Este 15 de enero es el Día del Maestro. La Escuela de Educación de la UCAB alberga hoy solamente 250 estudiantes, de los 1.200 que tenía. Los bajos sueldos y el tener que buscar “un resuelve” vendiendo tortas o pintando rejas desestimulan a los posibles aspirantes. Los educadores venezolanos que resisten son como apóstoles que no dejan las aulas por nada del mundo. “Me parece fantástico tratar de explicarles el mundo a los que están comenzando a vivir”, afirma Antonia Baquero, una docente de 80 años. “La mejor decisión que he podido tomar en mi vida fue haberme hecho educador y haber comenzado como maestro de primer grado cuando tenía 19 años”, afirma Carlos Fernando Calatrava. “Toda mi vida he dado clases, y creo que ha sido lo mejor que he podido hacer”, subraya José Javier Salas

Tiene 80 años, se llama Antonia Baquero y todos los días va al colegio donde trabaja para dar clases y lidiar con la “nueva normalidad” educativa. No falta nunca, no se enferma nunca, no se desanima nunca. Con lo que gana no puede sostener la comida, la ropa, el pasaje en esta Venezuela de sueldos en bolívares y pagos en dólares. Pero ahí va, reina de la constancia, ejemplo para su familia y para sus estudiantes, con un libro en la mano porque piensa que le queda mucho por conocer.  

¿Por qué se levanta cada mañana a las 5:00 am para montarse en el metro y llegar al plantel? No es por su ingreso. “Me parece fantástico tratar de explicarles el mundo a los que están comenzando a vivir”, afirma.

Este es “un trabajo maravilloso”, argumenta Carlos Fernando Calatrava, director de la Escuela de Educación de la Universidad Católica Andrés Bella (UCAB). “La mejor decisión que he podido tomar en mi vida fue haberme hecho educador y haber comenzado como maestro de primer grado cuando tenía 19 años, con todo lo que significó en mi familia” y ante la mirada atónita de los padres que no querían dejarle a sus hijos. Hoy se encuentra a adultos que lo recuerdan como maestro, que le agradecen por todo lo que les enseñó y los acompañó. Solo con eso “me doy por bien servido”, asevera. “Esa satisfacción que yo sentí no se la quiero negar a nadie que la quiera tener”.

No abundan las Antonias y los Carlos Fernando en Venezuela. Lo revelan las cifras. Calatrava señala que las 27 escuelas de educación del país “no están viviendo su mejor momento” y calcula que desde hace seis o siete años “hemos visto cómo, poco a poco, el número de estudiantes ha ido reduciéndose”. También ha caído la matrícula del Programa Nacional de Formación (PNF) de la Misión Sucre.

Foto: Ernesto García-Archivo Contrapunto

¿Cada vez menos?

Los estudiantes de Educación de la UCAB han representado, históricamente, 1% a 2% del total nacional. “En este momento tenemos 250 estudiantes activos del primero al octavo semestre” y puede haber unos 60 u 80 aspirantes, detalla. Hace siete años eran 1.200 alumnos, aun cuando podían entrar en esta carrera para luego saltar a otra.

Mas los que están se sienten “absolutamente comprometidos con lo que significa ser educador”, son “250 que se van a graduar” y se convertirán en educadores, destaca. Fue su decisión.

Esta es una carrera con “muy poca población”, admite José Javier Salas, profesor de la UCAB y exdirector de la Escuela de Educación.

Calatrava atribuye el desinterés general al bajo salario que perciben los docentes, a las condiciones de trabajo, a la situación del país. Antonia, por ejemplo, escucha todos los días historias desgarradoras: la del papá que va a vender su moto –con la que hace delivery- para poder pagar la mensualidad, la del estudiante que vender verduras en una avenida de Caracas para poderse graduar. Choca todos los días contra una realidad dolorosa.

Para no dejar las aulas muchos docentes se han buscado “un resuelve”, complementan su ingreso con otras actividades, señala Calatrava. Tareas dirigidas y acompañamiento pedagógico, en el mejor de los casos. Pero también hacer uñas, pintar rejas, vender lo que queda en la casa, hornear tortas, elaborar pan.

El término “emprendimiento” arropa la actividad de más de un educador venezolano. Para muchos maestros “educar es lo segundo o lo tercero, y lo primero es resolver el día vendiendo o haciendo cualquier otra cosa que seguramente es el verdadero ingreso”, describe Salas. Poco interés puede concitar una carrera en la que 80% o 90% de sus egresados “recibe un sueldo realmente miserable” y trabaja “en condiciones cada vez más adversas”, remarca.

Para muestra, un botón: el bono de regreso a clases, cancelado el pasado 12 de enero, no superó los 0,70 centavos de dólar.

Lo que hoy ocurre no es nuevo. Según el investigador Tulio Ramírez “los bajos salarios, la búsqueda de mejores condiciones de trabajo y más recientemente el respeto a la condición profesional, es lo que ha motivado históricamente a los maestros venezolanos a mantener una actitud de confrontación con las autoridades educativas”. En el trabajo Ser maestro en Venezuela, publicado en 2006, Ramírez refiere que “buena parte del siglo XIX, todo el siglo XX y los albores del siglo XXI han sido testigos de estas luchas del magisterio venezolano. Sin embargo el maestro sigue allí, ejerciendo su labor, pero sin desmayar en sus pretensiones por lograr salarios dignos y mejores condiciones de vida y de trabajo”.

