Ni rescatistas ni familiares parecen tener miedo en el edificio Belo Horizonte. Si las estructuras hablaran, esta edificación diría que le queda mucho movimiento pendiente, y que en cualquier momento se termina de venir abajo. Pero para las mujeres y hombres que acampan en sus ruinas no hay tiempo que perder. Abandonada ya la esperanza de hallar con vida a sus seres queridos, su determinación ahora, a tres semanas de los terremotos del 24 de julio, es recuperar los cuerpos de sus amados.


Había mucho pesar este martes 14 de julio entre las personas sentadas en la entrada derruida, entre quienes trataban de ordenar los documentos recogidos, entre los que esperan por una máquina. «Necesitamos una grúa telescópica que quite placas y baldosas, pero el gruero nos respondió que el piso es inestable», explicó una de las vecinas. «Somos nosotros los que estamos trabajando».
También se afanan los grupos de rescate que tratan de identificar los apartamentos y las estructuras colapsadas. Uno de los voluntarios detalla la forma en que cedió el edificio: «Muchas personas vivían de un lado y quedaron en el otro lado. Se tiene desconocimiento de dónde pueden estar los cuerpos. Los familiares nos dan información y nosotros evaluamos dentro de la estructura, movilizando escombros». Con más datos, se introdujeron esta tarde en la edificación para tratar de dar respuesta. «No tenemos una cifra total».


Oriana Orozco estaba en una de las entradas de Belo Horizonte, donde el mar enseña la cara bonita que nadie tiene ojos para ver porque esos ojos están repletos de lágrimas. Los de Oriana están secos por el polvo, los días cavando túneles y las noches de incertidumbre.
«Yo vivía en la torre A de Belo Horizonte. Aquí están nuestros papeles. Estoy encontrando algunos. Todos los que han ayudado se han organizado para que podamos encontrar y tener certeza. La legalidad hay que respaldarla mediante los documentos, y estamos buscando lo que nos queda de documentos», indica Jannett Virla, sobreviviente de los terremotos. «He encontrado algunos de mis papeles. Muchos están buscando a sus seres queridos allá adentro, con la esperanza de darles sepultura».
Maquinaria en Luisa Cáceres de Arismendi
Al mediodía de este martes 14 de julio los rayos solares golpeaban sin compasión en Playa Grande. Un rescatista llamado Juan, procedente de Barquisimeto, se enfundó en una braga blanca para la recuperación de cadáveres. Juan habló por radio con la paramédica Emili Quintero, quien se encontraba a una cuadra del puesto de voluntarios, y caminó hacia el urbanismo Luis Cáceres de Arismendi. Una cosa es contarlo, y otra cosa es verlo.


El colapso de la torre D dejó a su paso una estela de desolación. «¿La entrevista me va a devolver a mi mamá y a mi hermana? No. Entonces, ¿para qué?», interrogó uno de los muchachos que esperaba respuestas, vestido con una franelilla blanca. Un carnet del CLAP destacaba entre el amasijo de tierra y pedazos de concreto. «¿Qué hace ese carnet allí? Ella era dirigente de la comunidad. A ella la consiguieron hace días», resumió una mujer que tampoco quiso conversar con medios de comunicación. «Estamos cansados. Lo único que queremos es que nos devuelvan a nuestros familiares».
Dos máquinas estaban activas en uno de los puntos de la edificación para extraer un cuerpo, cuerpo que terminó dentro de una bolsa para cadáveres. Dos grúas inmensas se encargaban de lo más pesado en otro sector, y una máquina pequeña clavaba sus dientes en los escombros. Como lo puntualizó la rescatista Kliver Ferrer, las máquinas pasan el rastrillo, mientras varios ojos observan si hay algún cadáver para parar estas labores y pasar a las tareas minuciosas con discos, esmeriles, taladros, picos y cizallas.


Las otras torres del Luisa Cáceres de Arismendi están dañadas y, según lo relatan quienes pasan allí día y noche, siguen cediendo. Ferrer teme que lo peor esté por venir, porque en la medida que se van troceando las losas, se podrá llevar a la planta baja de la torre D, donde se desarrollaba una jornada de atención social y jugaban niños en la cancha. «No sé cómo estoy viva; lo logré porque me lancé desde el piso seis. El perro le ladró a mi esposo, y mi esposo miró lo que pasaba, gritando ‘mi hijo, mi hijo’. Todo se movía como una gelatina. Sigo buscando a mi hijo, su esposa y mi nieto», confió otra habitante sin quitarse el tapabocas.


En los bloques de La Páez
La brisa corría bajo los árboles en el bloque 2 de La Páez, en Catia La Mar. La calcomanía roja era la mejor advertencia: es preferible ni acercarse. Todo suena al estar debajo de la estructura. Razón suficiente para abandonarla, como ya lo hicieron sus habitantes, hoy refugiados en carpas en el estacionamiento.


Detrás de esta edificación, en la torre 3, dos máquinas trabajaban sin cesar para recuperar un cuerpo al tiempo que decenas de personas observaban. «Estamos muy sentidos», resaltó una de las mujeres, mientras otra lloraba. Esta edificación ha estado presente en redes sociales por los casos de Stephanie Zambrano y Jesús Sánchez, dos estudiantes de la escuela de Letras de la UCV que se encontraban en uno de los apartamentos cuando la tierra tembló. Tras tres semanas de los terremotos, a ambos los siguen buscando.





