“Haciendo milagros”. Estas dos palabras resumen las dificultades de fallecer mientras la humanidad está en pandemia

Que en una funeraria te digan “nosotros no estamos hablando” mientras sí te están hablando debería llevar, cómo mínimo, a que te preguntes si estás vivo o muerto, si quedaste varado en un episodio de El Politigato o si el encierro te enloqueció.

Pero ese “nosotros no estamos hablando” lo sentenciaron en una funeraria de Venezuela, país donde la COVID-19 es una enfermedad sistémica entre otras tantas afecciones de la política, de la sociedad, de las libertades. Aquí el coronavirus camina parejo con la cautela a la hora de expresar una opinión abiertamente, o de dar una declaración con nombre y apellido a un medio de comunicación. Por eso escuchamos la frase, devolvemos al morral el teléfono grabador y aprestamos la memoria para guardar los datos en ella. Al final era como compartir un nombre clave entre espías.

“¿Qué cómo estamos? Haciendo milagros”, nos contó el empleado, ya en el tú a tú. Pasó a detallar cómo deben sortear las alcabalas policiales o militares en el trayecto hasta los cementerios, o cómo hacen para trasladar un cadáver sin gasolina. Ni con magia negra lograrían tanto.

Aseguró que hay urnas y hay formol: ambos productos, imprescindibles para la industria de la muerte, vienen de dos zonas diferentes del país, y por alguna vía llegan.

Otro trabajador cuenta que es casi imposible llevar un cuerpo de una ciudad a otra por las restricciones que impone la epidemia. Solo logró hacerlo una vez, y como en una historia de Nuestro insólito universo, el cadáver fue sometido a la prueba para descartar COVID-19. “Porque te puede contagiar”, afirmó.

Los largos velorios, costumbre muy venezolana, se han convertido en abruptas reuniones de dos horas o menos de duración. Incluso, los deudos tienen la opción de dejar el cadáver en resguardo hasta la inhumación o la cremación.

También se acabaron las conversaciones de los amigos en la calle de la funeraria, al sabor de un vasito de café y las remembranzas del pasado. “Están prohibidas las aglomeraciones”, recuerdan en un recinto en Caracas.

Pocas personas, todas con tapabocas, pueden darse cita para este “protocolo de despedida” que las funerarias asumieron como regla. Muchas menos tienen autorización para llegar hasta el cementerio.  “Solo vamos dos personas hasta el crematorio, y para la identificación”, cuentan las hijas de un fallecido a quien a duras penas le rezaron un avemaría y un Padrenuestro. Las dos marcharon en la carroza con el cuerpo de su papá. El tiempo para llorar al ser amado es corto y preciso, como una cuchillada.