La FAO advierte que la desigualdad merma 24% la productividad de las agricultoras

De acuerdo con la organización, si se eliminara la brecha de género en la productividad agrícola, el PIB mundial podría aumentar un billón de dólares y reducir la inseguridad alimentaria de 45 millones de personas

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El acceso desigual de las mujeres agricultoras a los recursos y servicios, además de otras desigualdades estructurales, hacen que su productividad se vea disminuida en 24%, según la FAO, que insta a su empoderamiento como inversión de futuro.

La coordinadora estratégica de la Organización de la ONU para la Alimentación y la Agricultura (FAO) para el Año Internacional de la Mujer Agricultora, Mariola Acosta, subraya que «los sistemas agroalimentarios no funcionarían sin las mujeres».

«Las agricultoras trabajan en toda la cadena de valor: cultivan, gestionan el ganado y los recursos acuáticos, procesan y conservan alimentos, comercian en los mercados locales y participan en la poscosecha y la distribución», resumió en declaraciones para la agencia de noticias EFE con motivo del Día Internacional de la Mujer, celebrado el domingo 8 de marzo.

Acosta no se olvida tampoco de aquellas líderes que organizan el trabajo de cooperativas y otras organizaciones, contribuyendo a la gobernanza local, la seguridad alimentaria y la nutrición.

«Más allá de la producción, las agricultoras sustentan las economías rurales mediante el trabajo doméstico y de cuidados no remunerados», estimado en billones de dólares anuales, apuntado la experta de la FAO.

A su juicio, el Año Internacional «ofrece una oportunidad única y global para reconocer estas contribuciones y acelerar el progreso hacia la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres en los sistemas agroalimentarios».

Una desigualdad estructural

A pesar de representar una media del 40% de la fuerza laboral del sector en todo el mundo, las mujeres sufren más precariedad que los hombres: trabajan más horas, soportan cargas más pesadas y controlan menos la tierra, los servicios, las finanzas y la tecnología.

Además, las agricultoras suelen gestionar explotaciones más pequeñas y, cuando estas son de un tamaño similar, su productividad media es 24% inferior.

«Esta brecha de productividad no se debe a su capacidad, sino al acceso desigual de las mujeres a los recursos y servicios, y a las desigualdades estructurales, incluidas normas sociales restrictivas», advierte Acosta.

En la práctica, esto se traduce en discriminación para heredar tierras, acceso restringido al crédito, semillas de calidad, fertilizantes, educación, tecnología y mercados; barreras para participar en organizaciones de productores y menor poder de negociación.

Además, las mujeres del sector agroalimentario ganan 78 centavos por cada dólar que ingresan los hombres -según la FAO- y tienen mayor probabilidad de trabajar de manera informal, a tiempo parcial y con menos protección social, entre otras desigualdades que «limitan sus ingresos, su capacidad de inversión y su participación en los mercados y la toma de decisión».

El cambio climático aumenta su carga de trabajo y reduce el valor de los cultivos en comparación con ellos, hasta 3% menos por cada día adicional de temperaturas extremadamente altas.

Llamada a la acción

Ante estos retos, la FAO reclama una acción coordinada de los Gobiernos, el sector privado y la sociedad civil con el objetivo de crear las «condiciones necesarias para que las mujeres se empoderen, tomen sus propias decisiones y progresen».

Si se eliminara la brecha de género en la productividad agrícola, el PIB mundial podría aumentar un billón de dólares y reducir la inseguridad alimentaria de 45 millones de personas.

Acosta pone el ejemplo de un programa de la FAO y otras agencias de la ONU que ha llegado a decenas de miles de mujeres rurales de países como Etiopía, Nepal y Ruanda, aumentando su producción 82% de media y generando ventas por valor de 3,6 millones de dólares.

Entre las prioridades están el desarrollo de políticas agrícolas con perspectivas de género que mejoren el acceso de las mujeres a la tierra, la financiación, los mercados, la capacitación, la adaptación al clima, los servicios de extensión y la protección social.

La coordinadora asegura que se trata de «una responsabilidad colectiva y una de las vías más seguras para el desarrollo sostenible e inclusivo», ya que el empoderamiento femenino «no solo mejora su bienestar y el de sus hogares, sino también reduce el hambre, aumenta la diversidad de alimentos, impulsa la economía y da más resiliencia».

Información de EFE

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