Los dos eventos políticos del cierre del año nos muestran un escenario político que parece un perro mordiéndose la cola sin conseguir una solución cierta para los problemas de la gente

Los bandos en pugna en el tablero del juego político no han traído nada nuevo al juego y repiten sus estrategias hablándole a sus públicos cautivos y cada vez perdiendo más espacios en el interés de la población en general.

La confrontación política tiene una sola característica: repetitiva y fastidiosa. Se insiste con los mismos esquemas de las marchas y contramarchas del pasado, en un escenario de pandemia que ciertamente complica trabajo político “con las masas”.

A las Elecciones Parlamentarias del #6D se contrapone una Consulta Popular digital de seis días y una movilización el #12D. A esa movilización para confirmar la participación en la consulta, el oficialismo contesta con una “movilización por la Victoria Bolivariana”.

El “dame que yo te pego” se mantiene hasta en tiempos de pandemia.

La discusión se dirige a quién fue capaz de movilizar más gente, quién tiene más y eso daría hipotéticamente mayor legitimidad.

Descaradamente evadimos la discusión sobre credibilidad de quienes emiten los resultados, porque ninguno es reconocido por su adversario como confiable.

Sin embargo, llama la atención que los números de participación que esgrimen ambos bandos son prácticamente los mismos.

El CNE habla de alrededor de 6,2 millones de votos válidos y los organizadores de la consulta señalan que la cifra suma 6,4 millones entre votos digitales, digitales en el exterior y unos tres millones presenciales.

Haciendo una poca rigurosa reducción matemática, el Gobierno de Maduro queda por debajo de unas fuerzas opositoras que en una consulta concentraron 2 millones de votos y en la otra 6 millones.

Pero vuelve la pregunta: ¿quién une y articula esas fuerzas que adversan al oficialismo?

Esa es la interrogante que se hace la comunidad internacional que no reconoce a Maduro y que ahora evalúa qué hacer con el apoyo que le brindó a Guaidó.

En la ecuación de Venezuela se ven tres términos, que son incapaces de despejar la incógnita de una solución política que favorezca a la población.

Al contrario. Se hace evidente que dos de los miembros de la ecuación tiemplan la cuerda para tratar de hacer caer a su adversario, mientras el tercero se va a Sabana Grande, al Ávila, al cerro Terepaima, al Paseo Colón, a Camurí Chico, a las playas de La Guaira o simplemente se queda en la casa ajeno a la disputa.

Este último factor es de casi el 50% de la población, a juzgar por los porcentajes de participación que dicen tener los dos eventos electorales.

Entonces… ¿En dónde está la mayoría?

En este escenario, se impone quien controla el monopolio de las armas, controla el territorio y atiende el teléfono en Miraflores. Esto es lo concreto y hay que jugar el juego en esos términos o patear la mesa y para eso se requiere fuerza.

Mientras esto pasa, la incógnita del cómo se resuelven los problemas de los venezolanos sigue sin resolverse.

La reducción matemática

Las cifras cobran credibilidad cuando revisamos las afirmaciones de los encuestadores más reputados del país.

Félix Seijas, de la firma Delphos señaló en una entrevista con Contrapunto.com., que la participación en el #6D estaría cerca del 30% al igual que habló de un 30% de apoyo a Guaidó “que hará algo si no le cuesta mucho”.

Y así sucedió: fue a la consulta.

Las cifras están allí y algunos dirán estamos en “un empate técnico”.

Los eventos terminaron siendo excluyentes con el adversario y no se lograron convocatorias amplias que avancen hacia una verdadera intención de resolver los temas como inflación, escasez de gasolina y graves problemas de derechos humanos como presos políticos y venezolanos pobres muriendo en alta mar en busca de un mejor destino que no encuentra en su tierra.

Los problemas se agudizan mientras vemos a la clase política haciendo músculo para entrenar a su sector duro, mientras el grueso de la población, incluyendo a la mayoría de esos que participaron en ambos eventos, siguen en medio de la crisis más terrible de Venezuela, solo comparable con la Guerra Federal que duró desde el año 58 al 63 del siglo XIX.

Con proporciones parecidas, según la confesión de las partes (30% de participación en ambos eventos) estamos en lo que ha sido denominado “empate catastrófico”, que Álvaro García Linera definía en 2008 -estudiando el caso boliviano- como un escenario en donde “ninguno de estos sectores se encuentra en condiciones de hegemonizar los ámbitos y el consenso para la toma de decisiones”.

Estamos en presencia de una pelea donde se repite el enfrentamiento entre dos boxeadores con el mismo resultado: tablas. El problema está en que “los coñazos” de ese combate nos los llevamos los espectadores cada día de nuestros complicados días.

Vamos a lo que Félix Seijas denomina “guerra de percepciones” y ver quien hace predominar su afirmació:. el Gobierno o la Oposición.

Por lo que pasó en ambos eventos no se ve una victoria apabullante de ninguno de los bandos y así no podrán imponer su matriz de opinión sobre el otro. Esto hace tomar fuerza a la definición de “empate catastrófico” del que hablamos.

Por eso decimos, a riesgo de que nos digan “pavosaurio” o “malandro viejo”, que estos eventos no nos dejan nada más que un “mal empate” de la clase política.

¿Qué viene?

Los analistas indican que el Gobierno dará una vuelta de tuerca contra los opositores en su empeño de barrerlos y volverlos “polvo cósmico”, pero el tema de derechos humanos es el filo de una espada que lo está apuntando y, aunque hasta ahora ha sido poca la atención que le ha prestado, es una variable complicada de manejar frente a las Naciones Unidas y los países aliados de Maduro que por definición y prestigio tratan de evitar “la raya” de los violadores de derechos humanos.

Por lo pronto, no tenemos bolas de cristal para ver el futuro, solo seguimos con los pies planos sobre la tierra para hacer seguimiento al devenir político económico y social.

El juego sigue.