«Mami, hay que hacerle un peinado loco el viernes al gordo». El mensaje se lo envió Valeria Escobino a su mamá por WhatsApp, mientras Jhenny Mata, maestra de preescolar, daba las instrucciones a un grupo de madres, padres y representantes de la Unidad Educativa Simón Bolívar de Fe y Alegría en Caraballeda: «Es el viernes loco, usemos la imaginación», instruyó Mata. Y Valeria, adolescente de 14 años y estudiante de tercer año, lo tomó al pie de la letra al planificar cómo hacerle arañitas a su hermano Sebastián (de cinco años) y fabricar telarañas con papel. «Ya le estoy planeando a mi hermano el peinado loco que le voy a hacer», contó.
Por un momento los edificios colapsados, los amigos fallecidos, el cambio radical impuesto por los terremotos del 24 de junio quedaron en un segundo plano. Para los hermanos Escobino su colegio es, también, su espacio seguro en el mes de agosto. Porque la Unidad Educativa Simón Bolívar de Fe y Alegría en Caraballeda es uno de los planteles que participa en el proyecto Escuelas Abiertas que adelanta Fe y Alegría. «Me parece muy bien. Me parece muy recreativa para los niños pequeños. Es una manera de distraerles la mente después de todo lo que sucedió, porque siguen estando con miedo». Para ella también es un alivio poder estar en la escuela. «Me ayuda a olvidar un poco lo que pasó, porque al liceo, gracias a dios, no le pasaron muchas cosas, así que uno, al estar aquí, se le olvida todo y se pone a socializar». Es lo más parecido a un plan vacacional.


La profesora Pedietri Ramírez, del programa escuelas de Fe y Alegría, informó que siete escuelas se mantendrán abiertas del 10 de agosto al 11 de septiembre para atender a cerca de 1.500 estudiantes y no estudiantes entre 8:00 de la mañana y 2:00 de la tarde. Son cinco planteles entre Caracas y la Guaira, y otras dos en Puerto Cabello. «La intención es poderles brindar a nuestros niños y jóvenes contención socioemocional, retomar la rutina de la vida que fue golpeada por los eventos que hemos tenido y restituir el nuevo año escolar, porque niños y jóvenes ya tienen varias semanas de recreo forzado. Lo que queremos es que puedan irse integrando en actividades socioeducativas».
Maestras y maestros están dando lo mejor para sembrar sonrisas donde antes hubo lágrimas. El profesor Leonardo Suárez, director de la Unidad Educativa Simón Bolívar de Fe y Alegría en Caraballeda, puntualizó que comenzaron el lunes 10 de agosto. «Tenemos un total de 250 alumnos no solo de nuestra matrícula, sino también estudiantes de otras escuelas de la comunidad» para ofrecerles herramientas con las cuales sobrellevar «estos tiempos de dificultad y de crisis que también los afectan» y prepararlos para el regreso a clases.


Jugar para volver a la normalidad
Los sismos sembraron temores e incertidumbre. «Hay gente que todavía tiene mucho temor de salir, de estar en un sitio que no sea con mi mamá o con mi papá. Tenemos personal afectado, gente que está viviendo con familiares porque su vivienda necesita reparaciones importantes, e igualmente, nuestros niños, porque tenemos niños en albergues temporales», detalló Ramírez.
No es nada fácil, subrayó, «tener tu seguridad, tener tu casa y tus cosas, y de un momento a otro encontrarte con una realidad totalmente distinta». Aun cuando una persona pueda estar bien atendida por sus familiares o en un refugio «no es mi casa, no tengo la intimidad familiar para hacer lo que hacía». Las rutinas cambiaron de manera arbitraria, y adaptarse a la nueva realidad «implica ir desarrollando algunas herramientas».
Primeros auxilios psicológicos, reconocimiento de emociones «y poder dar nombre a lo que estoy sintiendo», autorregulación y recreación son algunos componentes del día a día de las escuelas que participan. «El juego es la mejor estrategia para volver a la normalidad y centrarme en el aquí y en el ahora». Ese regreso a la normalidad es personal y paulatino.


Se trata de ofrecerles a los muchachos «espacios seguros donde puedan distraerse de la situación que están viviendo en el entorno», describió Nora Henríquez, subdirectora de la Simón Bolívar. «Tenemos niños en refugios, niños que han atravesado pérdidas, niños que están alojados en casa de familiares».
La comunidad está sentida, admite la maestra Jhenny Mata, porque «hay mucho temor y mucho miedo, y es normal, porque no es poca cosa lo que hemos vivido». El terremoto en Colombia generó más angustia, refirió Mata, «y ahora tenemos mucha tensión». En Escuelas Abiertas no se toca directamente el tema sismos, aunque está presente como una sombra. «Se quiere brindarles seguridad y estabilidad, decirles que pueden contar con uno».
El trabajo de acompañamiento está a cargo de docentes que reciben un salario paupérrimo. «Lo hacemos con nuestro personal, nuestros docentes y personal administrativo y obreros que están trabajando en vacaciones. No han dicho que no a la escuela, no han dicho que no a a la atención de nuestros niños. Hemos ido batallando, haciendo un llamado al Estado para que pueda ser reconocido lo que nos corresponde como trabajadores de la educación, y que se sean reivindicados nuestros salarios», explicó Leonardo Suárez. «Personal de escuelas oficiales ha recibido bonificaciones por su periodo vacacional que nosotros, como colegios AVEC, no las hemos recibido. Es importante que se tome en cuenta el esfuerzo que muchos colegios AVEC están haciendo al mantenerse en pie y atender las comunidades y las familias».
Fe y Alegría, para continuar con el proyecto Escuelas Abiertas, precisa manos generosas. «Necesitamos, importante y urgente, apoyo con las meriendas de los niños, porque nosotros brindamos la parte educativa, la parte socioemocional, pero no tenemos los recursos para proveer de meriendas a todos los niños. Si alguien pudiera apoyarnos y decir ‘quiero colaborar con Fe y Alegría’ pues sería genial», remarcó Ramírez.
Jhenny Mata también sufre las consecuencias de los terremotos: perdió su vivienda en Tanaguarena y está alojada en casa de su mamá. Sin embargo, mantiene el ánimo en alto y sigue preparando ese viernes loco para sus muchachitos.





