A Karlina Hernández la sacó la propia gente del edificio de la Misión Vivienda hecho por la Oficina Presidencial de Planes y Proyectos Especiales (Opppe) identificado con el número 25 y ubicado detrás de playa Los Cocos, en Tanaguarena. Salió con escombros en la boca, en la nariz y en todos los orificios de su cuerpo. La llevaron al Hospital Pérez Carreño, donde le diagnosticaron fracturas en la espalda, pero ella decidió escaparse para seguir buscando a su hijo menor, José Gregorio, de nueve años de edad y desaparecido desde entonces. Hoy, esta mujer de 41 años de edad vive en una carpa en la plaza Las Palmeras de Tanaguarena, con otros cinco familiares, a la espera de ser llevada a un refugio. Esta es su historia, acompañada por muchas lágrimas y oraciones / Texto y fotos: Vanessa Davies y José Gregorio Yépez
Yo vivía en la Opppe 25, torre G, piso dos, apartamento 206. El 24 de junio estaba en la sala de mi casa con mis siete hijos, mi hermano, mi sobrino y mi hermana mayor. Estábamos viendo el televisor, porque yo venía de Maiquetía, de hacer mercado. Estábamos acostados como nosotros nos acostábamos normalmente. Mi hijo mayor me grita «está temblando, mamá». Y yo paso corriendo para mi cuarto, porque el hijo de mi hermano, mi sobrino pequeño de tres años, estaba en mi cuarto con la tablet. Corro para mi cuarto, agarro al niño, me lo monto aquí, y cuando voy saliendo de mi cuarto viene mi mamá entrando; la agarré por la mano y saco hasta la sala. Y siento cuando el apartamento empieza a moverse para los lados, y mis hijos me empiezan a gritar que corra.
El edificio hizo como el bajón de un ascensor, duro, y se deslizó para adelante. Yo agarré al niño durísimo, a mi sobrino, y cuando me volteo para cubrirlo a él, la columna me pegó y me fracturó. Perdí el conocimiento, y cuando volví a reaccionar, no tenía a mi mamá, me encontré solo con mi sobrino. Le gritaba «hijo, habla», y él solo se quejaba. Al lado estaba mi sobrino, en mis pies estaba mi hermano. Les pegaba gritos a mis hijos, desesperada: «Alexander, Piri», llamaba a Ruso, a mi mamá, a mi hermana, a todos, y no me respondían. Nunca me respondieron. Me respondía mi hermano, que estaba en mis pies, y me decía que estaba en mis pies. Empecé a pegar más gritos, y le pedía mucho a dios que metiera sus manos. El teléfono de mi hijo nos cayó en la cabeza, le pedí a mi sobrino que alumbrara, «alumbra, alumbra», y por una rafjita vieron la luz y empezaron a cavar. Cuando vi que el hueco estaba así, saqué a mi sobrino de tres años, después me sacaron a mí, después sacaron a mi otro sobrino y me llevaron a la calle montada en una tabla, porque yo no podía caminar. Pensaba que había quedado inválida; duré dos días sin caminar.
Me llevaron al Seguro y me tiraron en el Seguro para que me atendieran, porque a todos nos estaban atendiendo afuera y había mucha emergencia. No me pudieron atender bien y me trasladaron para el Pérez Carreño de Caracas. Cuando me iban a operar, entré en una crisis, me metía en mi mente y venía para mi casa porque mis hijos estaban todavía en los escombros. Sabía que les pegaba gritos y ellos no me respondieron. Por eso, me escapé del hospital. No me operé. Tengo las placas. Me vine desesperada, pidiendo cola, para buscar a mis hijos en los escombros.


Mi familia siempre me estuvo ayudando. Nunca me dejaron sola mis hermanos, mis primos, mis primas. Mucha familia estuvo conmigo. Llegué a la zona a los dos días, cuando me escapé del hospital. Empecé a caminar, ida, no sabía qué hacer. Me agarró el papá de mis hijos pequeños y me llevó a la otra plaza de Tanaguarena, donde duré casi dos meses en carpa. Muchas personas me conocen y bastante que me han ayudado. Cuando el mar sonaba muy duro, hablé con la abuela de mis hijos, que vive en Corapal, le pedí apoyo, «sácame de aquí», y ella consiguió un terreno prestado para montar la carpa. Monté la carpa en Corapal en la parte alta, en un terreno prestado. Eso no es mío.
Mi mamá, me dicen, tiene que estar en el cementerio de La Esperanza enterrada con mi hijo Piri. A mis otros hijos nunca los consiguieron. Al chiquito, que cumplió nueve años, nunca lo consiguieron en los escombros. Se llama José Gregorio. Quisiera buscarlo donde sea. Lo que sé es que todos mis hijos estaban conmigo en la casa. Todos estábamos juntos. Todos.
Ahorita estoy en una plaza y estoy empezando de cero. Necesito que me ayuden con colchón, sábana, ropa, comida. Un refugio. Quiero tenerle una casa a mis hijos. Aquí estamos mi hijo, su esposa y su bebé; mi sobrino, mi otro hijo y el papá de mis hijos. Me vine para acá porque quiero que el gobierno me lleve a un refugio. No tengo ayuda económica, porque ni siquiera el bono me cae. ¿Cómo compro, si yo digo «voy a salir adelante por mí misma», el material para hacerme una casa: plancha de zinc, nada. Aquí pasamos mucha necesidad. Yo trabajaba para mantener a mis hijos, porque siempre fui mamá y papá para mis hijos; siempre.


Pido apoyo para que me lleven a un refugio, para que me vean la espalda porque los dolores son muy fuertes y tengo que tomar tramadol. Necesito hacerme las placas y que me digan si me van a operar o no me van a operar.







