Con infinita paciencia, el profesor Jorge Labrador apagó el incendio que el diagnóstico de los estudiantes de arquitectura de la UCV causó en la señora Milagros Santana. Los muchachos, que formaban parte del voluntariado ucevista que este viernes 17 de junio visitó Naiguatá, evaluaron la planta baja y le advirtieron que la vivienda no estaba en condiciones de ser habitada tras los terremotos del 24 de junio. Milagros le pidió a Labrador que mirara la planta alta, y el docente subió por las escaleras para encontrarse con un primer piso en el que la zona de la cocina estaba inclinada y parecía continuar en movimiento. La respuesta del arquitecto fue tajante: es peligroso estar allí. «La necesidad es arrecha», expresó Milagros, con la impotencia a flor de piel. «Es una pena, porque la casa es bonita», admitió Alvin Porras, uno de los voluntarios. Milagros le pidió un favor a Labrador: hacer una videollamada con su hijo, que se encuentra en el exterior, para darle detalles sobre la situación. Así lo hizo el arquitecto. «Esta casa está bastante riesgosa», lanzó. «La casa se mantuvo, pero si hay una réplica fuerte, ellos están en bastante riesgo», agregó Sin endulzar la realidad, el profesor le explicó que pueden tomar algunas medidas paliativas para reducir el riesgo -como reforzar con ángulos de hierro y quitar todo el peso posible- mientras el gobierno decide qué acciones va a emprender para casos como el suyo. La molestia inicial de Milagros se convirtió en alivio. «Mi esposo y yo no estamos en condiciones de ir a un refugio», enfatizó.


Arquitectos en llave con trabajadores sociales
Este caminar por el casco central de Naiguatá comenzó en el estacionamiento del Instituto Anatómico antes de las 8:00 am cuando el profesor José Ibarra, director de la Escuela de Trabajo Social de la UCV, recibió al grupo de arquitectura y al grupo de trabajo social: 12 personas en total. Los primeros se encargarían de hacer una evaluación rápida del estado de las viviendas, y los segundos, de determinar la vulnerabilidad de las familias. El voluntariado ucevista, promovido por el rector Víctor Rago, sale todos los días a tender la mano a la gente de La Guaira, donde parece que el dolor insiste en permanecer. La revisión de viviendas ha sido muy pedida, comentó Ibarra. Los trabajadores sociales, por su parte, observan los encamados, los adultos mayores, la violencia basada en género, y están preparados para aportar los primeros auxilios psicológicos.


Cuando el porpuesto llega a Los Corales no hay boca de la que no salga un comentario, una expresión, un «mira eso». Porque esta franja de edificios de clase media se vino abajo de varias maneras debido a los terremotos del 24 de junio. El asombro continúa en Tanaguarena, zona de edificaciones vacacionales y de Misión Vivienda también azotada por esos movimientos que cambiaron todo a las 6:04 pm del Día de San Juan.
Finalmente, a los voluntarios los recibió Deisi Romero, coordinadora de servicios públicos de la gobernación de La Guaira, en la Escuela Básica Naiguatá. Deisi reiteró que los terremotos afectaron Naiguatá, e incluso, su propia vivienda: «No pensé que mi casa también, y mi casa salió con etiqueta roja por el riesgo de las casas que están atrás». Como lo manifestó, «Naiguatá no se nombra, pero tiene bastantes viviendas afectadas». Los datos oficiales registran cuatro personas fallecidas: dos en el balneario, una mujer a quien le cayó una pared y un hombre que sufrió un infarto. «Esto le cambió la vida a todo el mundo, ¿sabe?».
Luego del tiempo necesario para alistarse, todos los equipos salieron rumbo a la avenida de la playa, para comenzar las visitas casa por casa.


Paredes con apellido riesgo
La casa de Rafael González ha soportado varios terremotos «y dos vaguadas y media», contó. Esta vez no fue la excepción. Claro, como es ingeniero, hizo algunos cambios, como demoler el tanque de agua. «Los mayores daños que hemos visto son por tanques de agua. Cuando la gente entiende que 2 mil litros son dos toneladas, se asusta», afirmó Labrador.
En la propiedad de Rafael -que la habita desde hace 42 años- cayó el muro de una residencia aledaña, «un muro que no tiene más de 10 años». Esa pared «es un riesgo», aclaró Labrador, y les preguntó a los estudiantes: «¿Consideran que está en riesgo?». A lo que uno de los muchachos respondió «sería una etiqueta amarilla».


