Sacerdote llevó agua bendita y oraciones a los escombros del urbanismo Luisa Cáceres de Arismendi de Playa Grande a petición de familiares y rescatistas

Rescatistas afirman que, mientras adelantan las labores de recuperación de cuerpos, escuchan a personas que lloran y piden auxilio. Por eso, y con el apoyo de Henley Pinto, familiar de cuatro desaparecidos, el padre Tom O'Brien rezó por quienes están sepultados entre el concreto y las cabillas / Texto y fotos: Vanessa Davies

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Con sandalias abiertas en los pies y un casco amarillo en la cabeza, el sacerdote irlandés Tom O’Brien se trepó este lunes en la mañana entre los escombros del urbanismo Luisa Cáceres de Arismendi, en Playa Grande. Acompañado de dos rescatistas, y con el permiso de las autoridades, O’Brien dispersó agua bendita y oró por quienes perdieron la vida en ese lugar durante los terremotos del 24 de junio. La ceremonia religiosa la organizaron los familiares que permanecen en los alrededores, como es el caso de Henley Pinto (trabajadora de la Facultad de Ingeniería de la UCV), pero también la solicitaron algunos rescatistas que aseguran que, mientras trabajan para hallar los cuerpos, escuchan voces de personas que claman por auxilio, llantos y súplicas.

Pinto sigue buscando a su hermana, Shirley Silva; su cuñado, José Miguel Moreno; y sus dos sobrinos, Lukas y Anakin, desaparecidos en el urbanismo Luisa Cáceres de Arismendi. Son más de 50 días de sol, de lluvia, de incertidumbre. Su hija, estudiante de la Facultad de Ingeniería de la UCV, la acompaña. También ha estado presente su mamá, a quien ha tratado de proteger de esta experiencia pero sin dejar de decirle la verdad, así como un hermano, su cuñada y personas amigas que se turnan para poder estar allí cada jornada.

«Mi familia eran católicos practicantes ambos», explicó Pinto. «Ellos (hermana y cuñado) se conocieron en una iglesia. Antes del terremoto, mi cuñado era custodio de las reliquias de José Gregorio Hernández en la iglesia de Playa Grande. Aparte, los rescatistas nos habían manifestado que si había la posibilidad de que un párroco viniera a bendecir los espacios y bendecirlos a ellos porque escuchan a personas llorando, personas pidiendo auxilio, y saben que no hay nadie».

Mientras arribaba O’Brien, otros familiares se guarecieron debajo de un toldo. El sol no tiene piedad en este lugar donde parece que el tiempo se mueve en el mismo círculo todos los días desde el 24 de junio a las 6:04 pm. Una muchacha habla de los 54 días durante los cuales ha buscado a su mamá en todas partes, incluida la morgue. Remarca que dios le da fuerzas para continuar. Que ella esté viva, como lo cuenta, es un milagro.

Cuando el sacerdote llegó, se compartieron abrazos y canciones. No hay manera de no llorar al escucharlas. «La bendición de dios sobre los escombros la estamos haciendo aquí porque debajo de esos escombros encontramos familiares, y seguramente hay más familiares aún. Es agua bendita con la esperanza de que aparezcan. La oración es para que aparezcan, para que encontremos los cuerpos», enfatizó el padre. Todo esto es «para que aparezca el cuerpo, para que dios los siga bendiciendo, para cerrar el ciclo», agregó Juan Luis Machado, uno de los allegados que garantizó la presencia de O’Brien.

«El día se hace pequeño»

Cocinada por el sol, Pinto rememora a su hermana, maestra de preescolar que se cambiaba el color del cabello; a su cuñado, tan devoto. Lo repite de nuevo: «No voy a dejarlos allí».

La faena continúa. «No puedo dar un plazo exacto de cuánto falta, pero por lo que vemos, estimamos que menos de una semana. Queremos creer que, si tenemos toda la maquinaria, el personal y lo que se requiere para trabajar continuamente, en una semana, o quizá menos, veremos un avance significativo», explicó. Pinto estuvo de acuerdo con la demolición de una de las torres del urbanismo, y reiteró que en este momento «hace falta un jumbo para la remoción de los escombros, un martillo. Sería bueno que hubiese dos jumbos, porque es demasiado material y necesitamos que avance la remoción. El tiempo que se demora es mucho; el día se hace pequeño».

En Playa Grande hay varias fotografías. La del urbanismo Hugo Chávez, cuya demolición avanza. La de otros edificios en los que puede o no haber cuerpos. Y la de quienes aguardan, con la mirada puesta en el urbanismo Luisa Cáceres de Arismendi, que la muerte emerja de la tierra. Henley Pinto piensa que, cuando los recupere, irá a playa Candilejas, donde a la familia le gustaba reunirse.

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