Carlos Trapani, coordinador de Cecodap, recuerda que el país viene “de un contexto de protestas que duró meses; después de las protestas vivimos un apagón, después del apagón vivimos una pandemia, y en ese proceso nos dolarizamos”. La familia ha tenido “que asumir todos los roles: tiene que garantizar salud, seguridad, educación, incluso por encima de sus propias capacidades”, subraya el psicólogo Abel Saraiba

Las familias venezolanas han vivido varios tsunamis en pocos años. Lo que pudo haber sido un edificio de relaciones y ayuda mutua se ha convertido en un territorio hostil. Una psicóloga lo describe en términos muy coloquiales: “La gente está vuelta mierda”. Y si la gente está en ese estado, las familias no están mucho mejor.

En la presentación del informe “Somos Noticia: Capítulo vulneraciones de los derechos de los niños”, Cecodap llamó la atención sobre lo que sucede en los grupos familiares. “Llama la atención cómo los conflictos y dinámicas familiares son cada vez más complejos en frecuencia y severidad. Se identifica una estructura familiar debilitada, con importantes daños en la salud mental y para el ejercicio de una ciudadanía activa”.

Carlos Trapani, coordinador de Cecodap, recuerda que el país viene “de un contexto de protestas que duró meses; después de las protestas vivimos un apagón, después del apagón vivimos una pandemia, y en ese proceso nos dolarizamos”. Esto desata las tensiones en las familias, y encima, con la paralización de los servicios de atención del Estado, las personas se encontraron a la intemperie.

“¿Qué identificamos? Una mayor incomunicación. ¿Qué identificamos? Una mayor tensión familiar por una situación económica adversa que es difícil, que es compleja”, explica Trapani. No es un dato menor el de la migración forzada, con niñas, niños y adolescentes al cuidado de las abuelas y abuelos, o de otras personas.

Como un elemento de la crisis se ha registrado un incremento en la violencia física y psicológica, en el abuso sexual. “El mayor número de casos que recibimos es de abuso sexual, y de agresores cercanos a la cotidianidad” de niñas, niños y adolescentes.

Ciertamente, agrega Trapani, a las familias se les exige mucho “pero pocos espacios de apoyo y acompañamiento tienen. Queremos que los padres sean los mejores pero no tenemos recursos, ni condiciones ni espacio”. Una familia que, por ejemplo, reconozca que tiene problemas y quiera cambiar no tiene centros de atención públicos a los cuales acudir, reitera el coordinador de Cecodap.

Abel Saraiba, psicólogo y coordinador adjunto de Cecodap, remarca que las familias venezolanas “están atravesando una gran exigencia en materia de protección. La familia tiene un rol fundamental en los procesos de crianza, en la protección de niñas, niños y adolescentes, pero el problema que estamos teniendo es que a la familia se le están delegando funciones de Estado: se les pide a las familias que ejerzan el rol de cuidados de los servicios de salud, los servicios básicos, lo cual sobrecarga con una responsabilidad que no puede sostener por sí sola, y esto lleva a que haya un incremento en los conflictos”.

Familias obligadas a estirar con un salario mínimo de menos de 30 dólares y hacer que -por arte de magia- alcance para pagar casi mil dólares al mes son como un cristal que se rompe y que difícilmente se puede volver a pegar.

En estas condiciones, como lo reflexiona Saraiba, se compromete la capacidad de los padres para conducir la crianza de la mejor manera. “Un papá que está sobreexigido, que está estresado, que está sobrecargado tiene menor capacidad de proteger, de querer, de relacionarse”.

La pandemia, y más que la pandemia, el confinamiento, desataron incluso las relaciones que parecían más sólidas. El amor no soportó la convivencia en tensión de 24 horas.

“Las familias de ahora están más exigidas que las de antes”, resalta Saraiba. “Se está esperando mucho de la familia” y ahora “la familia tiene que asumir todos los roles: tiene que garantizar salud, seguridad, educación, incluso por encima de sus propias capacidades”.

Esto puede traducirse en violencia contra niñas, niños y adolescentes. Ángela Villafranca, responsable de gestión de casos del servicio de atención jurídica de Cecodap, señala que, en 2021, atribuyeron los casos de violencia familiar al hecho de que varias personas estaban metidas en un mismo espacio y agresores y víctimas tenían que convivir. “Si estamos encerrados es más fácil perder el control”, refiere. Pero este año, aunque ya el confinamiento llegó a su fin, igualmente se mantiene el maltrato.

Si no es el encierro, ¿qué es? El maltrato se normaliza “y las violaciones de los derechos del niño se quedan en privado, no salen; la gente no quiere denunciar”, comenta Villafranca. “Creo que es un tema familiar, es un tema normalizado” y, además, se mantiene la visión de que la niña o el niño no son sujetos de derecho sino propiedad de los adultos.

“Algunos papás mantienen la idea de que los niños no tienen derechos, sino que son propiedad de ellos mismos: Y como es mi propiedad puedo hacer lo que quiera con ellos. Y si se portan mal, yo les pego. Sacan la famosa frase ‘una nalgada a tiempo te salva’ y eso no es así”.