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Factores para el desánimo

El profesor Calatrava suma otro factor a la crisis del sector: “La bebida de cicuta que nos tocó a las escuelas de educación fue la creación, por parte de la Misión Sucre, del programa nacional de formación de educadores”, administrado por el Ministerio de Educación y la Universidad Bolivariana de Venezuela.

La formación que reciben ni siquiera es de cultura general, opina. Incluso, se dicta sociología y filosofía de la educación “en una sola cátedra”. Y son estos docentes los que están ocupando los salones de clase, y los que tienen acceso a los cargos en las zonas educativas. “La primera promoción de este programa tuvo alrededor de 27 mil egresados”. Les asignaron el cargo fijo de docente 1, pero “cuando comenzaron a llegar a las escuelas venezolanas los propios equipos directivos se dieron cuenta de que no estaban formados como debe ser, y tuvieron que inventar la figura del docente acompañante”.

En 2014, nació la micromisión Simón Rodríguez, que dio paso, cuatro años después, a la Universidad Nacional Experimental del Magisterio Samuel Robinson.

Si Simón Rodríguez “despertara y viera a qué le pusieron su nombre, pediría que lo maten”, concluye Salas. “No puedes graduar un profesor de matemática en dos años. No puedes”. La formación exprés “lo único que genera es mediocridad y dependencia. Más nada”.

No se puede desconocer que la educación pública ya no es lo que era, critica Salas, quien reitera que sus años de estudio en planteles oficiales le abrieron todas las puertas. No es así en el presente y lo atribuye a “una gestión intencionada a orientar la educación a preservar una estructura de poder que ya tiene 20 años”.

Una de las áreas “en las que se hicieron grandes destrozos es ciencias sociales”, lamentó, con “una nueva historia” en la que se dibujan los 40 años de la democracia representativa como “un oscurantismo total y absoluta y desde el presidente Chávez para acá, la luz”.

A eso se le suma “un formato de evaluación completamente simplista, que promueve al estudiante sin alcanzar contenidos, sin mayor esfuerzo, y termina generando una población que requiere del Estado para subsistir porque no desarrolla competencias para hacerlo por sus propios medios”.

Reconocimiento nacional

“Si Venezuela como país quiere educación de calidad tiene que pagarla”, insiste Carlos Fernando Calatrava. Eso significa “buen salario, buenas condiciones de trabajo, que las escuelas tengan agua y tengan luz”. No es solo el sueldo para llevar la comida a la casa y costear la canasta básica, sino también los estudios, la actualización, los cursos.

Igualmente, es importante “que tengamos el reconocimiento de las familias”. Quien cree que lo que hace el maestro lo hace cualquiera en la casa se ha encontrado con su deseo hecho pesadilla debido a la pandemia. El rol de los docentes se ha reivindicado a los ojos de madres y padres que se vuelven locos con uno o dos niños en casa. ¿Qué dirán los educadores, que lidian con 40 al mismo tiempo?

“Padres y madres han terminado de entender que por algo existimos los licenciados en educación y por algo existimos los egresados en educación. Nuestro oficio es 40 muchachos en un salón de clases que los tenemos que atender, que los tenemos que educar, que tenemos que escuchar”, explica Calatrava.

Animar a los desanimados

Uno de los retos es tratar de entender a los muchachos de 16 o 17 años, acostumbrados a las redes sociales, que escuchan podcast y no radio, que no leen libros, que se mueven con los influencers, asoma Calatrava. “Se acostumbran a que la sociedad es lo que se parece a mí” y no entienden “al que piensa diferente”. Es una generación “que tenemos que terminar de entender para conectarnos con ellos y hacerles ver que la vida requiere de compromisos a largo plazo como, por ejemplo, estudiar educación”.

Los adolescentes deben entender, enfatiza Salas, que “tienen una función lúdica que satisfacer” pero también tienen una responsabilidad con la sociedad “que espera de ellos formación, calidad, responsabilidad” a pesar de estar en un entorno que exalta el “pónganme donde hay”.

Calatrava está convencido de que “el muro de contención contra todo tipo de arbitrariedad, de pretensión totalitaria; lo que te garantiza la existencia de la democracia en Venezuela son los educadores. Nosotros somos el muro de contención”. Si no existieran en el país “más de 500 mil docentes en ejercicio, con toda la catástrofe que significan los sueldos y salarios; si no existieran alrededor de 12 mil estudiantes de educación en todo el país, si no estuviéramos los educadores” el “establecimiento de situaciones totalitarias en Venezuela hubiese sido mucho más rápido y mucho más efectivo”.

La UCAB ha promovido un programa para animar que estudiantes cursen la carrera. Pero eso necesita inversión, difícil de conseguir en estos tiempos. José Javier Salas considera que una forma de motivar a los jóvenes es mostrarles a los profesores exitosos y satisfechos. “Toda mi vida he dado clases, y creo que ha sido lo mejor que he podido hacer”. También es clave mejorar las condiciones, el salario de los docentes y “reconocer la importancia que el maestro tiene”, así como modificar el currículo nacional y revisar la evaluación.