Cuando la tierra dejó de temblar la noche del 24 de junio de 2026, muchos venezolanos se preguntaban lo mismo: ¿por qué La Guaira, ubicada a decenas de kilómetros de los epicentros de los sismos, terminó siendo la zona con mayor destrucción y muerte del país? La respuesta, coinciden geólogos e ingenieros consultados por distintos medios en las semanas posteriores a la tragedia, tiene un nombre técnico que hasta hace poco era desconocido para la mayoría: licuefacción del suelo.
Un doblete sísmico sin precedentes
Según el recuento del Servicio Geológico de Estados Unidos y de la propia Asamblea Nacional de Venezuela, el país fue golpeado por dos terremotos casi consecutivos: el primero, de magnitud 7,2, tuvo epicentro a 23 kilómetros de San Felipe, en el estado Yaracuy; el segundo, de magnitud 7,5, se originó 28 kilómetros al sureste de Yumare, a solo 10 kilómetros de profundidad, con apenas segundos de diferencia entre uno y otro. Este fenómeno, bautizado popularmente como el «doblete sísmico», dejó a la población prácticamente sin margen de reacción entre ambas sacudidas.
Pese a que ninguno de los dos epicentros se localizó en el litoral central, fue precisamente el estado La Guaira el que concentró buena parte de la destrucción. La explicación no está solo en la magnitud de los sismos, sino en lo que había, literalmente, bajo los pies de sus habitantes.
¿Qué es la licuefacción?
En términos sencillos, la licuefacción es el proceso mediante el cual un suelo saturado de agua pierde su resistencia y comienza a comportarse como un líquido cuando es sometido a una vibración intensa, como la de un terremoto. Según explicó el geólogo Bongiorno tras evaluar la Falla de San Sebastián en la zona, «la licuefacción se produce cuando el suelo saturado pierde su capacidad de soporte durante un movimiento brusco, expulsando agua a la superficie y creando inestabilidad», un fenómeno que —advirtió— «debemos monitorear con precisión en este entorno costero».
El mecanismo detrás de este proceso fue detallado también por otros especialistas consultados en medios como Curadas y recogidos por El Comercio: «la licuefacción es un fenómeno geológico que hace que un suelo saturado de agua pierda resistencia y se comporte como un líquido durante un terremoto», y en el caso de La Guaira, «los sismos de magnitud 7,2 y 7,5 provocaron este proceso en terrenos arenosos» con alto contenido de humedad.
El resultado práctico de esta pérdida de resistencia es devastador: «el terreno pierde su capacidad para soportar cargas y comienza a comportarse como un líquido denso», lo que provoca que «las cimentaciones de edificios, carreteras y otras infraestructuras se hundan o se desplacen lateralmente», generando colapsos «incluso en zonas alejadas del epicentro». Es justamente esa condición geológica, según los especialistas citados por el medio, la que ayuda a explicar «por qué La Guaira sufrió daños tan severos pese a no encontrarse sobre el punto de origen de los terremotos».
La geología que sentenció al litoral
El ingeniero geólogo Javier Llerena, en entrevista con Unión Radio, fue más allá y explicó por qué los terrenos guaireños son particularmente vulnerables. Explicó que, en el terreno, existen sedimentos «que son del tamaño de rocas pequeñas, de guijarros (piedras pequeñas formadas por erosión de agua), entre pedazos de granos más pequeños, arcilla, entre otros». Según el especialista, el suelo de La Guaira «está compuesto por sedimentos aluvionales, no son arcillosos, no aptos para la construcción».
Esta composición no es casualidad ni un fenómeno reciente. Se trata de sedimentos acumulados a lo largo de miles de años en una franja estrecha entre la montaña y el mar. El presidente de la Sociedad de Geólogos, De Santis, explicó que «en determinadas áreas de La Guaira, donde predominan depósitos de sedimentos acumulados durante miles de años, el movimiento del terremoto se habría intensificado, incrementando el esfuerzo sobre los edificios». En contraste, «las construcciones ubicadas sobre formaciones rocosas presentaron un desempeño mucho más favorable, registrando principalmente daños superficiales sin comprometer su estabilidad».
Un análisis geológico difundido en redes sociales y respaldado por especialistas resumió el fenómeno con una comparación gráfica: «La Guaira está construida sobre sedimentos aluviales blandos, muchos saturados de agua. En un sismo, esos materiales» pueden amplificar y prolongar la vibración, «como una gelatina que sigue oscilando dentro de un recipiente». Y fue justamente esa combinación la que resultó letal: «cuando hay arenas saturadas, aparece el peor combo: licuefacción. El suelo pierde resistencia, las fundaciones se hunden o fallan y los edificios quedan sometidos a ciclos de movimiento cada vez más destructivos». Como concluyó el propio análisis, «no siempre destruye más quien está más cerca del epicentro. A veces, la geología local define dónde pega más fuerte».
