Los desnudos no hacen falta en este Calígula escrito por el francés Albert Camus y llevado a escena por la Fundación Rajatabla: no hay nada más obsceno que el poder ejercido de esa manera. Para mostrar que la tiranía es una enfermedad que se repite en cualquier momento histórico, los personaje hasta se toman una selfie y bailan Locomía. El Calígula que encarna Elvis Chaveinte llega a causar repugnancia. Vuelve a escena el combativo Rajatabla de siempre, gracias al apoyo de la Alianza Francesa

No hay un día y una hora para las tiranías. Lo supo el escritor y periodista francés Albert Camus al ambientar la obra Calígula en el siglo XX. Y así lo asumió plenamente la Fundación Rajatabla al montar este texto en el tiempo presente venezolano. Por eso la ropa de los personajes se parece más a un traje de Kenzo que a una túnica romana.

La pieza comienza con música electrónica, en una escena se escucha la canción Locomía que tanto sonó en los años 80 y en otra los personajes se toman una selfie. Lo importante es mostrar que el poder, en 1930 o en el siglo XXI, en Roma o en Venezuela, puede ser la peor de las drogas. Y que causa una embriaguez tal que, en casos extremos, solo se cura con la muerte.

Quien vaya a ver el Calígula de Rajatabla a la espera de gozar de tetas, penes y nalgas al aire se equivoca de plano, porque era el poder -también el poder ejercido en el sexo, pero no el único- el mayor placer del emperador romano. Y en este montaje, dirigido por Marisol Martínez con producción general de William López, lo que sobra es la arbitrariedad de los déspotas de ayer, hoy y siempre. Los desnudos no hacen falta; no hay nada más obsceno que el poder ejercido de esa manera. Aunque sí hay escenas de sexo despiadado entre el emperador y la esposa de uno de los patricios, y un beso de boca plenamente abierta entre Calígula y el joven Escipión.

El Calígula real repugna, y el Calígula que se echa encima el actor venezolano Elvis Chaveinte llegan a causar repulsión: es como estar frente al mal. Con la mirada de un loco, el actor suda en dos horas los días finales del tirano y se entrega al desvarío de este personaje que sigue intrigando a historiadores y psiquiatras.

Cuesta decidir qué es lo peor del Calígula que se presenta desde esta semana en el Teatro Rajatabla: si la piel mojada del emperador en sus carreras para gozar de la arbitrariedad, la violación de una mujer sobre una mesa, los ojos de quien está borracho de poder, la frivolidad con la que se toman las decisiones de Estado, la excitación que le inspira el miedo de sus víctimas.

Este gobernante caprichoso transita de locura en locura: “Vamos a revolucionar la economía”, anuncia el emperador. Después, ordena cerrar los mercados populares y afirma: “Mañana va a haber hambre”, hambre que cesará cuando él lo resuelva. Mata. Aterroriza. Total, puede hacerlo, porque para eso tiene el poder. Puede llevar a los patricios como a perros, con una cadena al cuello. Puede tomar a sus mujeres cuando le place. Pasa el día en el delirio, en el invento de las acciones más perversas. Pero la conspiración avanza, porque el poder absoluto -lo dice la historia- también termina generando el rechazo absoluto. Quereas, quien finalmente lo mata, pide a los otros conjurados esperar el momento oportuno para actuar. Al acecho, aguardan la ocasión. Esa ocasión siempre llega.

“El poder hasta el final”, expresa Calígula. Y lo cumple: Solo lo cede cuando lo asesinan sus más cercanos -como suele ocurrir- a los 29 años de edad, escena que el montaje de Rajatabla resuelve con ingenio.

Varios guiños hace este Rajatabla combativo, que pudo llevar a escena el Calígula de Camus gracias al apoyo de la Alianza Francesa: Sale a relucir una Constitución en el momento en que se habla de las ejecuciones; Cesonia, amante del emperador, sentencia “veo que el resultado es irreversible”, al mejor estilo de una autoridad del CNE; un guardia, que busca a uno de los patricios para ejecutarlo, viste un uniforme de la Fuerza Armada. Hasta una bomba lacrimógena aparece en el escenario.

Ay, las palabras como quiero, ordeno, exijo, pueblo, lealtad… Tal parece que quienes hacen del poder su religión repiten las mismas, llámese Hitler, Stalin, Gómez… Ponga cada quien el apellido que considere, y seguro calza.

Son por lo menos tres lecciones las que enseña esta obra, estrenada en 1945 cuando la Segunda Guerra Mundial era todavía una pesadilla en tiempo presente, y hoy escenificada en la Venezuela de hoy por un puñado de jóvenes actores que, literalmente, “dejan el cuero” en el escenario. La primera, que el poder absoluto carcome absolutamente lo que de humano haya en quien lo ejerce. La segunda, que no importa el traje que se ponga el que lo detenta, porque sea una túnica o un uniforme militar el comportamiento es el mismo. Y la tercera, que a esos poderosos que se creen imbatibles siempre les conspiran cerquita, posiblemente a la distancia de la respiración.

Datos: Calígula. Del 14 de junio al 7 de julio. Funciones los días viernes, sábados y domingos a las 5:00 pm. Información de taquilla @fundacionrajatabla