La bailarina y maestra de danza clásica, quien fundó y sigue al frente del Ballet de las Américas desde hace 25 años, ha montado más de cuarenta obras y formado bailarines de talla internacional. De su trayectoria y labor, rescata la experiencia humana y familiar que vive con sus alumnos y colegas

La historia del ballet en Venezuela no ha sido cualquier cosa. En el siglo XX, concretamente durante los años de 1980, 90 y hasta los primeros 5 años del nuevo milenio, el país tuvo una dinámica muy importante en esta disciplina, con numerosas compañías, tanto del género clásico como contemporáneo, destacadas figuras de perfil mundial -entre ellas Vicente Nebrada, Zhandra Rodríguez, María Eugenia Barrios, Adriana y Luz Urdaneta, Carlos Orta, José Ledezma, Sonia Sanoja, Griska Holguín, por solo nombrar algunos-, tuvo una reputación internacional y fue sede de eventos y espectáculos de altísima calidad y factura.

Durante más de tres décadas, Venezuela, además, fue centro de la educación dancística en Suramérica. Importantes maestras sentaron las bases y dieron a varias generaciones de bailarines y coreógrafos la posibilidad de formarse aquí: Nina Novak, Lidija Franklín, Keyla Ermcheo, las hermana Contreras, fueron maestras que sostuvieron sus escuelas y compañías y dedicaron su vida y mejores años a la formación de contigente de talentos.

A pesar de que de unos años para acá este arte ha decaído visible y tristemente, y aunque muchos aseguren que el ballet ha desaparecido, no es así. Stella Quintana y su labor es viva fe de ello.

Con un bagaje educativo importante, que incluye estudios en la Escuela del Ballet Bolshoi en Moscú, bailarina del extinto Ballet Nuevo Mundo de Caracas, y estudios en la Cátedra de Teoría y Solfeo del Conservatorio Juan Manuel Olivares de Caracas, Stella ha sido, desde el principio de su carrera, una especie de semilla que ha germinado y dejado flores a su paso.

¿La razón?: ella cree en el baile como un elemento transformador, a través del cual se ganan y promueven valores, afectos, disciplina y aptitudes que enriquecen, educan, crean mejores personas y por ende, dan su grano de arena para la construcción de un mundo mejor, de un país mejor.

Quizá no todo el mundo conozca de ballet, lo que sí es cierto es que al menos un buen número de caraqueños han oído hablar y visto bailar al Ballet de las Américas, una institución de danza clásica que nació como fundación en el año 1993 de la mano de Stella y de su amiga y también bailarina Paula Núñez, con quien compartió en el Ballet Nuevo Mundo, otro gran referente de la danza.

Ambas alcanzaron el éxito como bailarinas, tanto en Venezuela como en el exterior, y en un momento dado decidieron darle una pausa a la práctica.

“Motivadas también por nuestros esposos, que nos conocieron en el mundo de la cultura, porque ellos también formaban parte de ese gremio, decidimos volver al ballet y así fue que creamos la Fundación Ballet de las Américas”, contó Stella a Contrapunto, con un brillo especial en los ojos que la delató.

La escuela inició sus actividades un año más tarde en un espacio muy pequeño prestado en comodato, por la entonces alcaldesa de Chacao, Irene Sáez.

“Era un lugar chiquitico de 50 metros, no teníamos ni oficina”. Así comenzaba esta etapa de la vida de Stella, una siembra sin demasías que pronto daría sus frutos y cambiaría las vidas de más de 200 alumnos.

Dos años más tarde la escuela se mudó a su sede actual, ubicada en Chacao. Allí la construcción de los salones estuvo apoyada por la Alcaldía y durante varios años contaron con la colaboración del ya extinto Conac y del Banco de Desarrollo de América Latina (CAF), que auspiciaron las participaciones de la Escuela en concursos en Moscú, Bulgaria, Brasil, Perú y Turkía, entre muchos otros países.

De espíritu incansable y trabajador, así es Stella y seguramente el ballet tuvo mucho o todo que ver en eso. Ella asegura que la danza fomenta los valores en el practicante, la organización, disciplina, concentración, aspiraciones y trabajo en equipo; son aptitudes que se van fomentando en los bailarines con la práctica.

“De aquí han salido niños Summa Cum Laude, brillantísimos, y es que ellos se ven en la necesidad de organizarse porque comparten las responsabilidades de la escuela con el ballet. Los padres muchas veces los amenazan con sacarlos si bajan sus calificaciones, y ellos, ya enamorados, hacen lo imposible por compaginar las dos actividades. Con el ballet no hay límites”, explicó.

Ese ímpetu y esas ganas de trabajar que movilizan a Stella son hoy aún más notorias. Actualmente, sin Paula, Stella continúa enseñando lo que sabe bajo el método vaganova, que adaptó a las necesidades y dificultades que se presentan en el día a día. La crisis por la que atraviesa el país no ha sido ajena para ella y a pesar de que hace poco les robaron todos los ventiladores de la escuela, y en ocasiones han tenido que sacar a gachas a los niños por las protestas, el Ballet de las Américas no cierra.

“Nos adpatamos, aprovechamos el calor, el movimiento y sudamos”.

Stella no se rinde y tampoco sus niños. A las invitaciones y oportunidades en el exterior, les responde un no rotundo. “Yo apuesto por mi país, yo no me quiero ir, mi arraigo es muy fuerte”, afirma con convicción y voz entrecortada.