Ese videojuego causa furor en Libia, incluso en el frente de batalla donde combaten desde hace casi un mes las fuerzas leales al Gobierno de Acuerdo Nacional

“¡Los de Haftar vienen a por nosotros!” Es día de descanso y Abdelaziz y sus compañeros de combate en Libia dejaron sus armas pero siguen en guerra, esta vez en sus teléfonos móviles, enganchados al videojuego en línea PUBG.

El juego PlayerUnknown’s Battlegrounds (PUBG), con más de 360 millones de descargas en el mundo y en el que gana el último superviviente, ha sido prohibido en Irak por incitación a la violencia y por sus “efectos negativos para la salud, la educación y la seguridad de la sociedad”. Nepal y el estado indio de Gujarat tampoco lo permiten.

En Libia causa furor. Incluso en la línea del frente, donde combaten desde hace casi un mes las fuerzas leales al Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA) y las del mariscal Jalifa Haftar, que desde el 4 de abril intentan conquistar la capital, Trípoli.

“Jugamos cuando volvemos del frente, y a veces incluso en el frente”, cuenta con voz ronca Abdelaziz Burawi, con ropa militar de color arena.

Este joven de 25 años y sus camaradas, de una “katiba” (batallón) de Misrata, ciudad al este de Trípoli, combaten en el bando de las fuerzas pro-GNA en An Zara, un barrio de los suburbios de Trípoli.

Foto: AFP

Esta tarde descansan en su campamento de Tajura, en la periferia de la capital libia.

Aprendemos trucos

Bajo un toldo, él y sus colegas, casi todos veinteañeros, colocaron sobre la mesa los kalashnikov remendados con cinta adhesiva y los lanzacohetes RPG.

Agarraron sus teléfonos, los conectaron a la red y eligieron con esmero la vestimenta de sus avatares, algunos de ellos abigarrados y otros más discretos.

Ya están listos para PUBG: saltan del avión (así comienzan todas las misiones en las que un centenar de jugadores se posan en paracaídas sobre una isla), deben recoger armas, eliminar a otros y el último en sobrevivir gana la partida.

“Descubrí el juego hace un año gracias a los chicos. Probé por curiosidad y me fascinó”, cuenta Abdelaziz Burawi.

“Por la noche jugamos. ¡No dormimos!”, afirma riendo otro. 

“Mañana, mediodía o noche, necesitamos jugar”, añade un tercero, Mohamed Shaafi, de 19 años.

“Nos excita e incluso podemos aprender trucos (para combatir, ndlr): hacia dónde mirar, cómo trepar, cómo entrenarnos… Nos motiva cuando jugamos antes de ir al frente”, explica, con gorra de camuflaje.

Entre vida real y juego

De los teléfonos móviles salen los primeros restallidos de disparos.

Sin apartar la vista de la pantalla, los cuatro jóvenes hablan entre sí como en el combate: “hay alguien bajo el árbol, ¡cuidado!”, “¡Bájate!”, “¡Estás lejos!”, “¿No llevas armas? Estoy aquí, no te preocupes”. 

Para Abdelaziz Burawi, los adversarios virtuales son los mismos que aquellos a los que combate en las calles reventadas de Ain Zara: “los chicos de Haftar”.

“El frente es PUBG en la vida real. Por eso nos gusta este juego”, dice con una sonrisa Akram, sin dar su apellido. Él asiste a la partida como espectador.

“Hay una gran diferencia entre la vida real y el juego”, recuerda Abdelaziz. “En el juego, cuando mueres, puedes volver. En la vida real, se acabó”.

Mohamed Shaafi casi prefiere la realidad del frente. “En el juego cuando estás malherido y pides ayuda nadie viene. Sobre el terreno, vienen a ayudarte”, afirma el joven, con la pierna vendada. 

Al cabo de diez minutos de partida uno de ellos levanta la cabeza. Está molesto, suelta su teléfono: “Me he quedado sin batería”.