El lunes 17 de agosto el sol era un acero que se desplomaba sobre las cabezas de rescatistas y familiares frente al urbanismo Luisa Cáceres de Arismendi, en Playa Grande. El astro estaba en todo el esplendor de agosto, ajeno a la aflicción que recorre La Guaira desde los terremotos del 24 de junio. Empapado en sudor, el padre Tom O’Brien descendió del vehículo que lo trasladó desde su comunidad, en la parroquia Santa Cruz de Propatria, hasta este camposanto de concreto y escombros tan próximo al mar.
«Esta situación es impresionante», admitió Juan Luis Machado, uno de los acompañantes de O’Brien. El cuerpo de su hermano todavía no aparecía, y Juan Luis contuvo un sollozo. Pero inmediatamente se repuso y llamó a cantar para, después, comenzar con las oraciones. O’Brien se vistió con los implementos de la religión. «La bendición de dios sobre los escombros, que estamos haciendo, busca aliviar a las familias», explicó. «Es agua bendita, con la esperanza de que aparezcan», porque «podemos imaginar el dolor de no encontrar a un familiar».
La bendición la gestionaron Henley Pinto y su hija, que buscan sin cesar a Shirley, su hermana y tía; a José Miguel, cuñado y tío político; y a Lukas y Anakin, dos sobrinos y primos, respectivamente. Pero también la solicitaron varios rescatistas que aseguran escuchar voces debajo de las ruinas; que afirman que se oye a personas llorar y clamar por ayuda.
El padre se trepó poco a poco con sus sandalias de pescador de almas. Con una Biblia en la mano, compartió rezos y dispersó agua bendita entre concreto y cabillas. Descendió a los pocos minutos. La misericordia se sembró en el lugar donde parece que dejó de existir el 24 de junio a las 6:04 pm.





