Venezuela y la encíclica Magnifica Humanitas tienen mucho que ver. La relación parece estar muy clara para el director del Centro de Estudios Políticos y de Gobierno de la UCAB, Ángel Oropeza.
“Creo que nos dice muchas cosas, pero lo primero es que pone el centro en la persona humana”, señala. “Frente a la nueva revolución, que es la revolución tecnológica, la revolución de la inteligencia con las máquinas artificiales, con inteligencia artificial, con las armas autónomas, la iglesia dice ‘cuidado’. Es una especie de moneda de dos caras, con una cara que puede ser positiva, pero una cara que es de consecuencias que hay que atacar”.
Oropeza evalúa que el texto del papa León XIV “nos recuerda una cosa importante, y es que no puede haber ningún proyecto político, ninguna revolución, Estado, gobierno, mercado, ningún proyecto de ningún tipo que pueda estar por encima de la persona. Pero se ha puesto a la persona de lado. Ese es el problema”.
La primacía es la persona, insiste, porque la pirámide no puede estar invertida. “En Venezuela hemos sufrido durante mucho tiempo esta inversión de valores donde se pone a cualquier cosa por encima de la persona. Y se discuten proyectos, todavía hoy, donde lo importante parecen ser los proyectos y no la gente”.
La doctrina social de la iglesia señala, según Oropeza, cómo va a ser el accionar del cristiano frente a la política. “Y nos dice que el cristiano no puede ser automáticamente de izquierda o de derecha, sino que tiene que ser una persona que juzgue el accionar político, no importa quién lo haga, con el criterio de a quién beneficia”.
En consecuencia, si el proyecto político y su acción favorecen a la persona, “benefician la liberación de la persona, la hacen un poco más libre y más desarrollada, ayudan a su promoción, eso es justo. Si la persona sufre las consecuencias, es dejada de lado, es víctima del proyecto político, es subalterna, no importa cómo se llame, no es justo. Esta encíclica nos vuelve a recordar que para la iglesia eso no ha cambiado: la centralidad de la persona humana es lo más importante”.


Oropeza invita a la gente a leer la encíclica. “Desnuda de manera muy inteligente, muy fina, la moderna perversión de la política. La política es un invento de la civilización; es la única forma de que la gente que es distinta pueda coexistir sin matarse”, pero se ha convertido en políticos que no cumplen, políticas institucionales que no responden a las necesidades de la gente; incluso, en “una especie de concurso de influencers con frases prehechas”. O en presentar “la libertad igual a desregulación, que es exigir libertad, pero en el fondo es ‘no me controles’, ‘déjame hacer lo que yo quiero’ que en la práctica es mayor desigualdad, mayor injusticia”.
La encíclica advierte que el poder tecnológico, “que básicamente es privado, está agrupado hoy día en cuatro, cinco, seis personas, seis grandes empresas, se disfraza de neutralidad política bajo la excusa de una libertad apolítica. Pero es una privatización de la política. Es una privatización de la política, porque en el fondo acumulo poder; hago que la gente se comporte como yo quiero que se comporte, consuma lo que yo quiero que consuma, haga lo que yo quiero que que hagan y piense que es libre”.
Eso lleva, de acuerdo con su visión, a un mundo muy polarizado, un mundo muy controlado. “Es el poderoso que tiene mucha riqueza, mucho poder, que le pide entonces igualdad al desvalido”.
Claro, enfatiza Oropeza, el cuchillo puede servir para cortar pan y alimentar a alguien, o puede usarse para asesinar, porque al final depende de quién está detrás del arma, quién está detrás de la herramienta. Por eso, insiste en que la encíclica no es antitecnológica ni antilibertad. “La libertad, y lo dice la encíclica, no puede ser otra vez una cortada, una excusa para usarla como arma para oprimir al otro”.
En su análisis, estima que hablar de izquierda o derecha “es casi inútil, porque al final eso no dice nada”, e invita evaluar a quién benefician las políticas. “Hará falta un Estado que intervenga, en el caso de las corporaciones tecnológicas, para regularlas”, comenta. Pero también se necesita empresa privada que sostenga la innovación.
“La idea no es casarse con un modelo con el otro. Una de las de las cosas que ha provocado el boom incontrolado de la inteligencia artificial es una polarización artificial tanto en consumos como en ideologías. Porque la inteligencia artificial lo que hace es reproducir algoritmos que ya están creados. Si usted empieza a consumir un producto, una idea o un seguidor, lo que sea, los algoritmos saben que a usted le gusta eso y empieza a repetir. No es tanto un instrumento para acercarte a la verdad, sino un instrumento para complacerte. Y empiezas a recibir cada vez más mensajes que reafirman lo que tú ya crees. Eso agrava la polarización, por ejemplo, en el caso venezolano”, enfatiza.
Esto “aísla de la verdad, porque lo que hace es poner como verdad simplemente una repetición de las cosas que tú crees”, lo que afecta la visión política, reitera. “Es un riesgo para nosotros porque pareciera que no hay puntos intermedios, sino que solo hay extremos”.





