido”, me dijo el hombre. Cuando se fue, yo lo leí. Era el acta de la inspección que Fiscalía Militar le hizo a Chávez. Debajo de la firma de la fiscal militar había una nota a mano que decía: “Manifestó que no ha renunciado a la Presidencia de la República”. Yo leí eso frente al gentío, y la gente lloraba. Allí salió una consigna que decía: “Lo tienen secuestrao, lo tienen secuestrao”. Después pasada la noche nos avisaron que a Chávez ya lo estaban trayendo para Miraflores. De allí nos fuimos para el Palacio.

—¿Cómo estaban las cosas en Miraflores?

—Yo llegué cuando estaban trayendo a Chávez. Caminaba medio renco y tenía esto aquí (pómulo izquierdo) rojo. Yo comencé a llamar a mi familia hasta que después nos llaman a todos para el salón Ayacucho y es donde el Presidente se dirige al país. Empezamos a cantarle “volvió, volvió, volvió”.

—¿Después de esa alocución, él se reunió con ustedes?

—No. Salimos todos felices, contentos. Era día domingo. Recuerdo que salí con Desirée Santos Amaral y se “estronchó” un pie en el manguito, subiendo del salón Ayacucho. Peló la acera y se cayó. Desirée estaba tan cansada que decía “déjenme aquí, déjenme aquí”.

—¿Cuáles son las lecciones que deja ese 11-A?

—Primero, el heroísmo de nuestro pueblo. De verdad que este es un pueblo heroico; se demostró hace 17 años y se ha demostrado con creces en esta arremetida contra el presidente Nicolás Maduro. Es el mismo pueblo. Es el mismo pueblo que acompañó a Bolívar para darnos la independencia. Ese es el pueblo que de una manera vil, miserable, contra natura, desconoce esta clase política proimperialista. Porque no es fácil derrotar al imperio y nosotros aquí le hemos propinado varias derrotas. Yo estoy orgullosísima del pueblo venezolano. Es más: si yo no hubiese tenido la dicha de haber nacido en Venezuela, yo estuviera pidiendo mi nacionalidad venezolana.h