Daría Sánchez resolvió «hacer limonada» con los limones que le caen del cielo desde el 24 de junio a las 6:04 pm. Los dos locales alquilados que ella maneja, ubicados en el parador turístico de playa Chévere en Catia La Mar, quedaron golpeados por los terremotos. Entonces Daría decidió -hace una semana- vender café en el puesto de otra persona.
«Estoy aquí prestada vendiendo cafecito», explica. Con sus lentes puestos y los labios pintados de rojo, y sin perder el buen humor, detalla que en ese quiosco ofrecen pescado, milanesa, pollo frito, chuleta. «La gente viene para acá porque mi comida es sabrosa».
-¿Desde qué edad cocina usted?
-Yo estoy cocinando desde que tenía 13 años, mi amor. Tengo 65 años. Imagínate.
-¿Qué es lo más sabroso que usted hace?
-Lo más sabroso que yo hago es la sopa y la fosforera.


Playa Chévere está localizada al lado del terminal de Catia La Mar, que tampoco se salvó de los correazos que lanzó la Tierra hace casi dos meses. El parador turístico, propiedad de la Gobernación de La Guaira, tiene más de 90 locales en los que, según informaron los arrendatarios, se paga un alquiler de 50 dólares al mes. Hay peluquerías, algo de ropa y mucha oferta de comidas y bebidas. El movimiento telúrico zarandeó este espacio, como lo hizo con toda Catia La Mar.
«Yo necesito mi local, porque no hallo qué hacer. ¿Cuándo nos lo van a arreglar?», se pregunta Daría. Quiere optar por un crédito o por algún apoyo del Estado. «Tengo que comprar hasta los corotos: me quedaron enterrados los corotos. Perdí toda la loza, perdí mi cocina». Espera alguna ayuda. No tiene muchas opciones. «En el cerro vivo yo», aclara.


Norbelis Peralta y su hija, Yorgelis, trataban de despejar, el pasado miércoles 19 de agosto, el local número 39: Inversiones Yosbelis. «Estoy limpiando para ver si comienzo, con el favor de dios. Tiene unas grieticas la pared de atrás», cuenta Norbelis. Su muchacha enseña las cicatrices de los sismos en columnas y paredes.
-¿Es seguro trabajar?
-Bueno, arriesgándome.
La familia es habitante de Arrecife, en La Guaira. En el parador turístico «vamos para 17 años». Para volver a trabajar «se necesita fuerza y voluntad. Poco a poco».
Yorgelis precisa que no han sido inspeccionados por ingenieros o arquitectos para aplicar el sistema de semáforo: verde, amarillo, rojo. «No nos dan respuesta de si se puede trabajar o no se puede trabajar. En conclusión, estamos a la deriva. Queremos que venga un inspector a decir si podemos estar o no podemos estar, porque no hemos venido a trabajar por miedo de que se vaya a caer esto… Y con esas réplicas… Pero estamos viendo cómo trabajar, porque este es el sustento». Teme, también, que las grietas ahuyenten a la clientela.
-¿Estaría dispuesta a irse de aquí?
-No creo- replica Norbelis.


Ana Rueda cortaba zanahorias en cuadritos pequeños mientras las muchachas que la apoyan se afanaban en la cocina. «Mi negocio tiene grietas, como se ve en las paredes. Está abierto por una esquina. El piso está cuarteado. Pero bueno, hay que seguir trabajando», completa con una sonrisa.
-¿Cuándo volvió a abrir?
-Al cuarto día del terremoto. El 29 de junio.
-¿Por qué vino tan pronto?
-Porque tuve pérdida de mi casa. Si no tengo vivienda, y tampoco voy a tener trabajo, ¿cómo hacemos? Hay que venir a trabajar. Mi vivienda estaba en Brisas de Maiquetía. Hoy estoy en un refugio solidario.
-¿Qué necesita?
-Que nos den una respuesta para que nos vuelvan a mejorar los locales y poder salir adelante. Estamos trabajando así, pero bajo nuestro riesgo. El temblor de esta semana, como estoy en Caracas, no lo sentí, pero los que están aquí sí lo sintieron horrible. Pensamos que cada vez que tiemble, esto va a ceder un poco más.
Cada día le pueden consumir unas 50 comidas, según sus estimaciones. «Algo se vende. Otros días no se vende mucho. Ahí vamos. Poco a poco». Trabajan de lunes a lunes. Y tratan de caminar con sus propios pies.