«Estoy viviendo mal», confesó Abelardo Maestre, habitante de una vivienda vecina. «Cuando ocurrió el terremoto yo era el único que estaba. Pensé que me iba a caer la casa encima, porque la casa no tiene columnas».


Labrador y su equipo ingresaron al hogar de Abelardo y su esposa, Shirley. «Las paredes inclinadas son un peligro. Le diría que no duerma más aquí», recomendó a Shirley luego de examinar su habitación, Ella duerme en un refugio mientras Abelardo cuida la vivienda. «Que nos saquen de aquí», clamó Shirley. Aberlardo trabajaba en la playa y quedó sin empleo. Sin embargo, no quiere marcharse. «Yo quiero morir aquí. ¿Qué voy a hacer en Ciudad Bolívar o por allá», interroga.
A las 11:41 am el profesor se reunió con Astrid Sierralta y Lina Jaimes, estudiantes de arquitectura que habían compartido el recorrido. También, con otros integrantes del voluntariado. Llevaban cinco viviendas visitadas y la conclusión fue que no hallaron problemas en las columnas pero sí detectaron paredes inclinadas. Astrid aprovecha para describir los instrumentos que emplean: martillo, cincel, mandarria y piqueta «por si hace falta destapar una estructura o quitar un friso».


La noticia de que una de las casas está inhabitable le cayó muy mal a su propietario, quien replicó que prefería morir en ella antes que dejarla. «¿Ir para atrás y volver a un barrio? Noooooo», exclamó. La profesora Carmen Naranjo, de Trabajo Social, resaltó que esta también es una pérdida que necesita ser aceptada; que lo material sí importa.


Por la insistencia de los vecinos se logró la autorización para que Maikel Díaz, trabajador, abriera las puertas de un galpón que hace temer a los vecinos. Hay deterioro estructural, pero sin falla sísmica, precisó Labrador. Es, le insistió a Maikel, una edificación de alto riesgo. El profesor remarcó que todo debe verlo un patólogo experto, y asomó que puede ser más costoso repararlo, que rehacerlo.


En la esquina, las residencias Mónaco continúan mostrando su peor cara, el rostro de una estructura azotada por los movimientos telúricos que sembraron en ella las grietas, la caída de las paredes, la derrota de los materiales ante las fuerzas de la naturaleza.


El siguiente punto en el recorrido fue la casa de Milagros Santana, con la cocina inclinada, las rajas en la columna de una de las habitaciones y la imagen de la Virgen del Valle, porque ella es oriental de pura cepa nacida en El Tigre (Anzoátegui).


Las réplicas en la cabeza
Jorge Labrador y el señor Pedro se saludaron como dos viejos amigos. «Ya yo sé lo mío», señaló este residente de Naiguatá que no quiere marcharse. Pedro ya había escuchado el diagnóstico de Labrador en otra de las visitas: la casa está inhabitable. Pero la familia está en la parte externa para cuidar, sobre todo, el terreno. Porque si algo temen las familias afectadas en Naiguatá es perder sus propiedades. ¿Y las réplicas? «Eso pega en la cabeza», planteó, mientras se llevaba el índice derecho a la sien.


Los grupos continuaron su camino. En la casa de Trina Bello constataron que un muro se cayó y que el cuarto trasero se derrumbó por efecto de los terremoros. Tres gatibebés salieron de los escombros, al igual que un golpeado morrocoy, celebró la familia. Tienen a su favor, como lo puntualizó Labrador, que no hay losa. Plenamente consciente de la necesidad, le sugirió a Bello arreglar las paredes y olvidarse de montar un piso encima.


Sin pausas, los voluntarios caminaron hasta lo que parecía una vecindad. Carmen Navarro, una de las habitantes, dio la bienvenida a su casa, que funciona como taller de confección de ropa. «No hay daño estructural», concluyó el arquitecto una vez que la recorrió. Carmen agradeció la gestión con varias sonrisas. Después de todo, la angustia podía ceder.
La jornada -de la que este es un relato que seguramente no hace honor al esfuerzo ucevista- terminó en la casa de Betty Blanco, en la calle Ribas, que solamente evidenció problemas en el muro de la azotea. El tema «tanques de agua» salió de nuevo a relucir porque, como lo aseveró Labrador, los golpes más fuertes que ha visto contra las viviendas se deben a los reservorios de agua.
El sol poco a poco dio paso a la brisa de la tarde. Más de cinco horas de trabajo voluntario de la UCV bajaron las presiones en una parte de Naiguatá, y lograron que las varias incertidumbres sean, al menos, más llevaderas. Porque este 17 de julio arquitectos y trabajadores sociales se convirtieron en psicólogos y ansiolíticos.