Esta dinámica quedó documentada incluso desde el espacio: una «combinación de imágenes satelitales muestra edificios de apartamentos en La Guaira, Venezuela, antes y después de dos fuertes terremotos, el 22 de junio de 2026 y el 25 de junio de 2026», en imágenes captadas por la firma Vantor y difundidas por Reuters.
El fondo marino también se movió
El impacto de la licuefacción no se limitó a las zonas urbanas. En Chichiriviche de la Costa, también en el estado La Guaira, el especialista en pesca submarina Williams Álvarez alertó sobre un cambio geográfico en el lecho marino tras los sismos. Según su testimonio, recogido por Reporte Confidencial, «la zona solía mantener una profundidad constante de 10 metros, pero ahora es mucho mayor», lo que generó «una caída pronunciada en el lecho marino» y encendió las alarmas de comunidades costeras y autoridades, en lo que parece ser otra manifestación del mismo fenómeno de pérdida de estabilidad del terreno saturado.
Una vulnerabilidad con historia
Los especialistas coinciden en que la fragilidad del litoral central no nació el 24 de junio. Un análisis publicado en Medium por Ludwig Moreno recopiló las explicaciones de sismólogos sobre las causas de la magnitud del desastre, señalando que sectores clave de la zona, como la avenida Soublette, áreas portuarias y urbanizaciones costeras, «fueron desarrollados históricamente sobre sedimentos sueltos o terrenos de relleno artificial». Ante un terremoto, advierte el texto, «estos suelos blandos sufren un efecto de licuefacción y actúan como un amplificador mecánico de las ondas sísmicas, haciendo que la tierra pierda firmeza y las bases de los edificios pesados se hundan de golpe».
A esto se suma una herida que nunca cicatrizó del todo: «el litoral central arrastra cicatrices desde la Tragedia de Vargas en 1999. Muchas fundaciones de construcciones antiguas sufrieron daños por las inundaciones y el lodo de aquel año y nunca recibieron reparaciones estructurales profundas».
France 24 también recordó que no es la primera vez que la geología de la zona amplifica una tragedia sísmica: «la zona fue uno de los epicentros del que es hasta ahora el mayor terremoto de la historia de Venezuela, registrado en 1812 y que se estima que causó decenas de miles de muertos». Según crónicas de la época citadas por el medio, «en La Guaira no quedó edificación en pie, a excepción de la casa de la Aduana y las murallas».
¿Se puede reconstruir sobre este suelo?
La pregunta que hoy inquieta a autoridades, ingenieros y sobrevivientes es si La Guaira puede volver a levantarse en el mismo lugar. Las respuestas de los expertos son cautelosas. Llerena fue categórico: pese a reconocer la urgencia habitacional, advirtió que el suelo «no está apto para construir edificios ahí, ya es zona de desastre».
De Santis, presidente de la Sociedad de Geólogos, ofreció una mirada algo más matizada, aunque igualmente preocupante desde el punto de vista económico: técnicamente es posible edificar en La Guaira usando ingeniería avanzada de remediación de suelos, aunque, según indicó, económicamente no resulta factible para un país en la situación actual de Venezuela.
Mientras tanto, el geólogo Noel Mariño, en entrevista radial, explicó que la actividad sísmica residual en la región podría prolongarse por varias semanas o meses, ya que «la frecuencia y magnitud de los temblores menores tienden a mermar con el paso de los días», aunque «actividad residual en las fallas tectónicas locales podría prolongarse durante varias semanas o incluso meses».
El saldo de la tragedia
A casi un mes de la catástrofe, el balance oficial sigue en aumento. Según el último reporte difundido por el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, «el número de muertos por el doble terremoto que sacudió el norte de Venezuela el 24 de junio ascendió este domingo a 5.208», mientras que «los heridos se mantienen en 16.740 y las personas sin viviendas en 17.907». Además, hay «23.820 personas en 107 campamentos transitorios, mientras que 128.324 familias han sido atendidas por las autoridades».
En el plano económico, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo estimó, mediante análisis satelital realizado en las primeras 72 horas, «daños físicos directos por 6.700 millones de dólares, equivalentes a aproximadamente el 6% del PIB venezolano», aunque advirtió que esa cifra «cubre únicamente pérdidas directas en viviendas y activos económicos» y que el impacto total podría multiplicarse varias veces al sumar los costos de reconstrucción.
El caso de La Guaira se ha convertido en un recordatorio doloroso de un principio que la sismología repite desde hace décadas, pero que rara vez se traduce en políticas urbanas efectivas: la magnitud de un terremoto no es el único factor que determina la escala de una tragedia. La composición del suelo, arenas sueltas, sedimentos aluvionales y rellenos artificiales saturados de agua, puede ser tan determinante como la fuerza misma del sismo. La licuefacción no solo derribó edificios en junio de 2026: expuso, una vez más, la deuda estructural y de planificación urbana que arrastra el litoral central venezolano desde hace generaciones.
Este reportaje se basa en declaraciones de especialistas y reportes publicados por medios como CNN en Español, Infobae, El Comercio, France 24, El Heraldo, Reporte Confidencial, Reuters, Aporrea, Unión Radio





