Un avión militar, unas paradas programadas para repostar combustible, un informe meteorológico equívoco, una base aérea militar que no estuvo a la altura, son parte de la historia que llenó de luto a un país. Aún así el Orfeón de la UCV sigue cantando empeñado en vencer la sombra que circunda su casa. El canto coral también siguió levantando la voz para decir que el esfuerzo del diapasón de Vinicio Adames con sus 440 vibraciones por segundo mueven la esperanza de un país mejor

La consciencia de que la muerte es eterna y muy dolorosa la adquirí a los 11 años, un 3 de septiembre de 1976. Ese día a todos nos golpeó la noticia: “Mueren en Las Azores los 52 miembros del Orfeón Universitario de la UCV, su director Vinicio Adames y 11 tripulantes del avión Hércules C-130 que los llevaba a Barcelona, España, donde participarían como invitados en el Festival Mundial de Canto Coral”.

Ni que pasen 45 años más, algo así dejará de doler nunca.

El proceso del duelo, indican los psicólogos, se completa con la aceptación de la muerte como un destino final y una amiga que nos recuerda que el paso por la vida es breve. Aun así, la tragedia de Las Azores la sigo percibiendo como una herida-nación que no termina de sanar, tal vez por lo irracional de su ocurrencia o la poca claridad de las circunstancias que rodearon y sentenciaron la vida de nuestros entusiastas universitarios, que viajaban en aquellas condiciones no aptas en medio de una noche tormentosa.

Un avión militar, unas paradas programadas para repostar gasolina, un informe de meteorología equívoco, una base área militar de control binacional, una torre de control que en el momento del accidente no era atendida por su responsable, sino por un mocoso que no hablaba inglés y que no comprendió la solicitud de auxilio que el Capitán Vázquez Ocando enviaba para lograr aterrizar en el Aeropuerto de Lajes y salvarlos a ellos, al Orfeón Universitario que transportaba a su encuentro de gloria con el movimiento del canto coral mundial.

Minutos antes, el Hércules se había cruzado en los aires sobre el Atlántico con el Coloso de Viasa. El piloto del 747 le recomendó a Vázquez que se devolviera, porque sobre las Azores eran dos las tormentas que estaban “bailando”: Emmy y Frances. La misión fue, sin embargo, llevar al Orfeón Universitario a su destino final, sin saber que lo que les esperaba era el infortunio. Llevaban una hermosa carga de canciones y madrigales para compartir con los cantantes del mundo. No llegaron.

El gobierno de Estados Unidos, responsable de la Base Aérea de Lajes, nunca respondió. Eso sí, se tomaron la molestia de poner a disposición un avión para el traslado de los cuerpos hasta Maiquetía. Aquí, la gente los estaba esperando con estupor y llanto. Las imágenes de la subida a Caracas de los ataúdes, el recibimiento en la Plaza del Rectorado de la UCV, Antonio Estévez, el padre fundador, con su rostro borrado por las lágrimas, son instantáneas emotivas que el tiempo intenta, pero no logra borrar de la memoria de todos los venezolanos de entonces. La mía, incluida.

El gobierno de Venezuela, tampoco respondió. Quedará para la historia este bochornoso episodio de complicidades y verdades ocultadas. Lo poco que se conoce sobre los hechos acontecidos luego que el Hércules C-130 despegara de Bermudas rumbo a la Isla Terceira, como segunda parada, se puede leer de informes técnicos detallados y elaborados por los dolientes de la Fuerza Aérea Venezolana. Ellos también perdieron a los suyos esa noche funesta.

El 3 de septiembre de 1976 yo decidí que sería ucevista. Y lo cumplí. Lo que no intenté fue acercarme a formar parte del Orfeón Universitario que valientemente el maestro Raúl Delgado Estévez logró resurgir el 27 de marzo de 1977, en un concierto en el Aula Magna de la UCV que todavía debe estar grabado en la memoria sensible de sus paredes, butacas y nubes acústicas del artista Alexander Calder. Eso era algo inalcanzable. Solo años después de egresada como periodista, me animé a iniciar un largo trayecto por el canto coral de la mano del maestro Raúl, en la antigua Coral del Banco Industrial de Venezuela.

Desde esa otra perspectiva, mi visión de la historia cambió y se transformó en un recipiente de cuentos y anécdotas. Raúl Delgado Estévez llevaba la procesión por dentro, me lo recuerda ahora su siempre amada compañera Yenay Huartajas.

Pero por ahí se colaron los relatos y los amigos que fui cosechando me dieron tantas miradas posibles e insospechadas del dolor de esta tragedia: la amiga que nació gracias a que sus padres obtuvieron un permiso especial de Vinicio Adames para no asistir a la gira, porque debían hacer trabajo de campo antropológico para la tesis o el amigo ingeniero que todavía hoy se arrepiente de haber ayudado a su mejor amiga a aprobar sus exámenes de cálculo para poder montarse en aquel avión de la FAV hacia su adiós definitivo.

Eran muchachos entusiastas y su pasión por el canto los llevó a ese lugar en el que quedaron sembrados. En la UCV se dice siempre: “Que sus voces se sigan escuchando”. ¿Es posible esto, cuando el transcurrir del tiempo hace que ya más de una generación de venezolanos no conoce lo ocurrido esa noche del 3 de septiembre de 1976?

Ya ni la placa conmemorativa del Orfeón Universitario de 1976 está en su lugar habitual en la fachada del Aula Magna. Dicen que las autoridades universitarias la mandaron a retirar para resguardarla del vandalismo que se ha hecho presente en sus instalaciones y en la UCV toda. Tiempos tristes que me hacen pensar si la sombra finalmente vencerá nuestra casa.

Ojalá los sigamos recordando y que el dolor amaine algún día. En lo que me atañe como ser humano, seguiré intentando no ahogarme en mi propio llanto cada vez que cante el himno universitario: “Empujad hacia el alma la vida, en mensaje de marcha triunfal”, pensando que son ellos los que están cantando.

*Rosa María Rappa: Ucevista, periodista, profesora universitaria e integrante del movimiento coral venezolano.